Empotrado con una brigada de caza

Cómo aficionarse al juego de moda practicando durante unas pocas horas, que es lo que dura la batería del teléfono


REDACCIÓN / LA VOZ

Todo el mundo juega a Pokémon Go. ¿Todo el mundo? Yo no. Pero para elaborar este reportaje tengo que sumergirme en ese mundo. Así que durante algunos días chequeo Internet para encontrar algún tipo de convocatoria en la que diluirme. No la encuentro. De modo que un día decido ir por mi cuenta a los jardines de Méndez Núñez, en A Coruña. Antes descargo la aplicación de moda y me creo un perfil siguiendo las instrucciones del juego. De pronto me convierto en un chaval con una estética japo y una melena francamente envidiable. Por lo menos dentro del móvil.

En los jardines no tardo en encontrar a un grupito de chavales sentados a la sombra y mirando todos a la pantalla de su móvil. Me presento y les pido permiso para jugar con ellos. No hay problema. Pero sí que lo hay. No puedo arrancar la aplicación: «No te agobies. Yo llevo media hora intentando entrar y todavía no lo he conseguido», me dice uno de los chavales, Manuel, de 19 años. Entonces se lanzan a explicarme que los servidores están desbordados y que el juego falla con frecuencia.

Mientras mi terminal intenta entrar en el mundo en el que está toda esa gente, ellos me explican qué están haciendo allí: «Es que alguien ha puesto cebos». Hay que ir acostumbrándose a la terminología. Por si usted, lector, ha estado estos días de vacaciones en otro planeta, tiene que saber que el juego consiste en cazar unas criaturas con unas características determinadas que aparecen aleatoriamente en cualquier lugar. Para ello necesita unos elementos que se consiguen gratuitamente en unos puntos que se llaman pokeparadas. Muy bien. Pues estamos en un lugar estratégico donde hay varias pokeparadas y donde alguien ha puesto cebos, que son una forma de atraer a las criaturitas. Intento hablar con los chavales, que me prestan una atención limitada.

Rutinas

Dicen que no han cambiado de rutinas. O tal vez sí. Sergio, que tiene 18 años, cuenta que por las tardes ya salía de paseo pero que ahora lo hace a cazar pokémons. Y que por la mañana antes estaba en casa y ahora... ahora también sale a cazar pokémons: «Pues yo no. Por la mañana no me saca nadie de la cama», dice la chica que tiene enfrente que, al parecer, tiene ya un montón de bichos aunque se la ve más pendiente de buscar los besos de su novio que de atrapar la extraña fauna que no para de asomarse a sus pantallas.

De vez en cuando, un murmullo de excitación recorre el grupo y salta a los grupillos cercanos: «¡Charmander! ¡Charmander!» Y una especie de minidinosaurio aparece en los móviles de mis compañeros de caza. «¡Dios, me encanta este sitio!», dice Alejandro, un madrileño de 18 años que está de vacaciones en A Coruña .

Me estoy poniendo nervioso, porque no entiendo la jerga de la chavalada y yo aún no puedo entrar en la aplicación así que reinicio el teléfono y... ahora sí. El mundo mágico que tiene cautivado a todo este personal se abre ante mi. Y ya lo veo todo: las calles, el parque, las pokeparadas y... ¡un pokémon! Los chavales me explican lo básico con una cierta condescendencia. Así que me siento un poco tonto. Pero es solo un momento. Uno de los chavales, un niño prácticamente, me enseña un par de trucos para que no se me escapen. Y enseguida me sumerjo en la caza y empiezo a sumar bichos. Zubat, Caterpie, Pidgey... Estoy on fire.

Al poco llegan otros tres chavales. Uno sin móvil. Increíble: «Es que se me han acabado los datos», dice con cara de funeral. «Pero me he pedido un móvil nuevo para mi cumpleaños. Solo faltan nueve días». Mientras me lo cuenta, llega el fotógrafo que agrupa a la brigada, hace su trabajo y se pone él también a pillar algún pokémon: «Te vas a enganchar», me dice. Y yo le contesto que no, pero sin mirarle, porque me acaba de aparecer en la pantalla un Bulbasur que no estoy dispuesto a dejar escapar.

Cuando me doy cuenta, todos mis eventuales compañeros han sacado ya su batería de repuesto porque jugar a Pokemon go consume muchos datos pero lo que de verdad agota es la batería del móvil. Y muy rápido. Miro para la mía y veo que en poco menos de dos horas se ha tragado más de la mitad. El asunto me aleja unos minutos de la pantalla y cuando miro a mi alrededor veo que el parque se ha llenado sin que me haya dado cuenta. Y que todo el mundo está absolutamente concentrado frente a su pantalla. Me asomo y constato que casi todos están haciendo lo mismo. Cazando bichos. Estamos todos locos. Y esto no ha hecho más que empezar.

Una abuela con el móvil y capturando bichos con sus nietos: «No ponga mi nombre, por favor»

Antes de caer atrapado por la caza sin fin, me da tiempo a observar un poco el panorama. Por el parque transitan, como cada tarde de verano, muchas familias. Una de ellas me llama la atención: son dos mujeres en la treintena con dos chavales y una señora. Todos llevan un móvil en la mano. Me acerco a la señora de más edad:

-No me diga que también está jugando al Pokémon Go.

-Hum, sí. Bueno, he empezado hoy.

La señora me explica que tiene 64 años y cuando le pregunto cómo se llama me responde: «No ponga mi nombre, por favor, que me da un poco de vergüenza». Le prometo que le guardo el secreto y hablamos un rato. «Veo como juegan mis nietos y he decidido probar. Pero creo que lo voy a dejar mañana. Me da la impresión de que con el Whatsapp ya tengo la cuota cubierta». Me lo dice y seguramente piensa que no es verdad porque al poco admite que le ve cosas positivas: «Por ejemplo, que le pongan el nombre a los monumentos donde están las pokeparadas. Es la forma de que los chicos los conozcan».

Con el móvil de mamá

Mientras hablamos, uno de sus nietos vocea: «¡Un bulbasur!». Miro a la señora que adivina mi pregunta: «Tiene siete años, pero está jugando con el móvil de su madre». Bastante está haciendo la abuela con prestarme atención a mí en vez de al móvil que le vibra con cada aparición. «Es un poco lío porque al final vas por la calle dejándote atropellar por las bicis. Eso sí. Lo prefiero al Candy», concluye la señora.

Cuando la dejo, la dinámica abuela se acerca a los suyos y se pone a la faena. En realidad yo también tenía ganas de terminar la minientrevista. Tenía algunos pokémons listos para ser capturados. Toda una tentación.

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