MIGUELANXO FERNÁNDEZ INTERFERENCIAS
04 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.El anuncio de Freixenet es como la fumata blanca que asoma cada año a los receptores para anunciarnos el comienzo oficial de la feria consumista de la Navidad. Aquí no habemus Papa, pero si habemus cava, el referente visual que desde hace ya algunos años es connatural a la cultura mediática de estas fiestas, según la cual es obligado ser muy felices y estar muy contentos. Como a todos nos parece bien que las burbujas nos adviertan de que ya podemos tirar alegremente de billetera, los del cava se estrujan los sesos y se aflojan el bolsillo para que su spot se mantenga en su reputada tradición. Fiel a su deseo de refrescarnos la memoria, entre las diez y las once de la noche del pasado domingo, las televisiones se llenaron de sus bonitas burbujas, coreografiadas al modo de los musicales de Hollywood y acompañando al violinista Lorin Maazel. Técnicamente irreprochable. No es casualidad que pocas horas antes millones de bombillas de colores se encendieran en centenares de pueblos y ciudades invitando a un diciembre que a unos pone del hígado por su inflación de forzadas sonrisas, y a otros les hace frotar las manos a ver si de una puñetera vez el negocio hace un duro, que van unas semanas que no la rascan con la subida de carburantes, el tortazo del euro, hipotecas desmadradas, vacas locas, legionella y lo que te rondará morena. Las burbujas sólo quieren cortar la cinta de acceso al recinto. Un año más y a brindar con cava.