Realidades aumentadas


Mucha gente ha descubierto este verano la realidad aumentada gracias a la fiebre desatada en todo el mundo por el videojuego Pokémon Go. Más allá del frikismo y del torrente de anécdotas, el fenómeno vuelve a mostrar que el mundo en el que vivimos ha cambiado y que, en parte, se rige por nuevas reglas. De la mano del inglés, las fronteras cada vez son más permeables. Y la distribución puede ser inmediata. Al menos en relación con el entretenimiento. Hay numerosos ejemplos. No solo con videojuegos, donde el mercado es global. También con libros, series de televisión, discos, películas... Y eso pone en cuestión normas como la que impide a un internauta español ver series de la BBC en su página web. O que para contratar -y pagar- por un servicio de streaming como el de HBO haya que hacer trucos. 

No parece descabellado pensar que en el futuro las ventas de derechos localizadas por país pasen a mejor vida y se generalicen mecanismos de suscripción y contratación de servicios y contenidos universales, que permitan a cualquier usuario acceder a ellos desde cualquier lugar del planeta. Eso puede tener consecuencias funestas para parte de la industria. Siempre fue difícil y quijotesco ponerle puertas al campo y negar la realidad, incluso la aumentada.

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