¿Puede una persona pública permitirse el lujo de no estar en Twitter?

Redes sociales sí, redes sociales no; esa es la cuestión. El colíder de los Verdes alemanes recupera un debate que no por joven está poco mareado con su decisión de echar el cierre a sus perfiles. Es solo la última espantada y ya van unas cuántas. ¿Acabaremos dándole la espalda a estas plataformas? ¿Estamos fatigados del «social media»?

«Sin otra cosa a la que aspirar más que a la atención de los demás, las personas normales suelen transformarse en idiotas, porque los más idiotas reciben la máxima atención». Mantiene Jaron Lanier, un señor corpulento, de largas rastas y aspecto desaliñado que, ahí donde se lo imaginan, es uno de los filósofos más lúcidos del mundo digital, pionero tecnológico y de Internet -en 1985 fundó la primera compañía que vendió gafas y guantes de realidad virtual-, que las redes nos han hecho adictos a la atención, a que nos hagan caso. La reflexión, deslizada en el libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato por el que un día fue gurú de Silicon Valley y hoy es un abierto renegado digital cobra especial relevancia ahora que el debate de estar o no estar presente en estas plataformas vuelve a posarse sobre la mesa tras el abandono del periodista egipcio Mohamed Salah y el portazo del colíder de los Verdes alemanes en apenas tres semanas.

Ni Salah -«Resolución 2019: es la hora de estar en contacto, de verdad», fue el último tuit que publicó- ni Habeck son los primeros en echar el cierre a las redes ni tampoco serán los últimos, pero la estrella ascendente de la política germana sí es quizá uno de los pocos que toma esta drástica decisión en un momento tan delicado: su partido no está consolidado en el poder, es un alternativa, de momento solo una opción, un movimiento que quiere -que tiene que- hacerse notar, participar. Estar. La suya es una figura en alza, responsable de catapultar a los ecologistas en encuestas y también en urnas. ¿Puede, por tanto, este candidato permitirse el lujo de no tener presencia en un canal tan atendido como son hoy las plataformas sociales? ¿Es mejor la ausencia si la presencia supone una tras otra metedura de pata -el alemán prendió la mecha tras un desafortunado comentario que se sumó a un patinazo anterior-? ¿Dejará de «existir» si no termina regresando?

«En las redes sociales estás sí o sí. Porque si eres una persona con proyección pública la gente va a hablar de ti, aunque no estés, así que lo que hay que decidir es la forma en la que se quiere estar», señala Carlos Correa, de la consultora gallega de bussiness intelligence aplicada a la comunicación y marketing Cecubo. Considera el experto que es esencial estar, pero más que esencial, «inevitable». «La gente se informa y se relaciona a través de las redes, y un político, o cualquier individuo con una imagen pública, querrá estar en los canales donde se conforma la opinión». Insiste en que no estar presente es un lujo que no existe y en que, una vez se asume que se va a estar en ellas, de forma activa o pasiva, lo importante es contar con una estrategia

En la misma línea se coloca Santiago Martínez, asesor político y socio fundador de la escuela de oratoria compostelana Eloqüencia, cuando se le pregunta sobre el tema. Más que la necesidad de estar, destaca este la importancia, sobre todo cuando confluyen dos aspectos, «la necesidad de comunicar» y de hacerlo «a una población o un territorio grande», más todavía, añade, «si el público al que se dirige es eminentemente joven». «Hoy en día pasamos más tiempo mirando la pantalla del móvil que la de la televisión, por tanto queda claro que es una ventana para influir en los demás, una oportunidad». El también profesor de Derecho sí cree, sin embargo, que es posible ser un ermitaño de las redes, pero apunta que el precio es alto: «Se está sacrificando un tipo de influencia directa, que además circula en doble sentido: permite la conversación entre dos partes, entre la figura pública y la ciudadanía».

Cuando Haberck desertó de las redes, esgrimió argumentos a los que, si uno se asoma con calma, invitan a considerar esta posibilidad: que Twitter ejerce una influencia negativa en el debate público, que limita la reflexión, que entorpece la labor política. Desgranó en un post, titulado Adiós Twitter y Facebook y publicado en su blog personal, que la plataforma de los micromensajes le hacía «más agresivo, más estridente, polémico y afilado»,  y todo «a una velocidad que dificulta que haya un espacio para la reflexión». No son ideas nuevas; los críticos con este tipo de plataformas llevan años advirtiendo de que estos espacios favorecen los mensajes simples y populistas, y la polarización, que sacan lo peor del individuo, su parte más superficial y sus instintos más violentos, que sus dinámicas amplifican las mentiras, que benefician el linchamiento, que alimentan la vanidad. «Es un círculo vicioso -mantiene Correa-. Los datos de los estudios sobre redes sociales nos dicen que la gente reacciona mucho más fácil a mensajes que provocan una emoción de enfado/ira y, al final, si partimos de que no se lee ni se atiende a textos más elaborados, se publicarán textos más cortos y que busquen llamar la atención». «Estamos pasando de crear mensajes para comunicar a mensajes para vender», advierte.

Menciona este experto eumés que estos canales favorecen a quienes pueden permitirse ser más provocadores y directos a través de contenidos que apelan a emociones, a lo que se suma «un cansancio y pérdida de credibilidad en el sistema» presente en una parte importante de la sociedad que conduce, como ya ha ocurrido en otros momentos de la historia, a «buscar soluciones simples o incluso hasta a quienes sin dar soluciones, sabe atacar muy bien a los presuntos culpables de esos problemas». Toda una bomba de relojería.

O conmigo o contra mí

Otro «tara» de las redes que suelen subrayar con cada vez más recurrencia quienes ponen la lupa en su mal uso es su estímulo de la polarización: todo en Twitter es blanco o es negro, no hay apenas grises. O se está a favor o en contra del nuevo éxito, o se apoya o se carga contra el figurín de turno. La templanza brilla por su ausencia en una plataforma constantemente indignada, incendiada. «Ciertamente, las redes sociales contribuyen a polarizar, pero sobre la base de que esa polarización ya existe -opina, en cambio, Martínez-. Digamos que la refuerza, la expande, pero no la crea. Son un reflejo de la sociedad que somos y de quiénes somos, una prolongación de nuestra personalidad ya preexistente, no creo que nos convierta en agresivos, quién lo es en la red, lo es también en la vida real».

«La gente también se enciende viendo las tertulias»

Coinciden ambos teóricos -y además es una idea en la que insisten una y otra vez durante su conversación- en la importancia de utilizar bien estas herramientas. No son pesimistas -«Hay mucha gente que las usa para tener un mayor y mejor número de fuentes y un acceso más rápido y completo a la información», sostiene Correa- y confían en que conforme el ser humano se eduque más en su funcionamiento, y en Internet en general, estas conductas irán mejorando. «La gente también se enciende viendo las tertulias, porque están consumiendo opinión continuamente y, a raíz de ello, se construyen una opinión propia. Pues con las redes sociales pasa lo mismo: se construyen a base de visiones particulares, casi nadie esgrime argumentos sólidos contrastados con datos a la hora de publicar un tuit o una publicación de Facebook».

Es este -el de alterar, el de exaltar, el de agitar- un filón que los perfiles más extremos suelen explotar con especial destreza. «La gran fortaleza de los Bolsonaro, Vox o Trump está, por un lado, en hacer un buen uso del bigdata y de la tecnología para elegir y ejecutar mejor sus estrategias y, por otro, en la deficiencia de sus rivales a la hora de moverse en este ecosistema», ilustra Correa. «La gente de Vox, por ejemplo, está haciendo campañas publicitarias en Facebook, pero no enfocadas a públicos favorables a esta formación, sino a gente de extrema izquierda, para calentarlos, para que compartan más, para que respondan. Y esto hace que se visibilice más». «Estos perfiles, además, lo tienen más fácil -anota Martínez-, porque su forma de ver las cosas les hace creer que todo vale y tienen menos pudor a la hora de manipular, mentir y atacar de manera visceral. Es propio de cualquier extremismo, el que sea, y por el medio que sea. Para ellos el fin justifica los medios. Además, los temas con lo que suelen posicionarse, son más emocionales, apelan a los instintos».

Las redes sociales son, sin embargo, una herramienta práctica y muy útil. ¿Sus puntos fuertes? «Twitter es muy bueno para generar tendencias, posicionar temas y reforzarlos, ya que tiene una viralización del mensaje mucho más rápida que Facebook y es el espacio por excelencia donde se genera contenido más político y social. La limitación de caracteres permite sencillez y concreción en el mensaje, pero es cierto que se pierde reflexión y capacidad de razonamiento», comenta Santiago Martínez. Siguiendo ahora con las desventajas, señala que para los usuarios con proyección pública, esta plataformas exigen un trabajo continuo de escucha y respuesta, lo que implica un gasto excesivo de tiempo. «Si gestionan ellos mismos sus perfiles, quedan muy expuestos, hay un alto riesgo de que se lancen mensajes superfluos, poco reflexionados y que puedan volverse en contra del propio personaje. Lo ideal en estos casos es un modelo mixto, que se reciba asesoramiento profesional y, si se deposita la responsabilidad en un equipo, que se avise de ello en las publicaciones para no perder naturalidad ni credibilidad».

En cuanto a los usuarios en general -alejados de los focos y del escrutinio exhaustivo- las principales desventajas de las redes son, según los expertos consultados, la adicción y, «por supuesto, la sensación de vivir en una burbuja artificial en la que considere que la realidad es su visión de las cosas, porque las redes tienden a mostrarnos perfiles afines al nuestro y se pierde heterogeneidad, variedad, riqueza», explica Martínez.  

¿Por cuánto dinero cerrarías tu perfil?

Según la agencia de marketing Mediakix, que lleva años siguiendo la estela influencer en el sector de la comunicación, invertimos una media de cinco años y cuatro meses a lo largo de nuestra vida en las redes sociales, más de lo que dedicamos a comer y a beber. Solamente las supera la televisión, a la que destinamos un total de siete años y ocho meses. Queramos reconocerlo o no, esta tela de araña acaparan nuestra atención, nuestra energía, su uso se ha vuelto automático, rutinario y habitual, tanta estima les tenemos que, atendiendo a un estudio de la Universidad de Michigan, los usuarios de Facebook valoran en unos mil euros sus perfiles personales. Es, al menos, el precio al que estarían dispuestos a cerrar sus cuentas durante un año.

Paradójicamente, comienzan a aparecer síntomas de fatiga. ¿Desalojarán las redes los políticos, los artistas, los escritores y los famosos de medio pelo o serán capaces de manejar la presión y la brutal exhibición que implica permanecer en ellas? ¿Habrá una espantada general? ¿Estamos hartos de las plataformas sociales, cansados de estar continuamente expuestos, agotados de estar pendientes de cada nueva actualización? Facebook se ha estancado, ha dejado de sumar usuarios; hemos conocido espacios digitales, como Tuenti y Fotolog, que ya no existen; y la mayoría de los usuarios activos llevan sus teléfonos en silencio, con las notificaciones desactivadas, incapaces de tolerar el bombardeo de alertas.

«Creo que la gente en general está muy saturada de contenidos digitales, más que de redes en concreto, estamos aprendiendo a usarlas y dentro de cinco años estaremos en una situación diferente. No creo que vaya a haber una espantada, más bien que estaremos, pero de otra forma, la gente siempre ha ido migrando de una plataforma a otra», sostiene Carlos Correa. Lo mismo opina Martínez, rotundo: «Puede que haya algo de fatiga, pero ya se ha convertido en una herramienta imprescindible y solo queda que la sociedad y sus líderes vayan recalibrando, adaptando su vida y su hacer a esta dinámica. Como con todo».

Las espantadas más memorables de las redes sociales

María Viñas

De Damon Lindelof a Cepeda, pasando por Kanye West, Adele, Alejandro Sanz o Maxim Huerta

Mientras figuras como Donald Trump, Matteo Salvini, Arturo Pérez-Reverte o Toni Cantó -reduciendo el radio- se aferran al avatar de Twitter, inmunes a las reacciones, completamente ajenos a las consecuencias que puedan provocar sus encendidos comentarios, hay quiénes no son capaces de soportar la presión y, directamente, optan por echar la llave. Suelen responder a dos tipologías: los que la lían con frecuencia, permanecen ausentes unos días y acaban regresando, y los que reniegan por completo, ya sea por un ruidoso patinazo o por convicción pura, y no vuelven más. 

El político alemán Robert Habeck, 49 años y copresidente de Los Verdes, pertenece a este segundo grupo. Colmó la gota de su vaso el pirateo masivo de datos sufrido en Alemania a principios de mes, que afectó personalmente a su familia y que sumado a un agotamiento acumulado por las constantes críticas a su mensaje le arrastró a tirar la toalla. «No hay ningún otro medio con tanto odio y malevolencia». Como él, el músico británico Ed Sheeran renegó de Twitter para no volver más en julio del 2017. Harto de los insultos, dijo que solo uno de los comentarios negativos que le llovían en su cuenta bastaban para arruinarle el día. Intentó volver dos semanas después, con una nueva cuenta que finalmente abandonó; recuperó su perfil original, pero mantuvo en él solo publicaciones hasta el 2015. Y así está hoy en día, congelada en hace casi cuatro años.

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