Márketing británico para que se coma en casa lo que ya no se exporta a la UE

Cornualles «rebautiza» el gallo y la centolla para ganarse al mercado local


Londres / E. La Voz

«El producto es el mismo, la diferencia reside en la comunicación». Los pescadores británicos han convertido en credo la máxima del fotógrafo y experto en márketing Oliviero Toscani, famoso por sus controvertidas campañas publicitarias de los años 80 y 90 para la firma de ropa italiana Benetton. Y es que a las mismas especies que capturaban le han cambiado el nombre para ver si así se las cuelan al mercado doméstico y logran vender en el mercado británico lo que antes del brexit enviaban alegremente al mercado comunitario, sobre todo a España y un volumen importante a Galicia.

Es el caso del megrim, nombre en inglés para la especie que los gallegos de A Coruña conocen como meiga y los de Arousa hacia el sur como rapante. El que en genérico se conoce como gallo del norte ha sido rebautizado como Cornish sole (lenguado de Cornualles) en un intento de poner énfasis en que se trata de un producto de proximidad por más que antes se enviase a miles de kilómetros de allí.

También se le ha cambiado el nombre al spider crab, que no es ni más ni menos que la centolla en su traducción al español. En pocos días dejará de ser el sencillo cangrejo araña para adoptar otro apelativo mucho más rimbombante: Cornish King Crab, cangrejo rey de Cornualles en su paso de la lengua de Shakespeare a la de Cervantes. Viene a ser como cuando en Galicia se le pone el apellido «de la ría» a una especie, y esa simple alusión es ya una garantía de calidad.

La medida adoptada por los profesionales británicos es una acción desesperada de las asociaciones de pescadores de Cornualles para atraer a los compradores británicos hacia estas especies y así paliar las drásticas caídas en sus cuentas que han supuesto las nuevas regulaciones postbrexit y las dificultades para exportar a la UE.

Hasta la pasada Nochevieja, cuando el Reino Unido abandonó el mercado único y la unión aduanera, el 90 % de las mil toneladas de gallo que anualmente se capturan en las aguas de la famosa región inglesa y el 85 % del cangrejo tenían como destino las lonjas y supermercados al sur de los Pirineos.

Estudios de mercado

Pero mientras el gallo y la centolla de Cornualles son muy apreciados en la UE, los británicos casi ni miran para ellos. «Estas dos especies son minusvaloradas en este país, mientras que son muy populares en el exterior (…) Hay algo en el nombre que tiene connotaciones negativas», afirmó a la prensa local el presidente de la Organización de Pescadores de Cornualles (CFPO, por sus siglas en inglés), Paul Trebilcock.

El representante de los marineros dejó claro que la decisión de aplicar algo de maquillaje publicitario a los productos no fue una ocurrencia sobrevenida, sino el resultado de sesudos estudios de mercado. «Hicimos encuestas e investigaciones y ellas revelaron que con simplemente llamar lenguado de Cornualles al gallo hay más personas están dispuestas a comprarlo, probarlo y averiguar de dónde procede», agregó.

Los pescadores británicos esperan conseguir el mismo resultado que obtuvieron sus colegas estadounidenses y canadienses, que vieron cómo las ventas de la merluza que capturaban al sur del continente americano se dispararon tras rebautizar la especie como lubina chilena.

Quejas de los pescadores por los problemas para exportar su salmón y sus bivalvos

La cuestión pesquera fue uno de los mayores obstáculos que los negociadores británicos y comunitarios tuvieron que salvar para llegar a un acuerdo que ordenase la relación postbrexit de los exsocios. Sin embargo, el acuerdo que Londres y Bruselas cerraron en vísperas de Navidad, lejos de zanjar el problema, parece estar avivándolo y convirtiéndolo en la pesadilla que temieron los pescadores del Reino Unido, uno de los colectivos que con más ímpetu respaldó la salida de la UE en el referendo del 2016.

En las primeras semanas de aplicación de las nuevas normas comerciales los marineros escoceses, por ejemplo, descubrieron que los controles fitosanitarios ponían en jaque sus exportaciones de salmón y de marisco fresco a los Veintisiete, un mercado valorado en más de 1.000 millones de euros anuales. ¿La razón? Inspeccionar un solo camión estaba demorando hasta cinco horas. Eso, aparte de que los productos frescos se consideren ahora como provenientes de un país tercero y como tal deben tratarse de acuerdo con la legislación de cada país.

«Un corto retraso puede llevar a que la mercancía se estropee», admitieron desde el Ministerio de Medio Ambiente británico, que hace unas semanas anunció un nuevo paquete de ayudas para los pescadores valorado en 23 millones libras (26 millones de euros), con el cual esperan paliar las pérdidas que el sector está sufriendo por los cambios habidos desde Nochebuena.

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