De incendios y ametralladoras


Circula por las redes sociales un documento supuestamente humorístico con las diez cosas que debe hacer Donald Trump para perder las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

La lista incluye disparates como echar a un bebé de un mitin, decir que las elecciones están amañadas, demonizar a los padres musulmanes de un héroe de guerra, pedirle a Putin que hackee el correo de su rival, la candidata demócrata Hillary Malmenor Clinton, sugerir el uso de las armas contra ella y ciscarse en la idolatrada bandera americana.

Pues el candidato republicano los ha hecho casi todos en el último mes. Al magnate solo le ha faltado vejar físicamente el estandarte de las barras y estrellas. Pero en cierto sentido ha ido más allá. Solo 24 horas después de desatar un gran escándalo, ha vuelto a incendiar las redes. Ha llegado a decir, literalmente y con un par, que Barack Obama es el fundador del Estado Islámico.

Trump es una ametralladora, el populismo hecho carne, un provocador que se ha aprovechado de la potencia de Internet para llegar a un gran colectivo -el que forman las víctimas de la globalización y los desencantados con la política tradicional- más que receptivo para su torrente continuo de mensajes apocalípticos.

El magnate ha llegado muy lejos con ese método. Tanto que invita a una reflexión sobre el tipo de mensajes -políticos y no políticos- que triunfan y se propagan a velocidades de vértigo a través de las redes sociales. Nos gustan la sal gruesa, los blancos y los negros, las burradas, las polémicas... Y también los mil veces malditos incendios.

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