Septiembre, segunda parte


Hace exactamente 5 meses -el 29 de marzo, en pleno covidgedón y cuando llevábamos 20 días confinados- intenté imaginar cómo sería nuestra vida  en este septiembre. Hoy he querido hacer el mismo ejercicio, respetando la estructura del texto original, pero revisándolo con la perspectiva que da el tiempo.

30 de septiembre de 2020

En media hora tengo la enésima call con Daniel y aprovecharé para escribir la última entrada de este diario. Hoy hace exactamente seis meses que empecé a escribirlo y aquellos días parecen un mal sueño.

Los niños empezaron el nuevo curso hace apenas tres semanas y se adaptaron a las medidas sanitarias para luchar contra la pandemia -mascarilla obligatoria en zonas comunes, burbujas de convivencia, comida en el aula- con relativa facilidad. Afortunadamente, ni en su clase ni en su colegio se ha detectado ningún contagio de COVID-19, pero por todas partes del país han aparecido casos que han reventado las burbujas y obligado a miles de niños a quedarse en casa en cuarentena. En Alcobendas (Madrid), ya han tenido que cerrar un colegio entero por un brote incontrolado que afectó a niños de diferentes edades.

La gente está indignada -con razón- porque, al contrario que en el inicio de la crisis, las distintas Administraciones tuvieron tiempo de de sobra para reaccionar. Sin embargo, no se reunieron para consensuar medidas hasta 15 días antes del comienzo del curso escolar. Por supuesto, cada Comunidad ha decidido hacer la guerra por su cuenta y, a fecha de hoy, nadie sabe cuál es el plan para asegurar que una burbuja pueda continuar las clases con relativa «normalidad» según entre o salga de cuarentena a lo largo del año. La experiencia con las clases online el curso pasado no fue muy buena. No porque los profesores no pusieran todo su empeño ni porque el sistema falle, sino porque no tenían formación específica ni disponían de materiales preparados para el medio y una mínima infraestructura. Todo el mundo creía que, en esta ocasión, no habría espacio para la improvisación. Desgraciadamente, estábamos equivocados.

Tampoco se ha tomado ninguna medida para resolver cómo compatibilizaremos los padres el cuidado de nuestros hijos en cuarentena con nuestro trabajo, más allá de poder pedir reducción de jornada con la correspondiente reducción de salario en el caso de que no podamos teletrabajar, como en la mayoría de trabajos más manuales -hostelería, construcción, venta al público- donde los sueldos son más bajos y hay menos capacidad de ahorro y de prescindir de ellos.

Los que sí podemos, asistimos al lanzamiento de un globo sonda en forma de anteproyecto de Ley del Teletrabajo que sirvió para cualquier cosa menos para incentivarlo, porque las generalidades y vaguedades que contenía, más allá de asegurar que este no supusiera un gasto para el trabajador, impidieron que las empresas pudieran calcular de forma sencilla el coste del mismo. En cualquier caso, nosotros -como muchas otras empresas, que han nacido o crecido durante esta pandemia- dimos el paso definitivo a trabajar 100 % en remoto, vemos muy complicado dar marcha atrás a corto plazo -nuestras últimas contrataciones están dispersas por todo el territorio nacional- y tampoco encontramos muchos incentivos para hacerlo.

Parece imposible que se vuelva a confinar a toda la población durante tres meses, pero -ahora que vuelve el frio- nunca se sabe cuándo podría declararse otra cuarentena parcial, como la de mediados de julio para acabar con el brote de Lleida o nuevas medidas, como la restricción de visitas a residencias de ancianos que llegó a finales de agosto, que ya condicionaron el verano de la mayoría y arruinaron la temporada turística. 

Nosotros alquilamos una casa en Bastiagueiro durante 15 días que nos proporcionó tanto aislamiento como el aire libre para los niños que habíamos echado de menos durante el confinamiento. Esas fueron las únicas vacaciones que nos permitimos este año. Después del parón de marzo, en abril empezó a reactivarse el mercado y desde entonces no dejamos de trabajar. El miedo irracional que paralizó muchos procesos de selección, incluso en empresas con necesidades y caja suficiente para cubrirlas y aguantar el chaparrón, contrastaba con la voracidad de las empresas de comercio electrónico, que necesitaron ampliar su plantilla para absorber el brusco incremento de negocio.

Algunos pensaban que la crisis traería paro a un sector que no está acostumbrado a tenerlo y eso acarrearía una bajada de salarios y tuvieron razón, durante 20 milisegundos. El tiempo que tardaron las grandes corporaciones en empezar a contratar en remoto para intentar capturar las paladas de dinero público y privado que aparecieron de repente para automatizar y llevar al online procesos que antes solo podían hacerse offline, compitiendo con las startups que contaban con gasolina en forma de capital-riesgo y estaban en fase de construcción, no de comercialización, así que les daba absolutamente igual la situación del mercado.

Nosotros pasamos un par de semanas malas -muy malas- pero eso fue todo. No fuimos, ni de lejos, los más perjudicados. Algunas empresas tecnológicas no superaron el golpe y otras lo conseguirán solo a costa de reducir drásticamente su volumen de negocio y su plantilla, o endeudarse para poder pagarla cuando llegue a su fin la prórroga de los ERTEs hasta diciembre que se aprobó a principios de mes. A pesar de todo, la industria informática fue una de las menos afectadas.

Sin embargo, las mayores pérdidas no han sido económicas. El confinamiento fue una época en la que se construyeron reputaciones, mientras otras se destruyeron para siempre. Nunca fue más cierta aquella máxima que dice que, si quieres conocer el verdadero alma de una compañía, no debes fijarte en cómo trata a sus clientes sino a sus proveedores.

Los agoreros decían que, después de la pandemia, nuestra sociedad nunca sería igual, pero yo quiero creer que el virus no logró cambiarnos, simplemente nos adaptamos a él para derrotarlo. Por eso me empeñé en celebrar la Tarugoconf y por eso me reúno hoy con Daniel para intentar cerrar de una vez el guión de un evento que hemos transformado en un programa de televisión en directo de seis horas para no tener que cancelar la edición de este año, como desgraciadamente ocurrió con la inmensa mayoría de conferencias técnicas. No creo que eso signifique que sea más valiente que nadie sino, probablemente, más estúpido.

Con la perspectiva que solo da el tiempo, creo que la decisión fue un error porque no tenemos nada que ganar y sí mucho que perder. Candela tenía razón: nadie se habría extrañado si hubiéramos cancelado, pero al celebrar el evento con un formato completamente nuevo, que no dominamos, corremos un riesgo altísimo de cagarla, perder dinero y -lo que es peor- nuestra reputación.

También me equivoqué al creer que el covid-19 podría ser, más allá de un problema, una oportunidad para cambiar las cosas. Cuando era más evidente que nunca que debíamos empezar a pensar y actuar de forma global para superar los grandes retos a los que nos enfrentamos como especie -el calentamiento climático, la sobreexplotación de recursos y la aparición de nuevos virus y enfermedades- nuestros gobernantes decidieron hacer todo lo contrario. No es ya que Trump decidiera encerrar a su país aún más en sí mismo, prolongando la prohibición de entrada a los extranjeros no residentes -entre otros, a los españoles-, es que nuestra propia Unión Europea apenas consiguió consensuar una estrategia común y los países más ricos solo ayudaron a regañadientes a los más pobres, cuando estos amenazaron con bloquear cualquier iniciativa comunitaria, en una Europa que pareció de todo menos unida.

Poco tardaron algunos políticos en aprovechar la crisis para intentar sacar un rédito electoral presentando una falsa dicotomía entre la crítica a la gestión del Gobierno y la lealtad a las instituciones que nos hemos dado para regir nuestra convivencia. Pero lo peor no fue el triste espectáculo que dieron los que nos gobiernan durante la pandemia sino que, una vez más, consiguieron polarizarnos. Mientras seguimos enzarzándonos en discusiones sobre si Pepito o Manolita habrían lidiado mejor con el covid-19, nunca conseguimos articular una única voz con la que exigir una gestión efectiva al Gobierno y una crítica constructiva a la oposición.

Hace seis meses no teníamos ni idea de lo que iba a pasar. Ni yo ni nadie. Cualquier predicción estaba basada más en la ilusión que en la razón, pero sí tenía claro que, pasara lo que pasara, si el covid-19 no nos hacía revisar nuestra escala de valores y principios habríamos fracasado como Sociedad y como especie. Por eso empecé este diario. Para recordar. Para no olvidar. 

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