La crisis nos instaló en la cordura

El derroche de los años de la burbuja inmobiliaria ha dado paso a la racionalidad: la apuesta por valores seguros como la educación. La conciencia sostenible y lo digital han modulado el gasto de las familias


Redacción / La Voz

El 23 de junio del 2008, el entonces presidente del Gobierno, que acababa de revalidar un cargo para el que empezaba a dar muestras de agotamiento, cambiaba la palabra desaceleración, el eufemismo del momento, por crisis. Y aprovechó tal coyuntura para exigir austeridad. Primero, a los altos cargos dependientes de la Administración y, después, con la boca pequeña, a aquellos ciudadanos que le habían permitido continuar en la Moncloa. Contener el gasto. Ir con el freno de mano puesto a la peluquería, al concesionario, a la pescadería o al último restaurante de moda iba a ser tarea complicada. No llevaban los españoles viviendo años de vino y rosas para, de golpe y porrazo, dar al traste con el estatus alcanzado. Muchos no necesitaron seguir las plegarias de Rodríguez Zapatero; el cierre de sus negocios o la carta de despido encima de la mesa obligaron a un reajuste de la economía familiar en el que los lujos tenían poca o ninguna cabida. Otros, los más afortunados, le vieron las orejas al lobo y asumieron que la época de vacas gordas no iba a durar para siempre.

Esta idea caló tan hondo que, con una situación financiera en términos generales mucho más saneada, los españoles nunca volvieron a derrochar. Al menos no como antes. Tampoco los gallegos. A tenor de lo que revelan los últimos datos sobre consumo del Instituto Galego de Estatística (IGE), en la esquina noroeste peninsular el gasto ha mutado. Y mucho. Comparando el porcentaje de variación entre el consumo del 2008 y el del 2017, se percibe el cambio. El desembolso en educación aumenta considerablemente, al igual que la inversión en salud y vivienda. En menor proporción que aquel annus horribilis apostamos ahora por la decoración del hogar, la ropa y el calzado, o el ocio y la cultura. Los expertos dicen que la crisis nos ha vuelto racionales y austeros. Ahora, dudan sobre si esta cordura no será más que un espejismo. 

El conocimiento es poder

Apoya la teoría de que los jóvenes cometerán los errores de antaño el confort económico en el que han pasado su adolescencia. La desmorona su acusada conciencia medioambiental y la órbita online, que se cuela en cada actividad económica, social y cultural. «Nuestra forma de gastar está completamente condicionada por la crisis, somos consumidores más racionales e informados. Pero gracias al smartphone estamos 24 horas conectados y esto nos permite tener conocimiento de todo permanentemente. Ahora sabemos muy bien qué es lo que queremos, dónde queremos comprarlo y cuánto queremos pagar por ello». Con estas palabras, Liliana Marsán, responsable del Observatorio Cetelem España, que año a año analiza el comportamiento de gasto de los españoles, incide en que ahora los consumidores se piensan más de dos y de tres veces una compra. Así lo demuestra también el estudio del 2018 del que es coordinadora: compramos en Internet, sobre todo música, libros y moda pero, eso sí, con grandes dosis de conciencia. El pasado año ascendió a un 22 % el número de encuestados que aseguró tener en cuenta siempre o casi siempre la sostenibilidad a la hora de obtener un bien.

Esta adquisición de hábitos de consumo responsables la percibe también Matilde Massó, experta en Sociología Económica y profesora en el grado de Socioloxía de la UdC, que liga los últimos coletazos de la recesión y el estallido de las redes sociales a esta nueva actitud a la hora de comprar. «Los estudios cualitativos y cuantitativos demuestran que la crisis modificó nuestras pautas de consumo y ahora el patrón que domina es el de la austeridad». Añade la experta que «ha disminuido el gasto en cuestiones superfluas, pese a que lo que es accesorio y lo que no lo es depende del grupo al que pertenezca cada uno. Pero el hecho de desembolsar más dinero en educación denota que hemos aprendido la lección y que ahora nos preocupamos más por valores seguros dado que, por la experiencia, sabemos que el escenario económico futuro es incierto a largo plazo». 

Más vías, pero no más gasto

La palabra racional se cuela cada escasos segundos en el discurso de Massó. Una de esas veces vincula el término a la falta de fidelidad que hemos desarrollado los consumidores de un tiempo a esta parte. «Antes comprábamos más porque sí, pensando con menos criterio; ahora que seguimos un criterio más racional comparamos más marcas y buscamos en Internet, donde podemos ver las opiniones de otros usuarios». Es decir, el ciudadano medio español ha evolucionado de un consumidor zombi a lo que los expertos llaman, y menciona precisamente esta socióloga, un prosumidor -híbrido que surge de la unión de los términos productor y consumidor-, porque ahora el consumidor, de una manera u otra, forma parte activa del proceso de compra digital. Respecto a este tipo de operaciones, Marsán indica que es una realidad que «el porcentaje de compradores en Internet crece en todos los productos analizados». No obstante, esto no quiere decir que despilfarremos más. De hecho, «los españoles gastan en sus compras online una media de 1.903 euros, lo que supone un ligero descenso del 3 % respecto al dinero destinado en el 2017», puntualiza esta experta en márketing.

Pese a la infoxicación ingente a la que están sometidos los internautas -o lo que es lo mismo, el grueso de la población-, Massó vuelve a incluir sustantivos de calado semántico para acentuar sus ideas. «Hemos desarrollado el sentido del sacrificio, por eso se puede extender al ámbito online nuestro comportamiento en la vida real. Igual que ahora estamos más preocupados por asegurar el futuro laboral de nuestros hijos y no nos lanzamos tanto a lo banal, las compras en Internet aumentan pero el gasto total no. Ni entre la generación X (que ronda los 45 años), el grupo que más gasta a través de este canal, ni entre la generación Z (alrededor de 18 años), que hacen muchas compras por Internet pero low cost». Tanto es así que mantiene que «las compras compulsivas por Internet son las menos; no es la pauta habitual».

De este modo, se vuelve a poner el foco en el comercio tradicional, aquel en el que buena parte de los gallegos lucía tarjeta sin pudor. Según la opinión de Marsán, seguirá siendo el rey del mercado, por muy recatados que se hayan vuelto los clientes. «En general, los consumidores apuestan por la dualidad entre el canal físico y el online, pero incluso los millennials prefieren las tiendas físicas». Massó es más cauta: «De cómo se den las cosas dependerá el contexto económico. Y todavía estamos levantando la cabeza».

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