«Memento Mori»

No todo el mundo tiene la suerte de poder rodearse de gente con la confianza necesaria para recordarles que no son infalibles; o la visión necesaria para conservarlos a su lado


En la antigua Roma, existía la costumbre de honrar a los generales victoriosos con un desfile por las calles de la ciudad, acompañados por un siervo que -de cuando en cuando- les susurraba al oído la frase memento mori -«recuerda que morirás»- para recordarles sus limitaciones y evitar que la soberbia les perdiera.

Desgraciadamente, no todo el mundo tiene la suerte de poder rodearse de gente con la confianza necesaria para recordarles que no son infalibles; o la visión necesaria para conservarlos a su lado. 

Una vez conocí a un emprendedor que, con gran esfuerzo, consiguió hacerse un hueco en la industria informática y montar su propia empresa, con la que factura millones de euros al año. 

Su éxito se cimentó en su brillantez como técnico, el trabajo duro y -como siempre- también en la suerte. Hay millones de personas brillantes que trabajan duro y no triunfan, pero él estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado. Cubrió una necesidad específica de un incipiente nicho de mercado antes de que este fuera atractivo y, cuando este creció, estaba posicionado de tal manera que era invulnerable a la competencia.

Después de mucho tiempo incrementando su facturación año tras año, me enseñó sus cifras de ventas con indisimulado orgullo y me preguntó qué me parecían. Tras felicitarle, le dije que -ya que no tenía competencia directa- suponía que sería difícil poder calibrar el desempeño de su empresa y, para hacerlo, habría que saber cuánto había crecido tanto el nicho para el que estaba trabajando como el resto de compañías que hacían negocios en el mismo. Porque no es igual crecer un 10% en un mercado que crece un 50% anualmente que en uno que solo lo hace un cinco.

 Su gesto y el tema de conversación cambió por completo. Jamás volvimos a hablar de sus cifras. En ese momento no entendí qué había dicho o hecho para poder molestarle de esa manera, pero años después creo entenderlo tras ver cómo ha alejado de su lado sistemáticamente, una tras otra, a todas las personas con la capacidad -y las ganas- de hacerle un memento mori. De recordarle que no era infalible.

Cuando se alcanza cierto estatus profesional y uno tiene capacidad de elegir sus propios colaboradores, es tentador rodearse de una camarilla que jalee todas nuestras decisiones sin ni siquiera cuestionarlas, al menos cara a cara.

Y, si además nos acompaña un relativo éxito, es difícil ver cómo de perjudicial es no tener a nadie a nuestro lado con la capacidad de hacer un memento mori, de recordarnos que no somos dioses ni gurús, solo profesionales que, a veces, pueden tomar decisiones equivocadas… y no pasa nada. El problema es llegar a olvidarlo.

Ese éxito puede generar cierta inercia que enmascare malas decisiones; y unos buenos resultados, impedirnos ver que podrían haber sido mejores si se hubiera seguido otra estrategia. Hasta que la inercia acaba y los resultados empeoran. En ese momento, si no disponemos de nadie que nos haga un memento mori, es muy probable que achaquemos la responsabilidad a nuestros subordinados, nuestra competencia, la fatalidad o al destino. A cualquiera, menos a nosotros mismos.

No soy especialmente brillante, pero he tenido la suerte de contar siempre con compañeros que me han respetado, pero jamás me han adulado ni endiosado; y la capacidad de retenerlos a mi lado. Por eso, sé distinguir un memento mori de un simple grano en el culo. Lo primero no significa tener que dar la plasta constantemente con todo lo que puede salir mal, basta con no afirmar que todo está bien abandonando cualquier espíritu crítico. Tampoco que haya que recordar continuamente todo lo que puede mejorarse, basta con no caer en el conformismo dando por bueno cualquier resultado que agrade a nuestros responsables.

Manfred, mi iniciativa más exitosa hasta ahora, no es una excepción a la regla sino la enésima confirmación de un patrón de éxito: rodearse de un equipo exigente en vez de un coro de palmeros. Si a pesar de la pandemia hemos seguido dando beneficios mes tras mes como un martillo pilón, no ha sido solo cuestión de trabajo duro sino -por supuesto- también de suerte y de un grupo poco complaciente que jamás ha asumido una sola tarea sin rechistar ni exigir que esté mínimamente argumentada y razonada. Eso no tiene nada que ver con la disciplina o la lealtad -cuando se toma una decisión la hacen suya, aunque no estén de acuerdo con la misma- sino con la motivación y confianza necesarias para trabajar en base a objetivos, no a tareas, y tomar la iniciativa para alcanzarlos.

Sin embargo, a algunos responsables les molesta tener que argumentar y razonar sus decisiones, como si eso menoscabara su autoridad y liderazgo. Como si el hecho de que alguien quisiera saber el porqué de su trabajo, no solo el qué, cuestionara la jerarquía de mando. Pero si lo que quieres es que se ejecuten tus órdenes sin rechistar, tú no necesitas compañeros sino herramientas.

El liderazgo no tiene nada que ver con saber más que nadie en todo, tener razón siempre o ser incuestionable, sino con alcanzar un objetivo con las menores desviaciones posibles. Y, si mirando a tu alrededor en el trabajo no ves a nadie capaz de decirte -con franqueza y de forma razonada- que cree que te estás equivocando de ruta, preocúpate, porque es imposible que no lo hagas en algún momento. Siento que tengas que enterarte leyendo este texto, pero no somos dioses sino simples mortales. Memento mori.

Esta Bonilista se publica gracias a Oliberia

Oliberia nace por el empeño personal de Manu Montilla de que cualquiera pueda probar verdadero aceite de oliva virgen extra sin necesidad de hacer un exit o ser un oligarca ruso. Porque, por si no lo sabías, es probable que estés pagando por un aceite tratado químicamente lo mismo que costaría recibir en tu casa aceite virgen extra 100% natural.

Para muestra un botón: la garrafa de cinco litros de aceite de oliva suave de Carbonell cuesta, en el momento de escribir este texto, 18,75 en el Corte Inglés. Pero si miras bien la etiqueta, en el texto escrito en pequeñito. encontrarás el truco: «Contiene exclusivamente Aceites de Oliva Refinados y Aceites de Oliva Vírgenes».

Esto significa que utilizan un aceite de oliva, normalmente llamado lampante (porque antes se usaba para encender las lámparas) que refinan a través de varios procesos y así eliminar casi cualquier propiedad negativa del mismo. Después mezclan el resultado líquido de ese proceso con un poquito de aceite de oliva virgen -que no suele llegar a un 15%- para que coja un poco de color. Ese aceite es Fanta de naranja y el Virgen Extra zumo de naranja recién exprimido.

Eso también significa que muchas personas están pagando a precio de Virgen Extra un producto sin propiedades, modificado químicamente para que se pueda vender y mezclado con algo de Virgen. Porque el precio de la garrafa de cinco litros de aceite de oliva Virgen Extra de Oliberia es de 17,99, si lo compras en pack de 3 que -además- tiene envío gratuito.

Manu no es un mero intermediario más, contribuye a la producción de la cooperativa con 150 olivos propios y su objetivo con este proyecto es dignificar el producto y ayudar a los agricultores de Castellar (Jaén) en un momento muy complicado económicamente, facilitando la compra directa al productor.

Por si fuera poco, ha creado el cupón 'SOYTARUGO' para que todos los suscriptores podáis beneficiaros de un 5 % de descuento adicional, sin compra mínima, para todos los pedidos que queráis (no solo para el primero) y para siempre. No caduca. 

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