Las reglas del juego han cambiado a la hora de ligar

Internet es la nueva pista de baile, un lugar en el que uno puedo conseguir pareja, pasaporte para camas ajenas o una discretísima relación extramatrimonial

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Hacer amigos, encontrar nuestra media naranja o echar una cana al aire ya no depende tanto de nuestra chispa, ni de los pestañeos, ni de una determinada marca de desodorante, como de una buena conexión a Internet, una favorecedora foto de perfil y una más que aceptable capacidad mecanográfica. Aunque algunos nostálgicos todavía recelen de las plataformas digitales para lanzar la caña, es una verdad impepinable que las redes sociales son aquí y ahora las nuevas pistas de baile. 

Si a alguien le quedaban dudas de que a estas herramientas no solo recurren los jóvenes carentes de encanto, los bichos raros de turno y las almas solitarias a las que ya se les ha pasado el arroz, un escuadrón de hackers, autodenominado The Impact Team, se ha encargado de disiparlas infiltrándose en el mayor portal de citas del mundo, agenciándose de todo su archivo y aireándolo públicamente. Nombres y apellidos. 32 millones de adúlteros llevan sin poder conciliar el sueño casi dos semanas

«La vida es corta, ten una aventura», reza el eslogan de la hasta hace unos días discretísima plataforma de contactos. Tan prudente era Ashley Madison que incluso prestaba coartadas para sacar del paso a las señoritas y a los caballeros que recurrían a sus servicios. Pero entonces los piratas informáticos cumplieron su palabra. El verano aún estaba calentando motores cuando hicieron pública su amenaza. En su poder, millones de datos personales que permanecerían en la sombra si los celestinos digitales cesaban su actividad. ¿Qué estaban haciendo mal? ¿Qué pecado tan terrible habían cometido como para que unos informáticos superdotados y anónimos les declarasen la guerra de tal manera? No cumplir lo prometido. Garantizar a sus usuarios que, por un módico precio de 20 euros, podían darse de baja sin dejar ni una pista de sus garbeos por el lugar. Mentira. Los datos seguían ahí. 

Los responsables de los encuentros prohibidos no se tomaron demasiado en serio las amenazas y un mes más tarde 10 gigabytes de información fueron colgados en la Red. Por si fuera poco, días después desembargaron un segundo paquete todavía mayor, con nombres, apellidos, direcciones de mail, teléfonos y transacciones financieras (darse de alta es gratis, pero para ponerse en contacto con otros usuarios, chatear y ver fotos hay que pagar). A estos datos puede hoy acceder cualquiera, descargándose alguno de los archivos Torrent que circulan por Internet.

Y llegó el pánico. A los que les parecía que el asunto les pillaba lejos, el despiece que ha llevado a cabo la empresa Tecnilógica de la delicada carpeta les ha puesto los pies en la tierra. El líder mundial de amoríos discretos contaba en España con más de un millón de usuarios registrados. De ellos, 46.648 eran gallegos. La ciudad más gamberra de Galicia era Vigo, con 8.400 infieles en las filas de Ashley Madison. Le seguían A Coruña, con 8.144; Santiago, con 3.624; Ourense, con 3.329; Lugo, con 2.794; Pontevedra, con 2.783; y Ferrol, con solo 348. Destacadas son también las cifras de adúlteros registradas en Vilagarcía (912), Marín (605), Carballo (596), Narón (588), Redondela (584), Mos (570), Culleredo (544), Cangas (473), Arteixo (402) y Lalín (355).

También conocemos el perfil medio del usuario de Ashley Madison en España: un hombre, de 37 años, residente en alguna capital de provincia, con un peso aproximado de 73,9 kilos y una altura de 1,75 metros. Pero, ¿y si queremos ir más allá y saber si alguien que conocemos figura en la lista? ¿y si queremos dar marcha atrás y hacer desaparecer determinados datos del jugoso archivo? Para todos los males hay remedio. Si nos pica la curiosidad podemos consultar webs  capaces de comprobar a quién ha afectado el hackeo. Si, por el contrario, estamos arrepentidos, acongojados, avergonzados, agobiados o, simplemente, muertos de miedo por si nos pillan, existen empresas especializadas en borrar cualquier rastro en la Red. Alguna firma ya ha recibido 1.537 solicitudes de usuarios españoles, 38 de ellos gallegos y 18, de personajes públicos

Ashley Madison, que no gana para polémicas -la reina Sofía le puso hace un tiempo una demanda por usar su imagen cuando se empezó a relacionar al Rey Juan Carlos con Corinna-, se enfrenta ahora a una demanda de 500 millones. Y es solo el principio. Algunos usuarios, los más conocidos públicamente, los más reputados y los más comprometidos, ya han recibidos mensajes extorsionadores. Billetes a cambio de silencio. Dos personas que figuraban en inventario de infieles, o potenciales infieles  -la intención no supone obligatoriamente la ejecución-, se han quitado la vida. Y el fundador y máximo responsable del portal atacado, Noel Biderman, ya ha presentado su dimisión. Las mentiras empiezan a pasar factura. 

Las dos caras de flirtear por Internet

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Si uno bucea un poco en la Red, no resulta difícil encontrar eficaces tutoriales para registrar el mejor perfil posible en alguna de las plataformas programadas única y exclusivamente para facilitar el cortejo, consejos sobre qué fotografía seleccionar e incluso recomendaciones sobre las primeras palabras que teclear para causar una buena impresión. Porque en Internet no es tanto lo que eres como lo que dices que eres; lo que haces como lo que aparentas. Así se rigen las relaciones sociales de un universo, el virtual, en el que uno es lo que le gustaría ser. En Twitter, uno habla como le gustaría hablar. En Instagram, se muestra solo como le gustaría que le viesen. En Pinterest, comparte imágenes de todo lo que le gustaría tener. Sin embargo, bajo esta apariencia de control, afloran una serie de exigencias que acaban comprometiendo lo más valioso del usuario: la privacidad .

La mayoría de las aplicaciones y empresas que operan en la Red solicitan insistentemente al internauta el acceso a su geolocalización con el fin de conocer su posición exacta. Herramientas que aportan información sobre servicios, que ofrecen sugerencias de ocio o que potencian encuentros entre usuarios, no tendrían sentido si no conociesen coordenadas exactas. La mayoría solicita también una dirección de correo y alguna, más exigente, nombre y número de teléfono. Con suerte, lo que hacen con todos estos datos -el oro del siglo XXI- se detalla en la letra pequeña que nadie nunca lee. Sin suerte, estamos completamente a su merced. 

Según un estudio reciente de IBM, más del 60 % de las aplicaciones para ligar en dispositivos móviles son un caldo de cultivo para los ciberataques. Tras analizar 41 aplicaciones, la compañía concluyó que 26 eran vulnerables en un grado medio o severo. La mayoría de estas herramientas tiene, además, acceso a funcionalidades como la cámara, el micrófono, el almacenamiento, la localización o el monedero electrónico. El peligro se multiplica si tenemos en cuenta que en el 50 % de los casos están instaladas en terminales de trabajo que almacenan información corporativa. El virus es lo mejor que nos puede pasar. De ahí a la utilización del GPS por parte de algún extraño para seguir nuestros movimientos y saber dónde vivimos o la sustracción de los datos de nuestras tarjeta de crédito. Por este recoveco, los hackers también pueden colarse en la intimidad de un usuario y controlar remotamente el micrófono o la cámara de sus teléfonos, usurpar sus perfiles para recabar información de sus contactos o dañar su imagen personal. 

La cara «A»

Si todo fuese amenaza y peligro, lo de Ashley Madison no hubiese pasado de un pirateo marginal, un toque de atención a unos pocos atrevidos, vagos hasta para poner los cuernos. Internet es un amplio y excelente lugar, tan decente y válido como cualquier otro, para encontrar compañía. Ya sea por falta de tiempo para buscarla en otro sitio, de oportunidades o simplemente de ganas. Las cifras lo avalan. España se sitúa en el segundo puesto del ránking de países europeos con más descargas  -18 millones- de aplicaciones para flirtear, según apunta The App Date. Expertos de la Universitat Oberta de Catalunya constatan además que las parejas que se conocen a través de la red duran más y se divorcian menos, ya que la tecnología permite que los individuos acoten su búsqueda en función  de sus gustos. Las personas «tienden a ser más racionales y más calculadoras, buscan reducir costes y aumentar sus propios beneficios», explica el sociólogo y director del máster de Humanidades de la UOC, Francesc Núñez. Y ahorran. Sobre todo, en rituales previos e inútiles.

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