El «valle inquietante» de los robots

La creciente semejanza entre androides y humanos plantea problemas éticos y morales

Hiroshi Ishiguro con su «hija» robot, Kodomoroid.
Hiroshi Ishiguro con su «hija» robot, Kodomoroid.

tokio / afp

La imposibilidad de diferenciar a un hombre de una máquina está cada vez más cerca, dicen los científicos, tras los recientes avances en robótica en Japón, donde los androides podrían convertirse en uno más de la familia.

«Los ordenadores superaron ya las capacidades humanas. Los robots también serán más inteligentes dentro de poco», aseguró en una entrevista Hiroshi Ishiguro, uno de los grandes especialistas nipones de este sector, que incluso cuenta con una copia robótica de sí mismo.

El doble de Ishiguro da conferencias en el extranjero en sustitución de su gemelo de carne y hueso. «Me hace ganar tiempo», afirmó el investigador. «La parte superior del cuerpo y la inferior caben en dos grandes maletas, pero la cabeza es muy frágil. Va como equipaje de mano», explicó.

Los robots cumplen ya con varias tareas en el país del Sol naciente: cocinan fideos, participan en sesiones de psicoterapia con pacientes e incluso se sumaron a las tareas de limpieza tras la catástrofe nuclear de Fukushima en el 2011.

Pero estas réplicas, ¿parecen realmente personas? Ishiguro creó su doble con sistemas electrónicos complejos, partes móviles, caucho de silicona y pelo proveniente de su propio cuero cabelludo. «Si tenemos suficientes conocimientos sobre los humanos, podremos crear más robots de aspecto humano», explicó este profesor de la universidad de Osaka, para quien si los humanos y los robots llegan a ser amigos, la frontera entre ambos desaparecerá. El desvanecimiento de esta frontera ha sido durante mucho tiempo una fuente de estremecimientos futuristas, a menudo reflejados en la cultura popular o en los clásicos de ciencia ficción.

Actualmente, los robots antropomórficos aún pueden diferenciarse de las personas, como es el caso de Pepper, un humanoide creado por la empresa de telecomunicaciones SoftBank, que asegura que puede comprender las emociones humanas y de un 70 % a un 80 % de las conversaciones espontáneas.

Para Masahiro Mori, otro especialista japonés, cuanto más se parece la máquina al hombre, más cómodas se sienten las personas, pero hasta cierto punto, denominado «el valle inquietante», en el cual los robots se vuelven tan parecidos a los humanos que generan rechazo. El instituto japonés de Ciencias y Tecnologías Avanzadas (AIST) analizó las reacciones de las personas ante una réplica antropomórfica y los resultados son muy positivos.

Para Ishiguro, que se declara «padre orgulloso» de sus dos hijas androides -Kodomoroid y Otonaroid- futuras trabajadoras del Museo Nacional de Ciencias y la Tecnología de Tokio, no hay lugar a dudas: en un futuro todo el mundo tendrá en Japón un androide como hoy tiene un teléfono móvil. Además, «las personas con discapacidad [física] necesitarán otro cuerpo. Tendremos más opciones», predijo.

Según el profesor de la universidad de Osaka, a medida que las personas desarrollen una relación con sus robots, estos últimos serán uno más de la familia, si bien esto puede plantear problemas éticos y morales. «Dudaremos si desconectarlos», dice Ishiguro, quien va todavía más allá: «Imaginad que perdéis a vuestra hija en un accidente de tráfico y que yo creo una androide a su imagen y semejanza. Seguramente la querréis y la aceptaréis como a un ser humano».

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