¿Estamos preparados para pagar por las aplicaciones?

Whatsapp conmocionó esta semana a los usuarios de Android al anunciar que su servicio, hasta ahora gratuito para los fieles del sistema operativo de Google, pasaría a ser de pago


Redacción / La Voz

Parece que no. Al menos, no por ahora. La costumbre de los contenidos gratuitos en la que nos hemos apoltronado no tolera de momento reservar parte de nuestros ahorros para las aplicaciones móviles. Lo demuestra el pánico que se ha apoderado de los usuarios de smartphones esta semana cuando Whatsapp, la aplicación que lidera el podio de las más populares, informaba a los clientes de Android que su servicio dejaría de ser gratuito y pasaría a ser de pago. Que a final de cada año, deberían pagar religiosamente una cuota para poder continuar Whatsapp va, Whatsapp viene, con sus contactos telefónicos.

Pero esto no es nada nuevo. Porque el servicio de mensajería instantánea de traidor no tiene nada y, en el momento de la descarga, ya se había encargado de avisar a los fieles del sistema de Google de que su servicio supondría un coste de 78 céntimos que debería abonarse anualmente. Whatsapp siempre fue de pago. Pero con los usuarios de Android se hizo el remolón. El consecuente cobro nunca llegaba, aunque se traspasase la frontera de los 12 meses de renovación. Hasta que el cobrador llamó a la puerta. Una vez hubo afianzado su posición en el mercado, haciéndose casi imprescindible, Whatsapp ha dado el siguiente paso hacia el escenario que, previsiblemente, les espera a la vuelta de la esquina a las aplicaciones móviles: un negocio saturado en el que, o estás en el equipo de los mejores y tienes ya a tu público en el bolsillo, o ser rentable se convierte en un calvario.

El universo de las aplicaciones móviles -adaptaciones para los­ smartphones o tabletas de los programas de música, redes sociales, chats, editores fotográficos, portales de noticias, mapas, juegos y casi cualquier tipo de servicio imaginable- es un entramado complejo y agresivamente competitivo enfocado, básicamente, a iOS -el software de Apple- y Android -el sistema operativo de Google-, los dos grandes reyes de los dispositivos actuales. Por detrás, les siguen a distancia, pero con buenas perspectivas, Blackberry y Windows Phone. Hasta el año pasado, el sistema de la manzana mordida aventajaba en número de aplicaciones a Android, una tendencia que fue cambiando de rumbo y que, a día de hoy, coloca al robot verde en primera posición.

Dos son las diferencias fundamentales que los separan. Por una parte, la mayoría de las aplicaciones de la Apple Store son de pago, mientras que Google Play, la tienda de Android, cuenta con miles de programas gratuitos. Por otra, directamente vinculada a la primera, el software de iPhone lleva a cabo un exhaustivo procedimiento de selección de las aplicaciones que oferta en su mostrador online, lo que explica el retraso con el que llegan algunas de ellas a su catálogo. Android, sin embargo, pone a disposición de sus clientes todas aquellas que paguen la cuota fijada (aproximadamente 75 dólares) sin ningún tipo de filtro. Todo el dilema de escoger pasa a manos de los consumidores, que deberán dejarse llevar por su intuición, las listas de las más descargadas, las valoraciones que acumulan los programas y los comentarios de otros usuarios. «El público de Apple es un público acostumbrado a pagar por las aplicaciones -explica Marcos Mata, presidente del Colexio Profesional de Enxeñería Técnica en Informática de Galicia (CPETIG)-. Incluso el procedimiento para efectuar el pago de Apple es mucho más sencillo que el de Android, en el momento en el que un usuario se registra en su tienda, el sistema ya le pide los datos bancarios».

Frente a la asimilación del pago de los incondicionales de Apple y otros puristas de la tecnología, concienciados de que si un servicio vale la pena, merece que se rasquen los bolsillos, se levanta el gran interrogante del futuro que le espera a las aplicaciones que apuesten por dar el salto al sistema de pago. «Lo que ha hecho Whatsapp es crear una necesidad, consolidándose en su terreno, llegando a los usuarios de forma gratuita al principio para conseguir así expandirse y convertirse en líder -indica Mata-. Una vez que ha generado esa necesidad, pasa a ser de pago, algo que solo pueden permitirse aplicaciones con una cuota de mercado tan grande como la suya».

El caso Whatsapp recuerda a la estrategia que ha ido puliendo y perfeccionando inteligentemente estos últimos años Spotify. El hoy popular servicio llegó a los ordenadores presentándose como un programa de música en streaming. Gratis, sin descargas, legal. Y con un kilométrico catálogo de canciones y discos, de todos los géneros, de todas las épocas. Solo requería conexión a Internet. Cuando los que entonces vieron el cielo abierto ya se habían acomodado a la comodidad de este servicio, Spotify anunció que comenzaría a limitar las cuentas Free y Open -modalidades gratuitas que incluían publicidad cada ciertas canciones- a 10 horas de música al mes. Para el que quisiese más, la compañía reservaba la opción Unlimited y Premium por un módico precio. El siguiente paso llegó de la mano del boom de los smartphones. Sorpresa. La aplicación movil de Spotify solo podría ser instalada y utilizada si el usuario tenía contratada una cuenta Premium -10 euros al mes-. Estaba todo hecho. El gusanillo dentro del cuerpo. La necesidad anclada en aquellos que ya se habían acostumbrado a las bondades de la plataforma.

¿Se puede vivir de las aplicaciones?

Para llegar a este punto en el que el colchón de implantación sea tan mullido que le permita a una aplicación arriesgarse a cruzar la línea, levantar el muro y cobrar por pasar, hoy en día hacen falta casi sudor y lágrimas. Google Play ronda la astronómica cifra de 800.000 aplicaciones, entre las cuales resulta muy difícil escalar hasta los primeros puestos de popularidad. «La gran mayoría de las apps no llegan a ser rentables nunca -explica José Manuel Louro, co-fundador y director comercial del juego para móviles Push-Cars-. ¡Hay hasta un 30 % que no se descargan ni una sola vez!». Este gallego de Carnota aclara que solo aquellas aplicaciones que tengan un buen diseño y representen una buena idea podrán ser candidatas a una buena rentabilidad. «Además, ahora el coste de programación y testeo es cada vez más elevado porque hay más dispositivos con mejores características técnicas», añade.

Pero por algún lado hay que meter la cabeza. Y para los desarrolladores de aplicaciones, Android es la mejor alternativa. El 80 % de los dispositivos en España funciona con el sistema del robot verde que, en la venta de dispositivos, aventaja a los californianos. Es en él donde hay más capacidad de futuro. Más cabida para los profesionales de las tecnologías de la información. El CPETIG, consciente de ello, ha celebrado esta semana un ciclo sobre el sistema de Google, sus fundamentos, el modo en el que las aplicaciones se comunican entre sí y su seguridad. Una vez empapados de conocimiento llega la parte más difícil, el dilema de cómo hacer caja. Las aplicaciones de pago ya cuentan con una fuente directa de ingresos, pero ¿y las gratuitas? ¿de qué viven estos servicios que no le cuestan un duro al usuario? «El modelo de negocio por el que apostamos nosotros -revela Louro- es dar la oportunidad de jugar gratis e incluir micropagos dentro de la aplicación, con nuevos niveles, personajes... Así, el usuario decide cuando realiza la compra del contenido extra». La otra fórmula que comienzan a poner en práctica las compañías es la de incluir e integrar marcas dentro del juego, buscando alternativas y huecos por donde se puedan colar los ingresos, mientras los usuarios, que ayer desembolsaban 1 euro por cada SMS, siguen echándose a temblar cada vez que oyen hablar de los servicios de pago.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
20 votos

¿Estamos preparados para pagar por las aplicaciones?