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«Galicia» llega de Somalia

espe abuín REDACCIÓN / LA VOZ

SOMOS MAR

JARO MUÑOZ | EFE

El buque de asalto anfibio construido en Ferrol arribó con 253 marinos a su base de Rota después de 189 días de misión contra los piratas en el Índico

16 nov 2015 . Actualizado a las 13:17 h.

Galicia estuvo en Somalia. En una misión de 189 días que remató con la entrada del barco en su base de Rota. Los 253 marinos que quedaban embarcados al final de la singladura del buque de asalto anfibio -llegaron a ser 317- se reencontraron, por fin, con familiares y amigos tras más de medio año sin contacto. En la dotación, compuesta por 174 marinos de distintas categorías, hay 22 gallegos. El subteniente Manuel Antonio Leira Varela, Mani, como lo conocen amigos y compañeros, es uno de ellos y ha narrado en respuesta a un cuestionario las rutinas de una misión no solo de lucha, sino también de disuasión, de la piratería en aguas del océano Índico y el golfo de Adén.

Toca diana

Sin trompetas. No es como en las películas. No hay trompetas que toquen diana. Es la megafonía la que pone a andar al personal a las 7 de la mañana: «Diana, diana, arranchado de literas y aseo personal, dotación y fuerza embarcada, buenos días». Así un día, tras otro y otro... Bueno, excepto los domingos. Si se está de guardia, la cantinela se escucha despierto, porque la dotación del Galicia navega en turnos de tres vigilancias de 6 horas cada una, que arrancan a las 8 de la mañana. Si es un día «normal» toca desayuno, horas oficiales de trabajo, que pueden ser mantenimientos, limpiezas, adiestramientos de zafarrancho de combate o situaciones de emergencia... Y dan las 10.30 horas. Llega el bocadillo.

Misa o gimnasio

Tiempo libre. Tras reponer fuerzas, dos opciones: ir a misa -porque el Galicia tiene capilla con la virgen del Carmen, y capellán- o hacer «lo que prefieras». Buena parte de la dotación acaba en el gimnasio, «bastante bien equipado, con cintas de correr, elípticas, bicicletas estáticas, pesas y máquinas de musculación» y otra en las clases de aquellos compañeros que desinteresadamente ofrecen: «inglés, meteorología, entrenamiento físico...» No faltan los campeonatos de juegos de mesa: tute, mus, póker, ping-pong, ajedrez, dominó? «Por supuesto, con trofeos». Hay dos momentos del día que la dotación espera con impaciencia: la comida y la cena. De 13 a 14.30, el almuerzo, y de 19 a 20.30 horas, la otra. Ambas con turnos extensos para que puedan comer con tranquilidad tanto los que entran de vigilancia como los que salen.

Llega el fin de semana

Cine y palomitas si no llueve. «Cuando estás en la mar, los días van pasando y llega un momento en el que llegas a perder la noción del día de la semana en el que vives. Solo te das cuenta de que ya has cumplido una semana más, cuando te despiertas sin haber escuchado la diana. Entonces, descubres que es domingo, el único día de la semana en el que no tenemos esas dos horas de trabajos oficiales». Si la meteorología lo permite, los sábados por la noche, después de la cena, «se organiza un cine al aire libre en la cubierta de vuelo, con las palomitas y el refresco, rodeado de tu familia en la mar, esos compañeros que bajo el cielo de la zona, casi siempre estrellado, comparten contigo esa calma que se respira en alta mar, una calma rota por el audio de la película y, donde la luz del proyector que ilumina la pantalla, compite con la luz de las estrellas».

Tierra o mar

Amarrados por la crisis. En tierra es distinto. Hay guardias, mantenimientos y adiestramientos, pero el barco está dormido. «¿Qué preferimos? Cualquier marino, civil o militar, está hecho para la mar...» Ahora bien, «la actual situación económica, obliga a la mayoría de los barcos, y a sus marinos, a pasar más tiempo amarrados.

La misión

Proteger, vigilar e intimidar. «Nuestra misión es la de hacer presencia naval en la costa de Somalia, proteger a los buques vulnerables. En nuestra rotación tuvimos que escoltar un barco del Programa Mundial de Alimentos desde Yibuti hasta Berbera en el norte de Somalia porque no disponía de equipo de seguridad armado. Estamos intentando comprender el modo de vida de la sociedad somalí, entender qué puede empujarlos a lanzarse al agua y cometer un acto de piratería. Estudiamos sus movimientos, hablamos con ellos a través de los acercamientos amistosos y los enseñamos a luchar contra la piratería, nos ganamos su confianza y creamos un vínculo para hacerles comprender que estamos para ayudarles, que la piratería no es buena y que es importante para ellos y su país mantenerse alejados de este tipo de actividades».

¿Miedo?

Más bien nerviosismo. «Después de haber vivido tantos despliegues en zonas tan conflictivas o más que Somalia, nunca he llegado a verme tan amenazado por la situación o por supuestos enemigos como para sentir miedo, aunque es cierto que hay circunstancias en las que puedes estar más o menos nervioso por la incertidumbre de lo que está sucediendo fuera. Son momentos muy puntuales, en los que hay que desplegar un helicóptero o una embarcación para efectuar una aproximación a costa o a algún barco sospechoso. Situaciones que conoces pero de las que, dado el puesto en el que estás, protegido por las gruesas chapas de hierro del barco, no recibes información de cómo se van desarrollando, y sufres más por ese desconocimiento sobre el estado de los compañeros que han tenido que salir a dar la cara por ti, por España, por gente que ni siquiera conocemos?»

El regreso

Sin altavoces. ¿Ganas de regresar? «Después de tanto tiempo sin estar con tu familia, tus amigos, tu vida? Viviendo las experiencias de tu avatar militar, llega un momento (nada más soltar la primera estacha para salir a la mar) en el que ya estás deseando despertar y volver a estar en casa, tranquilo, sin escuchar los altavoces de la megafonía del barco, sin interminables vigilancias, sin turnos de comida? Aunque al final, cuando llevas tres días en casa, vuelves a echar de menos estar navegando para no tener que ir a la compra, pintar el salón? Es broma. ¡Como en casa en ningún sitio!»