En tus manos encomiendo Microsoft

Objetivo cumplido. Ahora que en (casi) cada hogar y en cada oficina hay un ordenador, Bill Gates cuelga las botas y se retira a un segundo plano. Al mismo tiempo, el indio Satya Nadella toma el relevo de Steve Ballmer como consejero delegado. Gates vigilará sus movimientos desde su nuevo puesto como asesor tecnológico. A la perspectiva de los años le suma ahora la de la distancia

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Parar a tiempo, en el punto exacto, con el convencimiento absoluto de que continuar con los ojos ya viciados será más contraproducente que beneficioso, no significa rendirse, sino entender que después de la cima, el siguiente tramo siempre es cuesta abajo. El conocimiento no solo le dio el poder necesario a Bill Gates para llegar a ser uno de los hombres más ricos del mundo; le mantuvo inteligentemente los pies bien atados al suelo, tanto como para tener claro en qué momento exacto debía delegar.

Hace poco más de un año abandonaba su despacho, pero no hacía las maletas. Movía de nuevo ficha en el tablero después de soltar lastre en el 2008 para dedicarse en cuerpo, además de en alma, a la beneficencia. Y pasaba, en febrero del 2014, a un discreto segundo plano desde el que tutela, desde entonces, su gran obra. Asegura que fue el propio Satya Nadella, el indio que simultáneamente recoge el testigo de Steve Ballmer como consejero delegado, quien le pidió que no se fuese muy lejos. Se mantiene a su lado, pasando lista a cada nueva tanda de productos que la factoría dispensa al mercado; una brújula que, de momento, Microsoft no puede permitirse el lujo de perder. No encontraría el camino.

En contra de lo que pueda parecer, la situación que heredó el año pasado Satya no era nada envidiable, ni siquiera imaginando los tentadores ceros de la propuesta con la que Microsoft le convenció para que tomase las riendas. Echando un vistazo general a como estaba el panorama, resultaba complicado no perder la perspectiva del espíritu de la marca. La fe en los pecés se tambaleaba ante la indiscutible amenaza de las tabletas y, sobre todo, de los smartphones.

La bonanza en la que se columpiaba Microsoft en el 2003 empezó a cojear cuando los consumidores se vieron en posición de reclamar más. Más diversificación en los productos y más espectro en el que bucear cada vez que se planteasen ampliar su familia tecnológica; en definitiva, nuevos dispositivos y áreas, como la telefonía, a las que la marca no quiso o no pudo prestar la debida atención.

A esas alturas del partido -ya estas- romper el bipartito iOS-Android resultaba -resulta- una tarea titánica. La mayoría de fabricantes ni lo intentan, se conforman con llevarse una parte del pastel especializándose en un segmento concreto del que van arañando, ni tan mal, como bien pueden. Pero resignarse no va con Microsoft. Prefirió lavarse la cara. Inyectar sangre nueva, formada y especializada en los puntos calientes , localizados en el desarrollo de productos y servicios on line.

La tercera firma tecnológica más valiosa de Wall Street -su capitalización bursátil ronda los 304.300 millones de dólares-, por detrás de Apple (iOS) y Google (Android), se fijó como objetivo demostrar, en primer lugar, que con Nadella y sin Gates en las altas esferas sería capaz de mantener su parcela en el parqué, y en segundo lugar, que recuperar a los usuarios desencantados con los pecés y entusiasmados con los teléfonos inteligentes y las tabletas es posible. Aquí se localizaba el reto más inmediato y también el más peliagudo de Microsoft. Pocas veces vuelve el que ya tomó la decisión de irse si lo que dejó atrás no mejora lo suficiente como para recular. Y las remesas que los de Redmond manejaban hace un año no contribuían precisamente a ello.

Con poca intuición, la firma intentó lidiar al mismo tiempo con el universo del ordenador y el de los dispositivos móviles a través de Windows 8. Y quien mucho abarca, ya saben. El 8 se convirtió en el Windows más atragantado de todos, el gran calvario de la empresa, más todavía que el malogrado Vista. ¿Cuál era el problema? Básicamente dos: la inexistencia de un botón de inicio y un escritorio caótico que, en un alarde de integración del sistema táctil con el tradicional combo teclado-ratón acabó convirtiéndose en una auténtica anarquía.

Por si fuera poco, Microsoft entró con mal pie en el mundo de las tabletas. Su pionera Surface provocó a la empresa pérdidas de casi mil millones de dólares. Miles de dispositivos empezaron a coger polvo en los almacenes de la compañía, incapaces de conseguir pasar por caja. Su falta de potencia, un catálogo de aplicaciones más bien pobre y un precio desorbitado acabaron echando atrás a los clientes que siempre habían apostado por la multinacional. Por suerte, la Xbox aguantó el tirón. Continuar en esa dirección y entrar de una vez por todas en la partida móvil fueron las coordenadas básicas para que la firma no acusase el relevo generacional. Y ahí van. Poco a poco.

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