La lucha charpeira 30 años después

En el sector de la industria del pescado es donde más se nota la discriminación de la mujer


Vilagarcía / la voz

Sucedió hace más de 30 años. En la noche del sábado 1 de diciembre, se celebró en A Illa de Arousa un festival en solidaridad con las trabajadoras de la conservera Charpo. Se iba a celebrar en la lonja, pero acabó en la calle, en O Regueiro, con un frío terrible.

O Regueiro, una explanada que daba al mar, a la historia y al frío, donde había en 1990 una casa de cultura, un supermercado, varios bares, un hotel, un parquecillo, un quiosco de periódicos y un puesto de golosinas. O Regueiro era entonces a A Illa de Arousa lo que la Puerta del Sol a Madrid: el lugar donde se proclamó una república independiente en el 36, donde se prometió a Manuel Fraga y a Fernández Albor que irían al agua el día que inauguraron el puente y donde González Laxe dio sus primeros mítines autonómicos.

En O Regueiro se celebró aquella fiesta a la que acudieron intelectuales comprometidos, que un rato antes de empezar el festival, buscaban el calor de los bares mientras en la brasería A Salga, Tareixa Navaza cenaba navajas a la plancha. Aquel festival en O Regueiro se celebraba porque había 45 mujeres para las que el siglo XX aún no había llegado.

Recuerdo a Tareixa Navaza diciendo que aquello era como el 68, haciendo la guerra en la calle, pero las charpeiras, así llamábamos entonces a aquellas mujeres empleadas de los Charlines en una conservera, ni estaban en París, ni pedían lo imposible, ni estaban muy seguras de que la imaginación llegara algún día al poder. Y tenían la playa a un paso, no debajo de los adoquines. Allí, la única realidad era que las mujeres empleadas en las conserveras eran oprimidas y estaban mal pagadas.

El apelativo de charpeiras, que luego se convirtió en nombre de guerra para referirse a las mujeres en lucha de las conserveras, se lo inventaron los de Korosi Dansas, que tocaron en el festival y saludaron así: «Ánimo, charpeiras, estamos con vosotras». Korosi Dansas aportaban un nuevo vocablo al diccionario de las revoluciones: garibaldino, bolchevique, sandinista... charpeira (trabajadora de la industria conservera que lucha por sus derechos y, en consecuencia, es represaliada por ser mujer y por ser trabajadora).

Subió Susi, una de las trabajadoras de Charpo, al estrado y, sin dejar de sonreír, animó al personal: «En la revolución, lo último que se pierde es la sonrisa». Contó luego que trabajaban hasta 24 horas seguidas a 200 pesetas la hora y que nunca nadie protestó hasta que empezaron ellas. Para aquellas mujeres despedidas de Charpo, una revolución era conseguir lo que casi todo el mundo tenía en 1990: un salario digno, seguridad social, horas extra correctamente pagadas y estabilidad en el empleo.

Chelo, otra de las trabajadoras de la conservera Charpo, contó que los charlines no entraban en las cámaras frigoríficas, «nosotras sí, y no os podéis imaginar cómo es una de esas cámaras. Hacía en ellas más frío que aquí en O Regueiro y entrábamos sin equipo». En el festival estaban Miguel Cancio, Antón Reixa, Encarna Otero, Méndez Ferrín… Fue un acto importante que marcó la lucha de las trabajadoras de la conserva.

Sin embargo, los resultados tardaron en llegar. Un año después, en noviembre de 1991, un simple repaso a las denuncias explicaba la situación: la empresa adeudaba a las charpeiras la extra de junio y parte de la de diciembre del 90, las horas extra se pagaban por debajo de lo normal, no se habían negociado las vacaciones del 91 cuando faltaban dos meses para que acabara el año, la antigüedad no se reconocía en la nómina, no se habían cubierto los períodos de cotización de la Seguridad Social, habían perdido el derecho adquirido al transporte y no se cumplían normas básicas de seguridad e higiene.

Si recordamos este episodio de 1990 es porque más de 30 años después, en la industria del pescado sigue existiendo una lacerante discriminación. La pasada semana, el sindicato CC.OO. presentaba en Vilagarcía Pescando derechos, un informe demostrando con datos la discriminación que sufren las mujeres por razones de sexo en un sector en el que la mano de obra femenina es muy abundante.

Existen en España 650 empresas de la industria del pescado con 28.000 trabajadores. De ellos, el 60% son mujeres. Si comparamos con otros sectores de la industria, en la de alimentación, el 38% son mujeres y en la de manufacturas, alrededor del 20%. Es en el sector de las conservas y de la industria del pescado donde la mujer sufre una mayor discriminación. De esas mujeres, prácticamente la mitad, un 48%, tienen un contrato precario. De hecho, el 77% de los contratos a tiempo parcial en el sector son de mujeres.

También resulta curioso que el 32,7% de las mujeres que trabajan en la industria del pescado actualmente tengan una cualificación mayor de la que se requiere para su puesto, sin embargo, solo el 14,8% ocupa un puesto de dirección o gestión. Para rematar, en el sector, por realizar el mismo trabajo, los hombres cobran casi un 30% más que las mujeres. Han pasado 30 años y han cambiado muchas cosas, pero las charpeiras siguen ancladas en el siglo XIX.

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