¿Qué hora es, señor Google?


Llegaba el último fin de semana de octubre. Los medios se fajaron para explicar los pros y, sobre todo, las contras del cambio de hora. Se repitió hasta la saciedad aquello de que «a las tres serán las dos». En texto, en gráfico y en vídeo. Vamos, que en principio no cabía duda alguna. Pero no fue así. Google, que es un gran chivato de las preocupaciones, obsesiones, vicios y perversiones de la gente, cantó la Traviata y reveló que una de las búsquedas dominantes de la mañana del domingo fue «¿Qué hora es?».

Nos pasamos la mayor parte del tiempo conectados a redes y enganchados a un torrente continuo de información. Hemos tenido que inventar una palabra como infoxicación para retratar una situación que ya se considera una «enfermedad digital», pero no sabemos en qué hora vivimos porque hay que hacer un pequeño ajuste en el reloj (los móviles cambian solos).

Es una paradoja, una contradicción que puede servir para explicar muchas cosas. El mundo puede arder alrededor de un gesto equívoco o de un beso frustrado. Pero nos cuesta poner el foco en conflictos como el sirio o prestarle atención al brexit antes de que se diera el sorprendente resultado del referendo. Ojo, el miércoles hay elecciones en Estados Unidos. Y se presenta un tal Donald Trump.

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¿Qué hora es, señor Google?