Cuando los jóvenes quieren ser piratas

Expertos advierten del cambio de estrategia de los delincuentes del golfo de Guinea, que empiezan a secuestrar pesqueros para usarlos de naves nodrizas, como antes en Somalia, donde la piratería sigue, pero en tierra

Que ya no haya secuestros de embarcaciones en el cuerno de África, al menos no al nivel de antaño, cuando se contaban por docenas, no quiere decir que no haya piratas. Los hay. Y no precisamente inactivos. La presencia de fuerzas militares protegiendo la actividad marítima los ha llevado a diversificar su negocio en tierra y se mantiene ocupados con el tráfico de drogas, de armas o incluso de personas. Pero la amenaza está ahí. Y el almirante Rafael Fernández-Pintado Muñoz Rojas, jefe de Servicios Generales y Asistencia Técnica de la Armada está convencido de que volverán al mar en cuanto las unidades militares desaparezcan. La prueba está en que cuando la OTAN abandonó la misión en la cuenca de Somalia, en el 2016, los piratas, que según Fernández-Pintado están informados y tecnológicamente modernizados, se echaron en masa a perpetrar asaltos, que fueron abortados por las fuerzas que quedaban por la zona. Y que, en principio, quedarán hasta diciembre del 2022, fecha hasta la que estará vigente el mandato de la operación Atalanta, lanzada por la UE en el 2008.

Pero una vez atajado ese fuego, las alarmas se han encendido en el otro extremo de África, en el golfo de Guinea, donde la piratería marítima está creciendo a un ritmo exponencial y, además, los métodos se están, por así decirlo, somalizando. Esto es, que los delincuentes del occidente de África están calcando estrategias de sus sosias de Somalia y los últimos asaltos han sido a pesqueros que han secuestrado y después utilizado como naves nodrizas que emplean para atacar a otras embarcaciones. Lo explicó Fernando Ibáñez Gómez, analista y doctor en Conflictos, Seguridad y Solidaridad y Máster en Seguridad Global y Defensa por la Universidad de Zaragoza, en el seminario organizado por la patronal atunera Opagac, cuyos buques operan en países del entorno, como Gabón, Guinea Ecuatorial, Santo Tomé...

Julio Morón, gerente de la organización, confesó la inquietud de los armadores que allí operan y que tratan de evitar navegar por los puntos más calientes. Pero el creciente interés de los piratas por los pesqueros levanta pesadillas entre los afectados que ya temen tener que implantar las medidas de protección que llevan en la flota que opera en el Índico. 

Y Fernando Ibáñez no fue capaz de disipar sus inquietudes. A su juicio, es difícil mejorar la situación en el golfo de Guinea, por más que en Nigeria —donde se concentra la mayoría de los asentamientos piratas—, a diferencia de Somalia, tenga legislación para abordar el problema. Lo que no existe en este caso es capacidad para perseguir a los piratas y, en ocasiones, falta de voluntad, cuando no de abierta camaradería entre las autoridades y los piratas.

El experto en Conflictos dio cuenta del origen del problema, que no es otro más que la extrema pobreza y los conflictos internos en la que es la primera potencia de África que tiene entre el 80 y 90 % de su riqueza dependiente del petróleo. Precisamente el sabotaje a las instalaciones petroleras, primero, y el robo de combustible a los petroleros y mercantes, después, fue el origen de esta piratería. Pero a raíz de la caída de los precios del petróleo y, por consiguiente de los beneficios, dieron el salto a los secuestros.

Los incidentes al año superan ya el centenar, se producen cada vez más lejos de la costa y, además, se está detectando un cambio de estrategia. Lo aseguró Ibáñez al relatar un caso, el del Mozart, en el que los piratas, en lugar de desistir del secuestro cuando la tripulación se encerraba en la ciudadela o habitación del pánico para evitar el ataque, en la última ocasión emplearon explosivos para acceder a ese refugio. Uno de los marineros murió.

Otro hecho que ha llamado la atención de los analistas es el caso de los ataques simultáneos. Se detectaron en Guinea Ecuatorial, donde los piratas lanzaron tres asaltos a la vez y consiguieron secuestrar a marineros de sendas embarcaciones. «Una osadía importante», al entender de Ibáñez.

Los asaltos a pesqueros para después emplearlos como naves nodriza para perpetrar ataques a mayor distancia es otro indicio del cambio de estrategia.

En ese escenario, los armadores insisten en la necesidad de llevar al golfo de Guinea una operación similar a la Atalanta que ha conseguido contener la piratería marítima, por más que, como afirmó el almirante jefe Rafael Fernández-Pintado Muñoz Rojas, el relevo generacional de los piratas en Somalia esté garantizado: «Los jóvenes quieren ser piratas».

Ser pirata en Somalia tiene prestigio social

Se pirata en Somalia no está mal visto. Al contrario. Está socialmente prestigiado. Cómo no va a serlo con esas mansiones en las que viven en comparación con las chabolas que conforman la mayor parte de los pueblos. Por eso «los jóvenes quieren ser piratas». Y hay puestos de trabajo, puesto que el problema continúa en tierra. Desde allí esperan a que abandonen las fuerzas internacionales para regresar a ejercer la delincuencia también por mar. Por más que estacional, debido al monzón —de ahí que los picos de asaltos se diesen en primavera y otoño—, esta rama del negocio reportaba pingües beneficios. Los rescates, según explicó el almirante, variaban entre los 5 y los 10 millones de euros por embarcación.

Así que «no se puede bajar la guardia». El almirante de la Armada tiene claro que «si nos vamos de allí, volverán los secuestros». Por más que la retirada de unidades haya complicado las tareas de vigilancia y obligado a adaptar las capacidades al escenario —puesto que son menos fuerzas para cubrir el mismo territorio, toda la cuenca de Somalia y el golfo de Adén—, la simple presencia es disuasoria. Ahora bien, Fernández-Pintado llamó la atención sobre la atención sobre la relajación de las medidas por parte de los buques que por allí navegan, un exceso de confianza en el que no debería caerse.

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