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CÉSAR WONENBURGER CRÍTICA DE CINE/ AMELIE

25 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Jean Pierre-Jeunet, responsable junto a Marc Caro de aquella explosión de ingenio llamada Delicatessen, acaba de borrar, de un imaginativo plumazo, la vieja, y ya algo transochada, discusión que opone dos supuestas maneras de ver y entender el cine, la europea y la norteamericana. Con esta Amelie que ha hecho polvo la taquilla francesa, el director muestra el camino de un cine que, huyendo de los paletos localismos, pero sin renunciar a las referencias y la identidad propias de la cultura de su país, propone una historia universal, que puede emocionar y disfrutarse lo mismo en China, que en Chicago o Chiclana. Jeunet, poderoso creador de imágenes -su talento es más visual que narrativo-, bebe de la mejor tradición popular francesa, de Prévert a Tati -Mi tío es una referencia constante en este filme-, para ofrecer un retablo de vida, la de un grupo de seres, excéntricos y anónimos, que habitan en el populoso y cinematográfico Montmartre. Amelie (prodigiosa Audrey Tatou, que ya había arrasado en una pequeña película de Tony Marshall, Venus, salón de belleza, que le valió un César) es una chica que el día de la muerte de Lady Di decide dedicar su vida a hacer el bien a los demás. «No corren buenos tiempos para los soñadores», dice un personaje de una película en la que los aforismos abundan, camuflados entre sus imágenes. No, ciertamente. Pero Amelie, y Jeunet, sin moralina, sin concesiones al sentimentalismo, nos dicen que aún queda espacio para el optimismo: que en lugar de dejarnos vencer por el desánimo, hay que luchar por aquello que de verdad importa.