Una programadora de 7 años (1ª parte)

Siempre he creído que el mundo en el que crecerán mis hijos, programar no será un conocimiento específico sino una habilidad transversal


Las pasadas Navidades, los Reyes le trajeron a mi hija Irene un Kano -un ordenador diseñado específicamente para que los niños den sus primeros pasos en la informática- y a mí un tajante mandato: salir del trabajo con tiempo suficiente para llegar a casa y enseñarle a programar, poco a poco, antes de preparar la cena. Muchas personas me han pedido que comparta nuestra experiencia para aprender de la misma y poder replicarla con sus propios hijos, pero creo que antes de hablar del qué, es necesario explicar el cómo y razonar el por qué.

Al meterte en un berenjenal así, la primera duda que te surge es cuándo deberías hacerlo. ¿Puede programar un niño con 7 años? ¿Y con 5? ¿Y con 9? En mi caso, siempre tuve claro cuándo empezar: cuando ellos lo pidan y ni un minuto antes. Como padres, podemos abrir puertas a nuestros hijos, pero no podemos ni debemos cruzarlas por ellos. Irene ya pidió el Kano para su cumpleaños, hace cuatro meses, y siguió pidiéndolo. Dani -su hermano de 5 años, que ha recibido la misma educación- no ha mostrado, hasta ahora, el más mínimo interés por la informática. Ni una nos parece especialmente precoz ni el otro preocupantemente retrasado. Ni premiamos a Irene por su iniciativa ni apremiamos a Daniel para que la siga.

Lo que nunca dudé es si debía hacerlo. Siempre he creído que, en el mundo en el que crecerán mis hijos, programar no será un conocimiento específico sino una habilidad transversal, tan importante como saber leer, escribir, sumar o restar. Cuando alguien me sugiere que Irene no debería interactuar con ordenadores sino hacer actividades más «de niños» que incentiven su imaginación y creatividad, imagino una escena similar -hace 100 años- criticando que los pequeños lean libros basándose en el mismo argumento. Irene juega al fútbol, practica ballet y estudia italiano por la misma razón por la que programa, porque le apetece. Ninguna actividad restringe o aumenta por sí sola la creatividad e imaginación de los niños, depende de cómo se enfoque la misma.

Irene y yo decidimos enfocar la programación como si fuera un juego -¿acaso no lo es?- algo relativamente fácil de conseguir gracias a un entorno -hardware y software- diseñado ex profeso para que los niños se diviertan y aprendan. Nos decidimos por el Kano simplemente porque mi colega David Ortiz había trabajado allí y a los Mariño Papá Noel les había traído otro -así que siempre tendríamos cerca alguien con quien resolver dudas- pero estoy seguro de que nuestra experiencia será extrapolable a la mayoría de las múltiples opciones existentes.

El ordenador basicamente es una Raspberry Pi 3 con una pantalla táctil, una batería recargable, una caja de metacrilato y un teclado inalámbrico, todo optimizado para funcionar conjuntamente y ayudar al niño a entender cómo funciona lo que está utilizando. Por ejemplo, todo lo relacionado con la electricidad -batería, interruptor, cables- es de color rojo y lo que tiene que ver con el sonido -altavoz, conexiones- azul. Pequeños detalles que suman.

El software también está lleno de esos pequeños detalles, pero para ser sinceros, lo que más ha facilitado el aprendizaje ha sido no tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio. Darnos el lujo de aprender sin seguir ningún orden ni plan preestablecido. Me da igual que mi hija no recuerde los puertos USB, aunque los montara con sus propias manos al construir el ordenador, o que haya ignorado deliberadamente algunos de los conceptos que introducen los distintos juegos, como «pixel» o «voltaje». Lo único verdaderamente importante es que si algo llama realmente su atención y quiere aprender más sobre ello, disfrute haciéndolo.

Y, en apenas 10 días, Irene ha aprendido a manejar un ordenador «de verdad» y ha completado el tutorial «Haz tu propio Pong». Entiende cómo funciona un bloque if-do y hasta un comparador lógico, pero sin duda el reto más complicado que hemos tenido que superar ha sido aprender a respetar el tiempo del otro.

Un día salí tarde del trabajo y me puse tan nervioso que me confundí de linea de metro y hasta de sentido de marcha. Llegué a casa con una hora de retraso, sabiendo que había defraudado a mi hija. Al día siguiente, eliminé cualquier distracción, exprimí al máximo el tiempo en la oficina y salí corriendo a mi hora, sólo para enterarme al llegar a casa que Irene se había pasado toda la tarde viendo la tele. Ni había recogido su cuarto ni se había bañado y tuvimos que recordarle que no podría programar antes de hacerlo, lo que en la practica la dejaría sin tiempo libre antes de cenar y marcharse a dormir. Creo que es la primera vez que vi a mi hija llorar en silencio, siendo consciente de de las consecuencias de lo que había hecho. Creo también que es la primera vez que ha sido consciente del valor del tiempo.

Su madre no entendió mi llamada apurada desde el metro para pedirle disculpas, ni tampoco por qué se llevó ese disgusto al día siguiente por un simple «juego». Un observador poco atento podría creer que le apasiona programar, pero yo lo dudo. Estoy seguro de que si en vez de informático hubiera sido torero, Irene me habría pedido un capote, no un ordenador. No soy tan estúpido ni estoy tan ciego como para ver que lo que realmente quiere mi hija es lo mismo que quieren todos los niños, pasar más tiempo con sus padres. No sé si algún día le apasionará la programación y mucho menos si querrá dedicarse profesionalmente a ello, pero me da igual. Lo que quiero es pasar todo el tiempo que pueda con ella.

Mientras los dos tengamos claro por qué programamos, no creo que que nunca dejemos de hacerlo, pero de eso hablaremos dentro de unos meses, en una segunda parte. 

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