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Jesús Villar, mariscador de a flote en Vigo: «Me ha ido bien, he cogido 6 kilos a 25 euros cada uno»

L. C. LL. VIGO / LA VOZ

SOMOS MAR

Luis Carlos Llera

Los altos precios de los bivalvos hacen que compensen las jornadas de trabajo

14 abr 2026 . Actualizado a las 04:45 h.

Jesús Villar, mariscador a flote de Vigo, está contento y da por terminada la jornada después de cinco horas en el entorno de la exclusiva isla de Toralla

El puente de Toralla, en Vigo, da acceso a la isla donde se refugian los pudientes en chalés de más de un millón y medio de euros y pisos de un desafiante rascacielos (algo más asequibles). Junto a la exclusiva ínsula, donde viven estrellas del fútbol, empresarios de postín y algunas política, trabajan los jornaleros del mar: los mariscadores de a flote. Hay una decena de embarcaciones ancladas rastreando el fondo. A la derecha del puente, el marinero vigués Jesús Villar se agacha para recoger el cesto con dientes de acero con el que ha rastrillado el fondo de la ría, muy cerca de los pilares del viaducto. Jesús tiene 43 años y lleva 21 surcando la ría de Vigo en su pequeña lancha. El marinero está contento. Ha empezado a las ocho de la mañana en un día fresco y con lluvia a ratos. Sumerge el aparejo una y otra vez y la pértiga de eucalipto se inclina flexible en el agua para sacar a cubierta el trofeo. Villar, ataviado con un traje de aguas amarillo, alza orgulloso una bolsa con sus capturas: «He cogido seis kilos, aunque puedo capturar hasta siete, pero lo dejo, ya me voy. No vale la pena estar una hora más». Jesús separa las almejas babosas de las piedras y algas que ha extraído accidentalmente. Devuelve al mar lo que no sirve para la subasta. Es optimista: «Voy al Berbés a venderlas. Estas se cotizan a 25 euros el kilo», dice enseñando una malla plagada de frutos vivos. Gira su barco y enfila hacia el puerto pesquero de Vigo.

Le ha ido mejor que a su compañero José Manuel Amoedo, que mueve un palo de siete metros hurgando en el fondo de la ría, en un lugar accesible para los rastrillos. Amoedo ha cruzado toda la ría desde Redondela para ir al centro del puente. Lleva 34 años con su embarcación y, con 60 cumplidos, no se prejubila como otros marineros. Sigue trabajando en busca del marisco de cada día para ganarse el pan. Su bronceado puede resultar engañoso en tierra y confundirse con un turista. Amoedo hunde una y otra vez su aparejo y lo sube a su lancha de cinco metros y medio. Es una de la medianas. Hay alguna que tienen seis metros de eslora y otras que apenas llegan a los cinco. Desde la orilla, junto a la lonja de Canido, un mecánico naval observa y arregla una de las embarcaciones de bajura. La lonja permanece cerrada y un pescador escucha la radio frecuencia. El marisco está vendido. Los más madrugadores se desplazan desde todos los rincones hasta la bahía de Baiona, allí, frente a la playa, echan sus artes esperando recolectar los moluscos. En los esquilmados arenales apenas trabajan tres mujeres, señalan en la cofradía La Anunciada. Otras gentes del mar se juegan el tipo arrancando percebes de las rocas y capturando erizos, el manjar de los restaurantes de lujo que antes se desechaba como comida de pobres y hoy es el nuevo caviar.