¿Más lenta que un Spectrum?

Probamos la Xbox One, estandarte de la nueva generación de consolas


REDACCIÓN / LA VOZ

La Xbox One lleva casi un mes en el mercado y protagoniza uno de los duelos tecnológicos estrellas de esta campaña navideñas con la Playstation 4. La consola de Microsoft ha dejado atrás la esencia de sus antecesoras: es mucho más que una máquina para jugar, quiere conquistar el salón y ser el sistema de entretenimiento hegemónico en el hogar. Se parece cada vez más a los pecés, tanto en su aspecto exterior -es un cacharro de líneas simples y robustas, de tamaño similar al de los venerables vídeos VHS- como en el interior: las tripas recuerdan mucho a las de un ordenador.

La Xbox One incorpora un escritorio parecido al de Windows 8, llamadas por Skype y demanda conexión permanente a Internet (a los servicios de Microsoft) para rendir al cien por cien. Es su razón de ser, también su auténtico punto débil.

Desembalar la Xbox es un proceso sencillo. En cinco minutos se conectan la máquina y el sensor Kinect a la televisión. Después llegan los problemas. Lo primero que demanda la consola al usuario son las claves de su wifi. Es toda una declaración de intenciones. Y un aviso al que sigue una configuración básica, un registro y, muy probablemente, una actualización. Completados estos pasos, se accede a un escritorio repleto de posibilidades en línea. Si el usuario quiere hacer lo que siempre se hizo con las consolas, jugar, tendrá que insertar un disco y armarse de paciencia. Si hay una actualización disponible, la máquina le ofrece a descargarla. Si acepta, y, por ejemplo, quiere echar una carrera al Forza Motorsport 5, se puede ir a hacer la cena: el parche puede pesar seis gigas, e, incluso con una conexión de banda ancha, puede llevar media hora alojarla en el disco duro de la Xbox e instalarla. La sensación es la misma que ofrecía en los ochenta el entrañable Spectrum: para jugar hay que esperar. Tal vez demasiado tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que la consola cuesta 500 euros, 100 más que su principal competidora, la PS4.

Una vez agotados los largos tiempos de espera, One brilla por su potencia gráfica y la multitud de opciones que ofrece al jugador. El mando que trae de serie no es revolucionario (está basado en el de la Xbox 360) pero funciona bien. Lo hará mejor cuando la máquina de Microsoft cuente con grandes juegos en su catálogo: quien la compre ahora no le sacará todo su jugo.

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