Crisis Trump-Huawei, qué está ocurriendo y cómo puede cambiar el mundo


La Voz

El 19º Congreso Nacional del Partido Comunista Chino pasó sin pena ni gloria por la opinión pública occidental. Pero cuando entras en el elegante hall del diario China Daily, en Pekín, la primera página destacada de la historia del periódico es la de ese día: «Caminando con firmeza hacia una nueva era», fue la apertura del 19 de octubre del 2017. Y bajo el gran titular, los pasos firmes del secretario general del partido y presidente de la República Popular China, Xi Jinping, observado por Raúl Castro desde la primera fila.

El hall de entrada del China Daily, en un barrio residencial al norte de Pekín próximo al parque olímpico, no tiene nada que envidiar al de grandes cabeceras de la prensa mundial. Cualquier prejuicio previo, al imaginar un periódico estatal de una dictadura comunista, desaparece tomando un capuchino en la cafetería de ese confortable hall: luz natural, gran bullicio de periodistas jóvenes que van y vienen. Al fondo del vestíbulo se prepara la fiesta de bienvenida que se hace cada último jueves de mes a los expatriados recién llegados. Fundado en 1981, con una tirada de 500.000 ejemplares diarios en lengua inglesa, China Daily quiere ser el altavoz internacional del Partido Comunista Chino.

Paulino Vilasoa, periodista de La Voz que se ha tomado dos años de excedencia para conocer mundo, trabaja actualmente en el China Daily diseñando el periódico.

¿En qué se diferencia el trabajo en el China Daily al de un periódico moderno europeo como puede ser La Voz?, le preguntamos a Paulino. Recuerda mucho al trabajo en una redacción a finales de los noventa. Su transformación digital aún está en pañales y es desde luego más opaca. En la visita, guiados por la amabilidad del estadounidense Bill Gaspard, director de arte del diario, tenemos acceso a cualquier estancia de la redacción, pero los de Internet trabajan en otro lugar para el que es necesario un permiso especial.

El día a día en la redacción es muy parecido. Pero no conocen la crisis, cada año venden más periódicos que el anterior. Y desde luego, a juzgar por las decenas de periodistas, documentalistas, diseñadores, ilustradores o infografistas que vamos viendo por las distintas estancias, no parecen preocupados por la caída de los ingresos ni por la búsqueda de nuevos modelos de negocio.

La otra gran novedad son las decenas de periodistas internacionales que llegan a Pekín para trabajar uno o dos años. Les pagan muy bien. Incluso han construido una residencia dentro del recinto para que su vida sea más cómoda. Qatar ficha futbolistas españoles, China periodistas. Si en una inundación lo primero que escasea es el agua potable, en la era de la sobreexposición informativa, China contrata periodistas occidentales de los que aprender el oficio.

El 19º Congreso Nacional del Partido Comunista Chino es el gran hito en la historia del China Daily, pero pasó sin pena ni gloria por la opinión pública occidental, aún sobresaltada por los efectos del brexit, la llegada de Trump al poder y, en concreto en España, por las andanzas de Puigdemont y Junqueras, que justo entonces estaban en su máximo apogeo. Dos años después, las consecuencias de lo que se decidió en Pekín en el otoño del 2017 empiezan a llegar a nuestros mercados bursátiles y a las primeras de nuestros periódicos.

Lo que realmente sancionó el último congreso del PCCh fue el XIII Plan Quinquenal de la economía, puesto en marcha en mayo del 2015. Los planes quinquenales, un vestigio de la planificación soviética, son un conjunto de iniciativas de desarrollo económico y social a cinco años vista. Y en el 2015 ya no se habló de cuánto trigo se planta ni cuántos pantanos se construyen. El plan estrella fue «Made in China 2025», un plan a diez años con el que el país pretende dejar de ser la fábrica barata del mundo y entrar en la mayoría de edad.

China está envejeciendo rápidamente. Y para que no le ocurra como a Japón o a Europa, se ha dado cuenta de que necesita alternativas a la mano de obra joven, abundante, barata e infatigable. Es decir, menos producción para multinacionales foráneas y más patentes. Menos copiar y más inventar.

Entre las medidas que incluía el plan original destacan tres: 1) Multiplicar la presencia de jóvenes graduados chinos en ciencia y tecnología en las mejores universidades europeas y estadounidenses. 2) Hacer acopio casi monopolístico de las denominadas tierras raras, es decir, los materiales necesarios para la industria del futuro. Y 3) Alcanzar el liderazgo en los sectores clave de la economía que definirán el nuevo mundo: inteligencia artificial, robótica, vehículos alimentados por nuevas energías, blockchain, criptografía cuántica...

El objetivo último de «Made in China 2025» es convertirse en la primera potencia del mundo en el 2049, coincidiendo con el centenario de la Revolución. Y para ello, los planificadores determinaron que necesitan ser autosuficientes al 70% en sectores de alta tecnología antes del 2025.

Y en ello están. ¿Cuál es el balance, cuatro años después? China ya es capaz de graduar 1,65 millones de estudiantes técnicos al año, una cifra equivalente a la de EE.UU., la UE y Japón juntos. Registra más de un millón de patentes al año, más que EE.UU., Japón y Corea. Según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, el 43,6% de las nuevas patentes ya se registran en China, que realiza el 21% del gasto en I+D mundial.

Respecto a los materiales raros, China tiene en su subsuelo el 55% de las reservas mundiales (para hacerse una idea, Arabia Saudí, gran dominador mundial del petróleo, acumula el 15% del mercado). Y como se ha ocupado de comprar minas por todo el mundo, en África, pero también en Europa y América, actualmente ya tiene el 83% de la producción mundial de estos elementos de la tabla periódica, de nombres tan poco conocidos como lantano, cerio, praseodimio, que son cruciales para fabricar pantallas LED, iluminación de bajo consumo, equipos de resonancia magnética, coches híbridos o teléfonos móviles.  

Y sobre todo la nueva joya de la corona, la nueva fiebre el oro, la tecnología 5G, lo que China ha bautizado como la «nueva ruta de la seda».

5G quiere decir ultraconectividad. No se trata de bajar una serie de Netflix mil veces más rápido, que también. Significa que nuestros teléfonos móviles, nuestros relojes inteligentes, los sensores biométricos que comenzamos a llevar en nuestro cuerpo, las neveras de nuestras casas, nuestros futuros coches autónomos estarán conectados a una misma red.

A principios del 2018, un informe del Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU. filtrado posteriormente advertía: 1) La tecnología 5G supondrá un salto equivalente al que supuso la imprenta de Gutenberg. 2) Quien domine el 5G dominará el mundo. Y 3) EE.UU. está perdiendo esa carrera. Las patentes clave para desplegar esta tecnología las tiene China, y Huawei es el arquitecto clave.

¿Cómo va a ser el mundo dentro de treinta años?

Y justo ahora hemos llegado al momento en el que todos los países, también España, comienzan a echarse a los brazos de Huawei para desplegar las redes 5G. Esto es lo que le pasa a Trump con Huawei, es decir, con China. Ni más ni menos. No está en juego la seguridad nacional de EE.UU., que también, sino la hegemonía como primera potencia mundial. El miedo a que el 5G chino deje un puerta de atrás abierta y meta un caballo de troya en todos los hogares del mundo está más que fundado. A fin de cuentas, los chinos no harían nada que no hayan hecho antes la Administración Washington y Silicon Valley.

Pero lo que está en cuestión es otra cosa: cómo va a ser el mundo dentro de treinta años. En el año 2000, con la caída del muro y la descomposición de la URSS, la administración Clinton celebró el libre comercio con China como una gran victoria que traería enormes beneficios al planeta y acabaría llevando la democracia al gigante asiático.

El tiempo en cambio, parece estar demostrando que democracia y capitalismo empiezan a no ser sinónimos. Por eso resulta inquietante escuchar la reacción del fundador de Huawei, Ren Zhengfei, al veto de Trump: «Nos han subestimado». Y más inquietante aún, el silencio del Gobierno chino, «caminando con firmeza» hacia el 2049.

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