Lluvias torrenciales sobre suelo granítico dificultan la retención de agua en Galicia
SOSTENIBILIDAD
Pese a las fuertes precipitaciones del invierno, la poca capacidad de las presas y las fugas en las redes de abastecimiento no ayudan a mantener las reservas
25 ago 2026 . Actualizado a las 13:26 h.Dicen en MeteoGalicia que uno de los grandes hits del refranero popular, «abril, augas mil», nunca fue muy apropiado para Galicia. Estaba más pensado para Castilla o Aragón. Pues ahora aún lo es menos. Porque, como explican fuentes de este organismo público, la tendencia «estadísticamente significativa» de los últimos años apunta a un cambio en el modo de llover. Cae mucha agua, pero concentrada en muy poco tiempo, no espaciada a lo largo de los días como solía ocurrir. Se ha visto claramente este año: «Hemos tenido un enero y febrero extremadamente lluvioso. Después, salvo el mes de mayo que fue normal, apenas ha llovido y ahora, a finales de agosto, llega una borrasca que también dejará lluvias intensas en la comunidad», explican. Este cambio de tendencia es uno de los hilos que, al irse hilvanando con la geología gallega, la morfología de terreno, los usos del territorio y las pérdidas de caudal registradas en las infraestructuras de abastecimiento de los distintos ayuntamientos, teje la respuesta a la pregunta de por qué hay sequía en Galicia cuando ha llovido tanto en un invierno que llegó únicamente hasta febrero.
La infraestructura
Un laberinto de redes diferentes que atienden a una población dispersa. La primera hebra de la trama que explica qué ocurre hay que buscarla en el modelo de abastecimiento. Embalses y ríos son las principales fuentes de las que procede el agua que, tras pasar por las plantas de tratamiento para ser purificada, se distribuye a través de kilómetros de redes municipales hasta llegar a las casas, las empresas y los servicios públicos. Luego están los pozos tradicionales, los de barrena y las traídas vecinales —muchas todavía sin legalizar— que aún abastecen muchos núcleos rurales. Pero los ríos en Galicia son cortos. Y los embalses pequeños. Tienen una capacidad que ronda los 22 hectómetros cúbicos, como el de Cecebre, de donde bebe A Coruña; o el de Eiras, que surte con la ayuda del de Zamáns a Vigo. Y al haber pasado meses sin llover lo suficiente, su capacidad de reabastecimiento se ha visto mermada. Por no hablar de que las altas temperaturas, como explica el profesor de la Escola Politécnica de Enxeñería del Campus Terra en la USC en Lugo, Jorge Dafonte, «contribúen a ter unhas altas taxas de evaporación na auga almacenada na superficie e no solo».
La geología
Un subsuelo granítico con escasa capacidad de meteorización. Está claro que el agua de lluvia que no logran retener los embalses ni los ríos va al suelo. Por eso, las características geológicas de la parte del oeste peninsular sobre la que se levanta Galicia son la verdadera urdimbre sobre la que se va confeccionando la respuesta a por qué hay sequía en un lugar que solía compararse con Vancouver. Esta ciudad de la Columbia Británica comparte, o compartía, con Galicia el clima oceánico y la humedad perenne que alimenta los musgos que, salvando las distancias, acercan las Fragas do Eume al Olympic Park, en el cercano estado de Washington.
En el gran peso que tiene la geología a la hora de explicar qué está pasando coinciden tanto Jorge Dafonte como el doctor en Geología y miembro de la junta directiva del Colegio de Geólogos y de la Federación Europea de Geólogos, Pablo Núñez. Porque las rocas plutónicas (granito) y metamórficas (esquistos, gneises y pizarras) que forman entre el 90 y el 95 % del sustrato gallego tienen una escasa capacidad de meteorización. Pero cuando la roca sana se altera, se produce una capa de suelo arenoso, conocida como xabre, con capacidad para almacenar agua. Lo que ocurre es que esa franja suele tener un escaso espesor. Varía en función de la zona porque la meteorización de la roca no se produce de un modo homogéneo. Por eso, como dicen, puede hallarse agua en un pozo, pero no en otro ubicado a tan solo unos metros de distancia. El espesor del xabre —puede variar entre los 3 y 4 metros de profundidad— limita, como coinciden ambos expertos, la capacidad del suelo para retener el agua de lluvia que cae ahora en tromba.
Y la que no logra retener el xabre se filtra por las fisuras que tiene la roca. Mientras los pozos tradicionales tienen escasa profundidad y sacan agua de esa capa arenosa —resulta fácil que estos se agoten cuando no llueve durante dos o tres meses—, los de barrena bajan más. Entre los 70 y 100 metros de profundidad.
Los fallos en la red
Más del 18 % del agua suministrada se pierde por el camino. Las deficiencias en las redes de abastecimiento municipal de agua son otros de los hilos que confeccionan la respuesta a la incógnita de a dónde va el agua que ha caído. Aunque se lleva años insistiendo en que es necesario reparar y hacer el mantenimiento de este tipo de infraestructuras —Augas de Galicia financia auditorías para localizar dónde falla la red— todavía se pierde por fugas y averías en la red en torno al 18 % del agua suministrada, según los porcentajes que maneja el Instituto Nacional de Estadística (INE) con datos del 2024.
Los usos del territorio
De las praderías a las plantaciones de eucalipto. Aunque pueda parecer que es un mimbre más ligero en esta ecuación, la ordenación de usos del territorio cuenta, y mucho, cuando se habla de cuidar y racionalizar un recurso como el agua. La orografía en pendiente favorece la escorrentía y, por eso, plantar especies capaces de evitarla no es asunto baladí. Y no todas las plantas o árboles tienen la misma capacidad de extracción de agua del subsuelo. En este sentido, Jorge Dafonte indica que una pradería típica la mayor parte de agua extraída procede de los 20 primeros centímetros superficiales, mientras que un eucalipto puede extraer agua a mucha mayor profundidad.
Las alternativas
De nuevos embalses a las aguas subterráneas. Estudiar la opción de construir nuevos embalses o ampliar los existentes es solo una alternativa de cara a garantizar el abastecimiento de agua. Para algunos expertos como Jorge Dafonte, construir más «es la última opción». Aboga por cuantificar las fugas de la red, usar agua regenerada para usos como baldear calles y, como dice también Pablo Núñez, hacer un estudio serio de las aguas subterráneas. Ahí está la clave.
