Cada rodaballo que sale de las plantas de Stolt Sea Farm es el resultado de mucha tecnología, mantenimiento, I+D+i y, sobre todo, la dedicación de personas
06 jul 2026 . Actualizado a las 09:22 h.El nordés que comba en gentil reverencia a las gramíneas del camino y pica el mar en el que faenan los contados barcos de pesca que han decidido trabajar en esa parte de la reserva de Os Miñarzos despeina a Carmela, que tiene que ponerse la chaqueta. Y, sin embargo, es el aliento ideal, el que trae una temperatura cómoda, de entre 14 y 18 grados, para el millón de peces que habita al final de esa praia da Gavota que este miércoles está vacía a pesar de que irradia un sol libre de nubes. En ese paraje idílico, con las formas antropomorfas que habitan el monte Pindo vigilando y un ejército de molinos de viento escoltando desde Paxareiras, decenas, cientos, miles de rodaballos crecen y engordan tumbados, ordenados por tallas y tañamos, en una playa de tanques cubiertos con lonas a salvo del viento y posibles depredadores caídos del cielo atendidos y mimados por cerca de una treintena de personas. Porque «lo más importante» en esta y cualquier otra de las granjas que tiene Stolt Sea Farm en Galicia y otros cuatro países «son las personas», ahora, como en todas las actividades, un bien escaso, comenta Jordi Trias.
El presidente de la multinacional de origen noruego nos recibe dispuesto a mostrar las tripas de esta planta de acuicultura que lleva asentada más de cuarenta años en ese rincón de Lira. Y empieza por abrirnos «el corazón» de la granja. En realidad es el pozo de bombeo, pero, para Trias, el lenguaje y las palabras son importantes para una actividad que solo ahora, después de muchos años y esfuerzos de comunicación, empieza a ser valorada y reconocida por el público.
Y lo cierto, sin metáforas mediante, es que esas colosales tuberías son lo que dan vida a la instalación (y dígitos para asustar en el recibo de la luz). «Si se para, en una hora y media se mueren todos». Es el final para el millón de rodaballos que allí se crían. Porque eso es el tiempo que transcurre entre que los 3.000 litros por segundo que ingresa la aurícula y bombea el ventrículo de ese corazón y abandona las instalaciones despidiéndose a voz en grito, con un sonido que incluso impide la conversación sin levantar la voz. Agua que regresa al mar igual o mejor de lo que entró. «Estamos en medio de la reserva marina de Os Miñarzos, y ya estábamos antes de su declaración. Si realmente contamináramos, esto no podría ser la figura que es». En la planta, el agua se ha sometido a varios filtrados, oxigenado, tratado con filtros ultravioletas y ha servido de cuna a peces mimados. En extremo.
Porque ese cuidado repercute en el producto final. Care makes taste. El cuidado hace el sabor. Es el lema que ha adoptado la empresa para su nueva marca: Neptura. «Nos ha dado pena abandonar Prodemar después de tantos años, pero ese marchamo se quedaba en el distribuidor, no llegaba al consumidor». Y mucho menos a la alta cocina, lugar que considera que le corresponde a un producto de alta acuicultura, que es la que se hace en Stolt.
Puede que cuando se hable de tecnología, IA o automatización, lo primero que venga a la cabeza es Elon Musk y sus satélites. Pero hay casi tanta o más innovación detrás de un rodaballo de acuicultura. Ocurre que pasa desapercibida por tratarse de un sector primario, la cenicienta de las actividades económicas. A fin de cuentas, Starlink puede haber revolucionado el acceso a internet, pero Stolt, en sus plantas, ha conseguido cultivar una proteína clave para cubrir una necesidad básica: comer y alimentarse. Aportando así su grano de arena a una soberanía alimentaria hoy por hoy inexistente en una Unión Europea, que importa el 70% del pescado que consume.
Cada pez plano que sale de las plantas de Stolt, sea rodaballo o lenguado, es el resultado de una alta inversión y mantenimiento, alta tecnología y una potente I+D+i, alguna ideada específicamente para cubrir las necesidades particulares de esas especies que producen. Como el transporte especial en el que llegan con dos meses a la planta de Lira rodaballos que han nacido en la hatchery (criadero) de Cervo. Se instalan en la nursery de la planta en la que vivirán «felices» otros 20 meses, comiendo diez veces al día. Reciben de forma automatizada un pienso que también han formulado en la casa, intentando reducir al máximo el porcentaje de pescado de captura —probando con otros ingredientes y comprobando que no alteren el sabor y la calidad del producto final— y con la consistencia adecuada para que tenga una flotabilidad tal que se hunda en el tanque con la cadencia justa para que todos los rodaballos tengan tiempo a alcanzar los granos. «Si llega al fondo, el pez no lo ve y ya no lo come». Porque cuando llegan a Lira, ya no tienen un ojo a cada lado del cuerpo, como presentan al nacer, sino los dos en la parte superior de la cabeza, como corresponde a los peces planos.
Juveniles y adultos
Llega la hora de comer y en la nursery llena de tanques con varias cohortes de hermanos, todos idénticos, comienza una lluvia de pienso. Los pezqueñines se lanzan en tropel a atrapar alguno de esos gránulos. No ocurre así en los tanques del exterior, donde ya están los rodaballos talluditos. Los del tanque J3 ni se inmutan cuando de los dispersores comienza a caer el alimento. A diferencia del J4, que incluso saltan fuera del agua en su afán por conseguir uno de los granos. Ahí entran en acción las personas, encargadas de observar a los peces y comprobar si están cómodos y sanos, y el cerebro de la factoría, la sala desde la que se controlan todos los parámetros de cada tanque y cada planta, para ofrecer lo que gusten sus señores rodaballos.
Algunos tendrán mimos hasta que alcancen un kilo o kilo y medio. Otros, los que más demanda la restauración, lo harán con dos. Con cuatro ya es demasiada mimarrachada. Pasarán entonces a la planta de procesado. De la que saldrán enteros, troceados, fileteados... Como el cliente demande. Porque ahora es hora de mimar al cliente. De darle un producto de alta calidad, saludable, sabroso, versátil y mejor cuidado imposible.
El reto de pasar de 9.000 toneladas a 24.000 en el 2038
En el pasado de Stolt Sea Farm hay muchas novias. Le hizo guiños a almejas, ostras, langostinos, doradas, lubinas, coqueteó con el salmón y tuvo una larga relación en California con el esturión, «una especie apasionante», admite Trias, pero difícil y costosa. Por eso en el 2020 se desprendió del negocio vendiéndolo a una empresa local para centrarse en hacer felices a rodaballos y lenguados. Esos que hoy manda a más de 30 países, en un 80 % para la restauración y el 20 % para la distribución, principalmente de Europa. Envía ahora 9.000 toneladas, cuando hace diez años eran 5.000. Y se ha marcado el reto de producir y comercializar 24.0000 en el horizonte del 2038, sumadas ambas especies.
Con ese objetivo ha diseñado un plan de inversiones que supera los más de cien millones de euros. «Estamos ya en la segunda fase del plan», dice el presidente de Stolt. Ya se ha ejecutado la ampliación del área de reproductores de lenguado en Merexo (Muxía) importante porque «ahí, con la fecundación, empieza todo». A punto de inauguración está la ampliación de la hatchery de ambas especies en Cervo. En obras están dos módulos de engorde en Portugal y Galicia. Y el grueso de la inversión se lo lleva la planta de transformación de Rianxo, con 45 millones, que dará a la compañía una capacidad de procesado de 14.000 toneladas.
Stolt también está presente en Noruega, Francia e Islandia. Y pronto pondrá una pica en EE. UU., a donde piensa regresar, pero ahora con lenguado —«el rodaballo no lo conocen»— en vez de esturión. También ha adquirido terrenos en Portugal, en Viana y Figueira, para crecer más en un país en el que ya tienen una planta de rodaballo y dos de lenguado. ¿Y Galicia? Trias admite que es menos complicado instalarse en el país vecino, donde los trámites son más ágiles. No obstante, Stolt no renuncia a instalarse en cualquier lugar de Galicia donde «haya buena disponibilidad de agua, a la temperatura adecuada, a la orilla del mar, que es imprescindible, y con certidumbre en cuanto a las licencias, que no puede ser un proceso larguísimo. Siendo así, todo sobre ruedas, porque «voluntad de inversión tenemos», pero no es fácil encontrar ubicaciones disponibles.