La Voz ofrece «El bosque de Ancines», la primera novela sobre Romasanta

Carlos Martínez-Barbeito estuvo a punto de ganar el premio Nadal en 1945 con esta obra El libro tendrá un precio de 1,5 euros más el coste habitual del periódico.


redacción

El mito del hombre-lobo pareció convertirse en realidad en la Galicia de mediados del siglo XIX cuando el buhonero Manuel Blanco Romasanta, natural de Santa Baia de Esgos (Ourense), fue condenado por la Audiencia Territorial de A Coruña, en 1854, a la pena de muerte, que sería ejecutada por garrote vil, como culpable del asesinato de varias personas, mayormente mujeres, en los bosques de Galicia. La reina Isabel II concedería el indulto y Romasanta vio conmutada su pena por la inmediata inferior de cadena perpetua.El caso Romasanta, no obstante, siguió dando qué hablar y Vicente Risco le dedicaría su discurso de ingreso en la Real Academia Gallega, el 23-2-29, con el título de Un caso de lycantropía. O home lobo , ampliación de una narración corta, titulada O lobo da xente , publicada en el número 10 de la colección Lar en 1925. Sería el escritor y académico coruñés Carlos Martínez-Barbeito quien lo convirtió en una novela larga, El bosque de Ancines , con la que estuvo a punto de ganar el prestigioso Premio Nadal en enero de 1945, el año en que obtuvo el galardón Carmen Laforet con Nada . Ésta es la próxima obra que la Voz ofrecerá mañana a los lectores dentro de la Biblioteca Gallega de Autores en Castellano. La propia editorial convocante del premio, Destino, le publicó la obra a Barbeito en 1947, dentro de su colección Áncora y Delfín. Manuel Blanco Romasanta se convierte en la novela en Benito Freire, buhonero que con su tienda a cuestas recorría las tierras del Noroeste. Con elegante prosa, que se mantiene a lo largo de toda la narración, Barbeito lo define así: «Era un hombre como de cinco pies. Tenía la cara ancha y salientes los pómulos; el pelo rapado y la barba, crecida y aborrascada, le cubría la poderosa mandíbula sin que los labios estrechos y retirados, bastasen a ocultar enteramente las afiladas piezas de su dentadura. Los ojos, verdosos y fosforescentes, tan pronto miraban sosegadamente a lo lejos como relucían con una viveza siniestra para volver a sumirse en apacible beatitud, pero estos repentinos cambios apenas los percibían sino los más avisados». Al revés que en la realidad, Benito Freire era ejecutado con garrote vil: «A una seña del director, el verdugo hizo girar rápidamente el tornillo que estrechaba el collar. El capellán tapó la cara del reo con un trapo negro y rezó en alta voz la recomendación del alma. Los espectadores de la escena separaron la mirada del cadalso. El tornillo dio más vueltas, se oyó un estertor y temblaron las manos amarradas. Todo había acabado». El tema del «hombre-lobo» siguió manteniendo la atención, incluso cinematográfica, y el director Pedro Olea, con un cuidado guión del coruñés Juan Antonio Porto, lo llevó a la pantalla, en 1969, con el título de El bosque del lobo y una magnífica interpretación de José Luis López Vázquez en el papel de Romasanta. Recientemente se ha hecho otra película sobre el mismo tema, basada esta vez en un relato de Alfredo Conde.

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