De la UHF a La Sexta

La Voz

TELEVISIÓN

LA Sexta anuncia que comienza a emitir el 27 de marzo y un nuevo drama se avecina en mi telemando. Aún no repuesto de haber reorganizado todas las cadenas tras la irrupción de Gabilondo, se avecina la penosa misión de reprogramar una vez más este electrodoméstico. Ya saben, científicos hispanoalemanes acaban de detectar la colisión de cinco galaxias a 300 millones de años luz de la Tierra, pero ningún ingeniero ha logrado diseñar un telemando inteligente que ahorre al usuario la penosa tarea de sentarse frente a la pantalla; volverse a leer las instrucciones; sentirse una vez más un inmenso estúpido; y acabar sembrando de improvisación el curradísimo orden logrado meses antes tras horas de intentos fallidos. Y es que la generación de los chiripitifláuticos, a la que uno pertenece, creció entre dos canales. Somos gente muy simple. Bastaba con encender la tele, así a secas, eso sí después de encender un transformador con un piloto rojo cuya función era un enigma, y ya estaba. A mayores, estaba la UHF, que tenía una tecla propia, y que era una especie de «con este bote de gel le regalamos una prueba de desodorante». Antes de que surgieran los documentales de La 2, la UHF era un simulacro de libertad en el que los niños descubrimos una amplísima variedad de series de dibujos animados, y los mayores, La clave de Balbín. La llegada de las privadas y las autonómicas complicó el telemando y, a partir de ahí, creció la desorientación con la parabólica, el cable y las digitales. Leo que a la Caffarel le sobran 4.300 trabajadores, o sea la mitad de la plantilla de La Primera y de la UHF. Mi mando necesita también urgentemente una regulación de empleo.