iPhone X: Los peligros del reconocimiento facial

¿Qué supone que Apple vaya a conocer y controlar las proporciones matemáticas de mi rostro (y las de los millones de personas que se lanzarán en masa a por su nuevo teléfono)?

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La huella dactilar falla una vez por cada 50.000 aciertos; el reconocimiento facial lo hace una vez por cada millón. Aferrado a esta comparación, Phil Schiller, vicepresidente de Márketing de Apple, presumió este lunes, orgulloso, de la eficacia del sistema de desbloqueo del iPhone X, el nuevo teléfono de la compañía californiana. Minutos más tarde, su colega Craig Federighi, vicepresidente de ingeniería de software, las pasaba canutas en el escenario del Steve Jobs Theater intentando acceder al terminal. Levantó el teléfono para desbloquearlo con su rostro, y el sensor no funcionó. Repitió el procedimiento una segunda vez sin éxito y, por fin, a la tercera, el dispositivo le permitió el acceso. 

Lo que en realidad sucedió fue un despiste, un descuido en el guion del show que Steve Jobs nunca hubiese permitido de seguir vivo y al frente de la compañía: el problema no fue el reconocimiento facial. El iPhone utilizado en la demostración acababa de encenderse. Y cuando el teléfono se activa siempre pide el código de acceso. Una vez arrancado, se bloquea, y es entonces cuando reclama los rasgos faciales.

El caso es que este patinazo en la puesta en escena encendió las alarmas de los más templados ante una revolución que no es tal -tanto el LG G6 como el Galaxy S8 y el Note 8 de Samsung cuentan ya con el lector biométrico-. ¿Es tan seguro el sistema de reconocimiento facial como los señores de la manzana nos están contando? ¿Realmente solo yo voy a poder acceder a mi teléfono? ¿Y si cambio mucho de aspecto? Y lo que es más importante: ¿qué problemas acarrea que Apple conozca y controle las proporciones matemáticas de mi rostro (y las de los millones de personas que se lanzarán en masa a por su nuevo cacharro)?

Lo primero: ¿cómo funciona el sistema del flamante iPhone X? El teléfono recurre a algoritmos de machine learning para crear un modelo matemático del rostro y, una vez fabricado el dibujo, se vale de un sistema se sensores, compuesto por un proyector de punto, una cámara de infrarrojos y un iluminador que se ubican en la zona superior de la pantalla, para escanear al usuario. Mapean y reconocen con tal precisión una cara que nadie más, por mucho que se parezca, podrá entrar en el teléfono. Ni siquiera una foto puede burlar el acceso, tal y como ocurre en el LG G6 y el Galaxy S8. El Face ID es capaz de reconocer a una persona incluso en la oscuridad y permite, además, cubrirnos casi por completo las espaldas en operaciones tan delicadas como el pago con el teléfono móvil.

Apple garantiza, además, que custodiará herméticamente toda la información -el complejo esquema facial convertido en llave- para que los datos estén «extremadamente seguros». Pero, abierta esta puerta, a partir de ahora todos los dispositivos comenzarán a implementar, en mayor o menor medida y desde luego, con mucha calma, esta tecnología. ¿Qué significa esto? Que podremos abrir la puerta de casa sometiéndonos a una rápida exploración del rostro, encender el coche con una mirada, acceder a los aeropuertos con un simple escaneo facial. Que es probable que cada esquina acabe equipada con un mecanismo que nos reconozca al pasar, un fabuloso y necesario avance -todo será más cómodo, más ágil; el mundo, más seguro- que conlleva una inmensa responsabilidad. En abril, la policía de Gales del Sur anunció su intención de registrar las caras de la gente que se encontrase en localizaciones estratégicas de la ciudad. Un mes más tarde, llevó a cabo la primera detención de un hombre basándose en los datos proporcionados por un algoritmo. 

Pero todavía hay más razones para recelar. El reconocimiento facial, además de señalar identidades, es capaz de registrar emociones y estados de ánimo, medir estímulos. Se convierte de esta forma en una valiosa herramienta comercial, en un eficaz instrumento para calcular qué le gusta y qué no al potencial cliente, para saber cómo orientar la publicidad en función de las reacciones. ¿Qué es lo que quiere el consumidor para dárselo? Su cara, espejo del alma, lo revelará.

El último reto que plantea el reconocimiento facial es jurídico. Los datos extraídos de un examen minucioso de nuestros rasgos son de carácter personal y privado: su uso indiscriminado atenta directamente contra el derecho a la intimidad del individuo e, indirectamente, contra la libertad de expresión y manifestación. El anonimato, que hoy es ya escaso, desaparecerá por completo. Y la exposición será total.

El nuevo iPhone X puede reconocer la cara del usuario incluso en la oscuridad

JAVIER ARMESTO
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No tiene botón «home», ni sensor de huella dactilar, y costará a partir de 1.159 euros

«One more thing» (una cosa más). Cuando Tim Cook volvió a subir ayer al escenario del Steve Jobs Theater, en la flamante sede de Apple en Cupertino (California), después de más de una hora de presentación de nuevos productos, se cerraba de alguna manera el círculo tejido durante toda la velada en torno a la figura del fundador de la compañía. La frase favorita de Jobs, aquella con la que sorprendía a la audiencia con dispositivos y tecnologías revolucionarias, sirvió para introducir el iPhone X: «El futuro del smartphone -afirmó Cook-, el producto que mostrará el camino de la tecnología durante la próxima década».

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