El año en el que el mundo no se acabó


Hace exactamente 20 años, el mundo acababa de superar «el Efecto 2000» también conocido como Y2K o Millennium Bug, para muchos el mayor reto al que jamás ha tenido que enfrentarse la industria informática en toda su Historia y, para otros, un camelo -que desató una histeria injustificada- alimentado por los medios. 

Para encontrar el origen del Efecto 2000 debemos remontarnos a los principios de la computación, cuando los dispositivos de almacenamiento de datos eran extremadamente caros. No existían discos duros, la información se grababa en tarjetas perforadas donde cada columna representaba un único carácter. El software y los datos guardados en estas tarjetas se cargaban en la memoria de los ordenadores cada vez que se ejecutaban. Una memoria que costaba cerca de 1 dólar de la época por bit -la unidad mínima de información- capaz de representar solo un 0 o un 1. Un avión como el IBM 1401, por el que se pagaba a partir de 20.000 dólares al mes en concepto de alquiler, contaba con apenas 2.000 bytes (8 bits) de memoria y cada carácter ocupaba un byte.

En este contexto era normal que los programadores emplearan todo tipo de triquiñuelas para usar el menor número de caracteres posible. Como, por ejemplo, representar las fechas con formato dd/mm/aa, dando por hecho que los dos primeros números del año siempre serían 19. En el último año del siglo, esa premisa dejaba de cumplirse y -al representar una fecha con formato dd/mm/00- los ordenadores no interpretaban que nos estábamos refiriendo al año 2000 sino a 1900, con todos los problemas que eso podía ocasionar en programas cuya lógica estuviera basada en el cálculo de fechas: cálculo de intereses bancarios, tratamientos médicos, gestión de rutas de transporte aéreo o ferroviario... o los sistemas de alimentación y refrigeración de las centrales nucleares. El mundo se iba a acabar.

Y llegó el Día del Juicio Final, el 31 de diciembre de 1999. Decenas de miles de informáticos pasaron aquella noche de guardia en todo el mundo para hacer frente a cualquier contingencia y, cuando por fin dejaron de sonar las campanadas... no pasó nada, más allá de algún incidente aislado. Un videoclub de Nueva York facturó más de 90.000 dólares a uno de sus clientes por haber alquilado una película durante más de un siglo. Un trabajador de Murcia fue requerido por el Juzgado de lo Social a un acto de conciliación el 3 de febrero de 1900. Después de haber temido un Apocalipsis informático, las pintorescas anécdotas que iban surgiendo por todo el mundo no provocaban alivio, solo sonrisas.

Precisamente esa ausencia de incidencias graves ha reafirmado la opinión de los que sostienen que el Efecto 2000 no fue más que un mito, un caso de histeria colectiva impulsada por la industria informática -para vender más software, hardware y servicios-y amplificada por Gobiernos y medios de comunicación. No es cierto.

En realidad, el Y2K supuso un punto de inflexión en la Historia de la informática y cambió la misma para siempre. Si no pasó nada el 31 de diciembre de 1999 fue porque empresas y administraciones públicas invirtieron más de 450.000 millones de dólares -dinero suficiente para comprar Telefónica, doce veces- en prepararse para el Efecto 2000 con suficiente antelación. Sólo la Bolsa de Nueva York gastó 30 millones en un proyecto de 7 años que concluyó hasta 1995.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los programadores que parchearon el software que gestionaba servicios críticos no recibió reconocimiento alguno. Las grandes corporaciones no tenían todas consigo sobre lo que pasaría, así que ninguna dio demasiado bombo a sus esfuerzos para paliar el Y2K, optando por disfrutar de un éxito anónimo en vez de arriesgarse a tener que reconocer un fracaso públicamente.

El público general nunca fue consciente del inmenso esfuerzo realizado ni de los potenciales riesgos y por eso se tendió a minusvalorarlo y a ridiculizar a aquellos que advirtieron sobre los mismos, pero un simple análisis de lo que sí pasó el 31 de diciembre de 1999 deja entrever lo que pudo pasar. 15 centrales nucleares se pararon preventivamente en todo el mundo. En España, el Gobierno reconoció «incidentes» en Zorita y Garoña, que ya estaban operando a un 60% de su capacidad. El oleoducto de Yumurtalik dejó de funcionar, dejando a Estambul sin suministros. La red de satélites de inteligencia y defensa del Pentágono no respondió durante 3 días. En una zona del Reino Unido se registró un inusual incremento de nacimientos de niños con síndrome de Down, una investigación posterior demostró que el programa que debía determinar si los embarazos eran de riesgo calculó mal la fecha de nacimiento de las madres a partir del 1 de enero de 2000, lo que evitó que se iniciaran las pruebas y protocolos recomendados. Ninguno de estos casos «aislados y anecdóticos» provoca sonrisa alguna. 

Pero el Y2K no fue solo un enorme problema sino también una gigantesca oportunidad que la industria informática supo aprovechar. Por primera vez, la opinión pública y los Gobiernos de todo el mundo entendieron hasta qué punto las infraestructuras y servicios públicos más importantes dependen del software que los gestiona. También por primera vez, entidades públicas y privadas se coordinaron para hacer frente a un riesgo tecnológico, creando el Centro Internacional de Cooperación ante el Y2K (IY2KCC) con el auspicio de la ONU y la financiación del Banco Mundial. Pero lo más importante de todo es que, por primera vez, la Comunidad técnica tomó conciencia del potencial alcance e impacto del software y la responsabilidad inherente al desarrollo del mismo.

Puede que el 2000 no fuera el año en el que mundo se acabó, pero sí en el que este cambió para siempre.

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