Pescar con tu padre, amar con tu pareja

Los reglamentos puntillosos y excesivos no son buenos ni en el amor, ni en la pesca ni en la literatura


redacción / la voz

Cuando impartía clase de Lengua y literatura española en el instituto de Vilaxoán, procuraba animar a mis alumnos a escribir y les mandaba redacciones con títulos modernos y actuales. Uno que funcionaba bastante bien era: «El fin de semana me dejó fatal». Se lo había copiado a Mecano y los estudiantes lo acogían con asombro y escribían con entusiasmo. Contaban cómo habían disfrutado jugando al fútbol, yendo de pesca con su padre, navegando en gamela o saliendo de marcha.

Un buen día, le tocó leer su redacción a una joven de Carril. Era un poco mayor que los demás alumnos y los chicos la mitificaban porque veían en ella una madurez que los asombraba. El caso es que la muchacha salió a la pizarra y desde allí leyó una historia que nos dejó tambaleando. En concreto, contó cómo ese fin de semana había perdido la virginidad.

A medida que iba leyendo, los demás estudiantes abrían los ojos desmesuradamente, como si asistieran a un prodigio nunca visto y yo, la verdad, hacía esfuerzos para disimular mi inquietud y, sobre todo, mis dudas ante la manera de actuar. A medida que la redacción avanzaba y los pormenores de la acción embelesaban a la clase, razoné que lo mejor sería comportarme con naturalidad. Si yo había pedido que me contaran el fin de semana, tan lícito era narrar una jornada de pesca como una noche de amor. Así que me repuse, me centré en los valores literarios de la narración y tuve que reconocer que era un texto precioso, delicado, muy literario e incluso emocionante.

Al acabar la lectura, los alumnos miraban a la escritora y me miraban a mí con gran expectación. Parecían temer una hecatombe, un cero, incluso una expulsión. Por eso, cuando empecé a alabar aquel texto tan bien redactado y concluí poniendo un diez a la alumna, se escuchó un suspiro de alivio y la sonrisa volvió a enseñorearse de mis discípulos.

Evidentemente, aproveché el momento para hablar del amor, del erotismo y de la literatura, de la narración de la experiencia, de la intimidad como recurso creativo y la clase, en fin, acabó de manera ilustrativa y ejemplar. «El próximo día seguimos leyendo vuestras redacciones sobre el fin de semana», me despedí y quedamos citados para la siguiente clase. Y nada, dos días después estaba frente a aquellos alumnos. Al entrar, había percibido risas nerviosas y excitación adolescente a flor de piel. ¿Qué pasaba? Los profesores tenemos un sexto sentido que nos permite adivinar en un instante el estado de ánimo colectivo en un aula y aquella mañana, allí estaba pasando algo. Lo averigüé en cuanto llamé al primer alumno a leer su redacción. Salió al estrado y empezó a leer: «El sábado estaba yo con Pili, nos entraron ganas, nos desnudamos y…».

«¡Quieto ahí!», ordené y pedí a otro alumno que leyera su redacción. La leyó: «A mí me gusta Carmela y como yo a ella también le gusto, nos desnudamos en la playa para…». «¡Para nada!», intervine sin dilación. Pedí a otros tres muchachos y muchachas que leyeran sus trabajos y todos eran del mismo jaez: él, ella, una novia o un novio, una playa o un bosque y empezaban a desnudarse, sin preámbulos, preludios ni zarandajas.

Era evidente lo que había sucedido. Los escolares habían deducido que si a la compañera que había contado su experiencia le había puesto un 10, ellos no iban a ser menos y contarían otra historia subida de tono para conseguir otro 10. Si al profe le gustan las redacciones verdes, démosle redacciones verdes. El problema se zanjó con una nueva explicación sobre la literatura y la experiencia, sobre la autenticidad y la naturalidad, sobre el plagio y sobre la invención sin datos ni experiencia. El problema se zanjó y, años después, dejé aquel instituto, me fui a un centro de Secundaria y Bachillerato de Extremadura y seguí mandando escribir redacciones de título posmoderno estilo Mecano: «El fin de semana me dejó fatal».

Pero en Extremadura no solo no contaban historias románticas ni eróticas, sino que no entendían bien aquel título que, decían ellos, era muy tonto porque a ellos, el fin de semana nunca les dejaba fatal, sino que eran felices pescando con sus padres, cazando con ellos o montando a caballo. Entendí enseguida que había que cambiar de registro. Aquellos chicos extremeños no estaban tan espabilados y sus gustos eran diferentes: cambiaban la gamela por el caballo, los perros y la caza, pero eso sí, pescaban en ríos, charcas, arroyos y lavajos tanto como mis alumnos gallegos en la ría.

En las grandes ciudades del interior, creen que tener un caballo, cazar o navegar en gamela o en motora pequeña es algo pijo, lujoso y caprichoso. En las rías gallegas y en las dehesas extremeñas esas aficiones son ancestrales, tradicionales, antiguas. Se tiene una motora o un caballo porque ya los tenían los tatarabuelos. Y hay un punto en el que jóvenes gallegos y extremeños se entusiasman redactando: la pesca. En una y otra región, la pesca por afición es sagrada y no gusta que desde Madrid impongan reglamentos excesivos. Contar una tarde de pesca con tu padre es tan emocionante como contar una noche de amor con tu pareja. No seamos puntillosos.

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