Nuestros datos, nuestras vidas


Dice un antiguo refrán informático que solo hay dos tipos de personas, las que han perdido datos y las que van a perderlos. Habría que ponerlo al día. Y reenfocarlo: la privacidad no existe. Es un mito comparable al de los reyes magos o al del ratoncito Pérez. Cuando consultamos cómo llegar a un sitio, cuando hacemos búsquedas, tecleamos en Facebook (sí, eso también deja huella), vemos vídeos en YouTube o, simplemente, instalamos una impresora, volcamos una parte de nuestras vidas en la Red.

Compartimos constantemente datos. Esa información, vista de manera global y bien analizada, mueve el mundo, impacta en los mercados, decide políticas. Su importancia será mucho mayor en los próximos años, cuando llegue a su apogeo el Internet de las cosas. Entonces no solo seremos nosotros los que, de una manera más o menos consciente, alimentemos esa gran autopista de la información que es Internet, sino que también serán nuestros objetos cotidianos -neveras, coches, aspiradores- los que revelen nuestra intimidad. Y no podremos hacer nada, porque ese flujo de datos será el que permita que funcione el sistema. Y porque es el precio que pagamos por disfrutar de muchos servicios de los que ya somos esclavos en el día a día. Nada es gratis. Solo cambia la moneda.

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