Muerte por i18n

Comercializar nuestro software o servicio en inglés por todo el mundo no es lo mismo que internacionalizarlo o localizarlo. Ambas iniciativas implican una inversión específica


Uno de los mantras del mundillo startapil es que un negocio basado en tecnología escala y permite atender a ocho clientes o a ocho millones -ya estén en Allariz o en Oslo- sin que nuestros gastos escalen proporcionalmente ni tener que hacer grandes desarrollos. La realidad no es tan sencilla.

La internacionalización (que suele abreviarse como i18n) y la localización (l10n) son dos de los marrones más grandes que puedes comerte como desarrollador de software. La internacionalización acostumbra a identificarse con el diseño que permite usar múltiples idiomas en una aplicación sin tener que hacer cambios en el código. La localización, sin embargo, acostumbra a incluir adaptaciones y mejoras especificas para un país, región, cultura o idioma. Lo que ambas tienen en común es que el coste de las mismas suele infravalorarse.

Empezando por lo más básico, las traducciones. Por mucho dominio que creamos que tenemos de un idioma y voluntad que le pongamos, si intentamos traducir a un lenguaje que no es el nuestro, se notará. Aunque los textos sean gramaticalmente correctos, alguna expresión o palabra nos delatará. Hay que emplear traductores nativos para cada lengua de destino. Para eso es necesario panoja y una mínima coordinación y, aunque siempre aparecerá algún avezado entrepreneur que nos querrá convencer de que puede hacerse en cinco minutos tirando de Google Translate, las traducciones automáticas suelen llevar al desastre. Sólo tenemos que cagarla una vez para que a nuestra internacionalización se le vean las costuras.

Una vez metidos en harina, la simple traducción nos exigirá un considerable esfuerzo de desarrollo. Aunque usemos ficheros PO para internacionalizar nuestro software, nos encontraremos con problemas «inesperados» como textos que son un 300 % más largos que en la versión original y rompen la interfaz, frases con parámetros que deben cambiar de lugar («The file encoding ''{0}'' is not supported or unknown»), fragmentos funcionales que deben extraerse de las cadenas de texto a traducir («More information <a href={0} target=''_blank''>here</a>».), casuísticas concretas como la traducción del género neutro inglés a lenguas romances y viceversa; o la existencia de varios plurales, dependiendo de si estás hablando de una cosa, algunas o muchas.

Después de haber resuelto el tema de la traducción, podemos encontrarnos con la desagradable sorpresa de que nuestro software se llena de garrapiños, caracteres que parecen más propios del Klingon que de cualquier lengua humana, porque algún gilorio decidió que la base de datos estuviera codificada en ISO 8859-1 -mientras tu frontal web recoge los inputs de los usuarios en UTF-8- y no se come ni la F cirílica, ni la lambda griega. El fenómeno es tan común que los japoneses hasta le han puesto un nombre: Mojibake.

Cuando hayamos conseguido solucionar nuestros problemillas con la codificación -incluyendo sorpresas como descubrir que, para resolver algunas incidencias, el equipo haya estado actualizando datos directamente desde una shell configurada para usar UTF-16- podemos seguir encontrando extraños cuadradotes por toda la aplicación (denominados cariñosamente tofu) porque resulta que esa fuente tan chula que usamos no es Noto («No tofu») y no incluye un glifo para representar nuestra Ñ o el símbolo de la libra (£).

Después de cerrar la internacionalización, que es la parte sencilla, empezaremos a afrontar la localización. El paso de una fase a la otra se distingue perfectamente porque empezaremos a llenar de IF-ELSEs esa catedral del código que era nuestro programa.

Aprenderemos conceptos como el mirroring o cambiar la orientación de la interfaz para soportar los idiomas que se leen de derecha a izquierda, exceptuando algunas cosas como, por ejemplo, los nombres de ficheros. Descubriremos que llevamos toda la vida escribiendo mal los números; o que tanto en Alemania como en Austria se habla alemán, pero al representar cantidades monetarias, en la primera el símbolo de la moneda se pone después de la cantidad y en la segunda antes. También es probable que nos sorprenda que en EE.UU., Canadá y Australia sigan considerando el domingo como primer día de la semana -en honor a Ra, la antigua divinidad egipcia del Sol-, o que en la mayoría de países árabes el fin de semana comprende el viernes y el sábado. De la gestión de distintas zonas horarias, mejor hablamos en otro momento.

Mención aparte merece la validación de formularios. Lidiar con números de teléfono internacionales -fijos y móviles- es relativamente sencillo. Otra cosa es que intentemos normalizar direcciones teniendo en cuenta provincias, estados, cantones, condados, regiones, comunidades y mancomunidades, distritos autónomos y federales, kanatos, prefecturas, óblasts, krais, concellos, lugares, parroquias y ayuntamientos. Amazon aún no lo ha conseguido, pero si hay un responsable de negocio que dice que nosotros sí lo conseguiremos, seguro que ha estudiado el tema en profundidad.

 Y, por fin, llegamos a la parte realmente interesante: el bisnes. El cementerio estartapil está lleno de compañías españolas que creían que para vender en EE.UU. sólo hacía falta fichar un CEO local -con salario y coche de empresa local- que drenó sus recursos sin generar un volumen de negocio significativo. También de empresas con modelos de negocio basados en la presunción de que lo único necesario para abrir un nuevo mercado es traducir la web y contratar a un par de erasmus, sin tener en cuenta las implicaciones legales o tributarias o pasar por alto que tendrán que lidiar con distintos calendarios laborales.

Si nuestra compañía es coreana y pretendemos vender en la Unión Europea, ya podemos asegurarnos antes de cumplir el RGPD o arriesgarnos a que nos impongan un multón de Aviñón. Si nuestra empresa es española y queremos facturar a otros países de la Unión Europea, tendremos que registrarnos como Operador Intracomunitario para poder facturar con IVA al 0 %, porque como intentemos repercutir nuestro IVA del 21 % a un alemán que tiene el 16 % o a un danés que soporta el 25 %, no vamos a vender un colín. En cualquier caso, deberemos asegurarnos de que no estamos infringiendo ninguna licencia -propietaria u open source- por vender a paises del «Eje del mal» como Irán, Corea del Norte, Cuba o Mordor.

Comercializar nuestro software o servicio en inglés por todo el mundo no es lo mismo que internacionalizarlo o localizarlo. Ambas iniciativas implican una inversión específica, pero mientras la primera suele ceñirse a medios de pago y liquidación de impuestos, la segunda supone un esfuerzo de difícil estimación y que nunca deberíamos minusvalorar sino queremos llevarnos una desagradable sorpresa. Creedme, ya lo he vivido.

Esta Bonilista ha sido publicada gracias al apoyo de Carlos Carrasco

Carlos Carrasco es un camarada del metal que, después de trabajar muchos años como CMO en startups y grandes empresas, comprobó que los proveedores de marketing online no se ajustaban a los objetivos que necesitaba en cada momento. Así que se lió la manta a la cabeza y decidió ofrecer servicios de marketing online con la calidad de Agencia tope de gama y estructura de costes de freelance.

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