La mala reputación


La era de la movilidad ha dado al traste con aquel viejo dilema que preguntaba por las cosas que una persona se llevaría a una isla desierta. Habría que sustituir el tres por el dos. Y pensar en cómo tener cobertura 4G o piratear alguna señal wifi en un paraíso remoto.

No sabemos vivir sin el móvil, esa supernavaja suiza que nos permite hacer de todo y buscarlo todo en cualquier momento, que esconde en su corazón un fenomenal asistente virtual que aspira a hacernos la vida más fácil. Da igual que tenga nombre femenino y futurista (Siri, Cortana, Alexa) o prosaico y evidente (Google Assistant), son la avanzadilla de una nueva era y los primeros ejemplos de que la inteligencia artificial va a formar parte importante de nuestras vidas en los próximos años, y van a saltar del bolsillo al salón, la cocina, el coche? En ese futuro inmediato las cosas también van a estar conectadas. Y van a saber mucho más sobre nosotros.

Nos escandalizamos -con razón- cuando Zuckerberg decreta que nuestro número pase de Whatsapp a Facebook. Pero no solemos prestar atención cuando una compañía nos dice que ha cambiado las normas de privacidad. Y optamos por lo fácil: no leer, no proteger, no ajustar, dejarlo pasar. Luego nos lamentamos cuando nos pasan la factura cara, pero ya hemos pagado. Con nuestros datos.

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