Un meigallo sobre Twitter


Expertos y profetas han puesto de nuevo a Twitter en su punto de mira. Vaticinan, de forma fatalista, que al igual que otras herramientas que murieron tras empezar a perder usuarios, esta red social, que hoy parece imprescindible, puede estar condenada a desaparecer. La firma, inmersa en un plan de reestructuración, anunció hace días que logró sumar nuevos seguidores, un leve respiro que, sin embargo, no despeja las dudas que despiertan sus continuos síntomas de estancamiento. En agosto la red perdió usuarios por primera vez en EE.UU.; en septiembre, fue superada por Instagram, una herramienta social (y de moda) con cuatro años menos de vida. Sus directivos ya no esconden sus debilidades (uno llegó a asegurar que le resulta «intimidante» tuitear). Reconocen que, a pesar de su atractivo e influencia, su marea de información, no siempre conexa, es confusa y abrumadora para un gran público que o no la prueba o no regresa. La pasividad ante comentarios amenazantes, la exigida sobreexposición o una menor privacidad ayudan a una fuga adolescente. La red ha dado pasos para invertir la tendencia con servicios que buscan organizar el contenido pero que también amenazan con restarle frescura, inmediatez e identidad. Ahí está su reto y su peligro.

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