El iPhone pierde su encanto: ¿Por qué Apple ya no vende tantos teléfonos como antes?

Por primera vez en diez años, caen las ventas y los beneficios de los de Cupertino


Problemas en el paraíso: por primera vez en diez años, Apple ha visto reducidas sus ventas y, con ellas, sus beneficios. Desde hace 12 años, la tecnológica lleva apostándolo (casi) todo al iPhone, su principal fuente de ingresos (más de un 60 % del total): fabrica teléfonos tan sofisticados como caros; sus precios se han disparado entre un 60 % y un 93 % en la última década, sobrepasando ya los mil euros y, hasta ahora, viento en popa. Pero en los tres últimos meses del 2018 -incluyendo la campaña navideña- las ventas del buque insignia de Apple se desplomaron en un 15 % con respecto al ejercicio anterior; Tim Cook ni siquiera ha querido desvelar el número de dispositivos despachados, un gesto inédito del que se extrae que la acogida de los últimos iPhone no ha sido la esperada.

Los resultados del último trimestre no solo revelan una caída en la venta de terminales, también un hundimiento general del volumen de negocio -del 5 %-, especialmente acusado en China, segundo foco del problema: por motivos demográficos y económicos, el iPhone ha tocado techo de ventas en América, Europa y África. Resulta muy difícil superar en estas zonas los 200 millones de unidades vendidas al año: los precios están por las nubes, el ciclo de vida de los aparatos es cada vez más largo -y, por tanto, su tasa de renovación más baja- y los clientes que quedan por pescar son niños o adolescentes, hechizados por móviles de gama media que cubren de largo todas sus necesidades. El gigante asiático, con casi 1.500 millones de habitantes, representaba así la única región con algo de margen de crecimiento. Pero en la segunda mitad del 2018 China levantó el pie del acelerador.

Se suma a lo anterior una competencia agresiva y atractiva, con base, para colmo, en el territorio a colonizar: Xiaomi, Huawei o Vivo dispensan desde China terminales asequibles, pero también solventes -buenos, bonitos y baratos-, frente a los que Apple decidió en mala hora poner distancia. Cook optó por el lujo como estrategia, por fabricar teléfonos (aún) mejores: la calidad como rasgo diferenciador.

Los problemas derivados de este empecinamiento son varios: el bolsillo -a material más noble y tecnología más puntera, más ceros en la factura-, una esperanza de vida más larga y un cambio de paradigma en cuanto al efecto deslumbramiento: la oferta es tal que, a estas alturas, los productos de Apple apenas marcan la diferencia en cuanto a uso; además, ya no nos fascinan.

Hay vida más allá

¿Qué harán los californianos para levantar cabeza? En líneas generales, seguirán tres estrategias. La primera pasa por los satélites de su producto principal: si no pueden depender de sus actualizaciones, se encomendarán a sus accesorios. La diversificación será la clave: la renovación de las baterías, la inteligencia artificial, el entretenimiento. La segunda, por bajar el precio de los teléfonos, al menos fuera de EE.UU., y la tercera, por confiar en el resto de su gama. Apple tranquilizó a los inversores sacando el músculo que le queda: tabletas, ordenadores y, sobre todo, los servicios, el almacenamiento en la nube, los pagos digitales y su inminente streaming. Vienen curvas.

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