La librería que cambió el mundo


El pasado jueves se cumplieron exactamente 25 años desde el lanzamiento de Amazon, la mayor empresa de comercio electrónico del mundo y, también, una organización poliédrica y con claroscuros como su fundador, Jeff Bezos.

Sería absurdo intentar relatar de forma exhaustiva en una simple lista de correo todos sus logros, fracasos y polémicas, pero al menos podríamos intentar contestar una simple pregunta: nadie pone en duda que, en apenas 25 años, Amazon ha contribuido de forma decisiva a transformar nuestra Sociedad, pero ¿para bien o para mal?

Desde el punto de vista del usuario, Amazon no es ni más ni menos que la tienda que cuenta con el mayor catálogo online del mundo a un precio siempre competitivo y, además, una logística y una garantía que funcionan como un reloj suizo, tanto que a la gente no le importa si puede encontrar el mismo producto un euro más barato en otro sitio. Por supuesto, la realidad es algo más compleja y la multinacional siempre ha estado rodeada de controversias.

El trato al empleado no cualificado

El 4 de mayo, en pleno confinamiento por el COVID-19, Tim Bray -VP de ingeniería en Amazon- dimitió como protesta por el despido de varios empleados que denunciaron las condiciones sanitarias en las que se trabajaba en los almacenes durante la pandemia. Tres días después, The Guardian revelaba que Amazon no aseguraba los puestos de trabajo de los operarios de almacenes que pidieran una baja no retribuida por encontrarse enfermos, al contrario de lo que hacía con el personal más cualificado.

No eran los primeros ni los únicos conflictos laborales dentro de una compañía que ha implementado políticas antisindicales de forma continuada, por eso muchos abogaron por boicotear a Amazon hasta que no garantizaran una protección adecuada a sus empleados. Candela -mi mujer, que prefirió que nos recluyéramos completamente en casa durante el Estado de Alarma, sin ni siquiera bajar a hacer la compra- llegó a hacer una lista de comercios locales alternativos donde aprovisionarnos online, pero la cercanía y el menor tamaño de esas empresas no garantizaba que retribuyeran o trataran a sus empleados de forma más justa.

Los impuestos

Otra polémica que siempre ha perseguido a Amazon es el supuesto uso de ingeniería financiera para evitar pagar impuestos. La compañía ha sufrido inspecciones fiscales en Japón, China, Reino Unido, Alemania, Polonia, Corea del Sur, Francia, Luxemburgo, Irlanda, Singapur, Italia, España, Portugal y, por supuesto, en su país de origen -Estados Unidos- donde hasta este mismo año no ha pagado ni un dólar de impuesto de Sociedades. En 2018, con unos beneficios de 11.000 millones de dólares no solo no tuvo que pagar impuestos sino que recibió una devolución de 129 millones, prácticamente lo mismo que en 2017. En cualquier caso, por 2019 apenas pagará 162 millones, un escaso 1,6% de los beneficios que ha declarado -13.900 millones- a pesar de que el impuesto de sociedades en EEUU sea de un 21%.

Sin embargo Amazon no ha sido nunca condenada por un delito tributario porque simplemente ha utilizado las herramientas fiscales, deducciones y desgravaciones que han puesto a su disposición -y a la de otras grandes corporaciones, desde IBM a Netflix pasando por Salesforce- los diferentes Gobiernos y Administraciones interesadas en que realicen inversiones y generen empleo en las áreas donde son competentes.

La única resolución que ha obligado a Amazon a pagar más impuestos llegó de la Comisión Europea que, en 2017, determinó que los beneficios fiscales que le había otorgado Luxemburgo iban en contra de la libre competencia, puesto que en la práctica pagaban 4 veces menos impuestos que sus competidores locales. La propia Comisión recordaba que no se estaba condenando a Amazon sino anulando una regulación fiscal que no era compatible con la legislación europea y, por tanto, no se estaba imponiendo ninguna multa sino recuperando los impuestos que debería haber satisfecho desde un principio si se le hubiera dado el mismo trato que al resto de competidores. Este mismo año, Amazon apeló la resolución en la Corte de Justicia Europea.

Las patentes

Pero quizás la practica de Amazon que más ampollas ha creado en el sector tecnológico ha sido el uso de patentes, cuanto menos discutibles, para restringir la competencia.

Amazon es la novena compañía que más patentes registró en EEUU en 2019. En comparación, Google esta en la posición número 15 y Facebook en la 36. Algunas de ellas son realmente innovadoras, como la nevera que es capaz de darse cuenta de cuándo la comida empieza a oler mal. Otras, sin embargo, no parecen tener ningún sentido como, por ejemplo, la posibilidad de que puedas verte la nariz en un entorno de realidad virtual.

Tampoco lo tiene que consiguieran patentar «la compra online con un solo clic» y que usaran dicha patente para demandar a la cadena de librerías Barnes & Noble en 1999. Menos aún que en febrero de 2000 pretendieran inventar «un sistema de ventas referidas por clientes» -o, como todos lo conocemos, marketing de afiliados- o que en 2003 les concedieran una patente relacionada con «un sistema para gestionar una conversación sobre un artículo», como si Bezos hubiera inventado los comentarios o foros en Internet.

Lo cierto es que Amazon solo sigue la estrategia legal habitual de las grandes corporaciones para protegerse del patent trolling -o la práctica de demandar a compañías exitosas, reclamando una compensación económica, por supuestos daños y perjuicios sustentados en alguna patente absurda- algo que se ha convertido en un verdadero problema y un freno a la innovación en Estados Unidos, donde el coste de defensa habitual ante una demanda por violación de propiedad intelectual se situaba entre 1 y 2,5 millones de dólares en 2004. Sólo entre 2009 y 2013, Amazon hizo frente a más de 100 demandas por el supuesto uso inapropiado de propiedad intelectual de terceros. En 2006, IBM demandó a Amazon por la violación de varias de sus patentes, como -por ejemplo- la que les otorgaba el derecho de explotar la idea de «pedir artículos usando un catálogo digital» porque, como todo el mundo sabe, IBM inventó el comercio electrónico...

Algo debe cambiar, pero no solo Amazon

Todas esas polémicas acciones corporativas no son exclusivas de la compañía de Seattle sino que revelan problemas sistémicos que la Sociedad en general -y la industria informática en particular- debe afrontar. Por supuesto, eso no exime de responsabilidad a Amazon por lo que hace y cómo lo hace. Si no eres parte de la solución, eres parte del problema.

Los derechos laborales de los trabajadores -incluyendo la seguridad y salubridad en su puesto de trabajo- son una conquista social que debe ser protegida y los sindicatos son una pieza fundamental para conseguirlo. Dan vergüenza ajena tanto los revolucionarios de salón que reducen el mundo a un futbolín -donde los empresarios son todos malvados explotadores y los asalariados seres de luz permanentemente explotados- como los que minusvaloran y ridiculizan la labor de los sindicatos porque pertenecen a un sector privilegiado, en comparación con otros, donde la mayoría de trabajadores no sabe ni qué convenio se les aplica porque disfrutan de mejores condiciones laborales que las recogidas en dicho convenio.

Como consumidores podemos boicotear a Amazon pero, sobre todo, como ciudadanos debemos exigir que nuestros Gobiernos garanticen que Amazon cumple escrupulosamente la legislación laboral y respeta la libertad sindical, al igual que el resto de empresas locales, dejando de demonizar la Inspección de Trabajo y dotando de recursos a la misma. Francia ya lo ha hecho.

En relación a los impuestos, una vez más, deberíamos exigir a nuestros Gobiernos una reforma de la política tributaria que hiciera la misma más justa y transparente.

Una aproximación es la propuesta de Podemos de garantizar una tributación mínima del 15% sobre los beneficios de las grandes empresas -recordemos que el Impuesto de Sociedades en España es, en teoría, del 25%- y otra la aproximación estonia, que carga un 20% pero solo sobre los beneficios distribuidos -reparto de dividendos- y, sin embargo, no grava el capital que se quede dentro de la empresa, bajo la premisa de que si no sacas los beneficios de tu empresa es porque vas a reinvertirlos -por ejemplo, en pagar más salarios- y generar riqueza. Si no lo haces, cuando finalmente los saques pagarás tus impuestos. Personalmente, me gusta más la aproximación estonia, pero me daría igual cuál usáramos con tal de acabar con los hacks del sistema que son las distintas deducciones, subvenciones y desgravaciones de las que, en la mayoría de los casos, solo se benefician las grandes corporaciones.

Con las atrapalladas que hacen Amazon, Google, Apple y otras multinacionales licenciándose a sí mismas su propia tecnología o autovendiéndose mercancía para declarar unos beneficios mínimos, la solución para que paguen impuestos allí donde vendan es mucho más sencilla que crear un arcano impuesto digital: prohibirles hacerlo.

Respecto a la gestión de propiedad intelectual, el problema es que el actual sistema de registro y gestión de patentes está completamente roto. El mismo está basado en una comprobación del estado de la técnica o «arte previo» -básicamente, que lo que intentas patentar no exista ya y sea de dominio público- que es prácticamente imposible de comprobar a nivel internacional y que, cuando se hace, se hace mal. No olvidemos que en el año 2000, Ford tuvo el cuajo de intentar patentar la web de recruiting.

Quizás deberíamos empezar por prohibir el registro de patentes sin una implementación práctica de la idea o el concepto a patentar. También, redefinir el concepto de «arte previo» y establecer mecanismos para que demostrar la existencia del mismo fuera sencillo, barato y cerrara cualquier litigio. Quizás así lograríamos que las compañías dejaran de patentar absurdeces, como los comentarios en una página web o la posibilidad de ver tu nariz en un entorno de realidad virtual, y dedicaran todos esos recursos a innovar.

Pero, sobre todo, en un mundo cada vez más globalizado registrar una patente a nivel mundial debería ser un proceso mucho más sencillo y que no costara cientos de miles de euros. Eso si lo que realmente queremos no es restringir la explotación de las mismas a grandes compañías como Amazon.

Epílogo: Work hard. Have fun. Make history

Pero, después de todo esto, aún no hemos contestado la pregunta que nos hacíamos al principio. Amazon ha hecho honor a su eslogan interno -«Work hard. Have fun. Make history»- y causado un impacto inaudito en nuestra Sociedad en apenas 25 años, pero ¿para bien o para mal? Para contestar a esa pregunta, primero hay que entender que Amazon es mucho más que una librería.

La compañía no solo ha establecido una profundidad de catálogo, una calidad de servicio, seguridad y excelencia logística que ha conseguido popularizar el comercio electrónico, sino que ha sido pionera en muchos avances tecnológicos o, al menos, la primera en conseguir acercar los mismos al gran público. Desde el libro electrónico -con la plataforma Kindle- hasta el reconocimiento y las interfaces de voz, con Alexa.

Pero sobre todo, Amazon transformó por completo la industria informática cuando en 2006 lanzó AWS (Amazon Web Service), prácticamente el germen de lo que más tarde se conocería como cloud computing.

Gracias a AWS y el resto de proveedores que vinieron detrás (en 2008 Google lanzó la beta de su App Engine, Microsoft hizo lo mismo con Azure en 2010 e IBM y Oracle lanzaron sus respectivas nubes en 2011 y 2012) hoy es posible desarrollar, mantener y gestionar una aplicación web por una fracción de lo que costaba hace apenas 15 años. Los desarrolladores pueden abstraerse por completo de la infraestructura necesaria para ejecutar esas aplicaciones y, por supuesto, ahorrarse el elevado coste de la misma. Si el software hoy se está comiendo el mundo -y mejorándolo- es, en gran parte, gracias a Amazon. Esa ha sido la mayor contribución de la compañía. Una que ha transformado nuestro sector -y nuestra Sociedad- para siempre.

Amazon cumple 25 años siendo la tercera compañía más grande del mundo por capitalización bursátil. Su reto en los próximos 25 años es emplear ese poder para causar un impacto positivo, no solo en la industria tecnología sino en la Humanidad en su conjunto.

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