La velutina obliga a un apicultor de Salceda a mudar cien colmenas a Lugo
GANADERÍA
Joseba Aramburu ha dejado vacíos sus colmenares de Salceda, O Porriño y Salvaterra, recorre cada semana hasta 150 kilómetros para atender las abejas y prevé traerlas en enero antes de volver a trasladarlas si los ataques se repiten en primavera
03 oct 2026 . Actualizado a las 12:32 h.Los colmenares de Joseba Aramburu siguen en Salceda, O Porriño y Salvaterra, pero en ellos ya no queda una sola abeja. Entre mayo y junio cargó en un remolque las cerca de cien colmenas que conservaba y se las llevó al entorno de Chantada. No buscaba una floración mejor ni intentaba salvar una cosecha que ya sabe que este año será menor. Quería salvar a las abejas. «Te las llevas para salvarlas a ellas», explica. Hasta entonces las tenía a dos kilómetros de casa. Ahora están a entre 120 y 150.
El año pasado ya había comprobado qué podía ocurrir si se quedaban. Aramburu, que llegó a tener casi 300 colmenas, perdió alrededor de un centenar. Trasladó aproximadamente la mitad al interior y trató de mantener las restantes aquí protegidas con arpas contra la velutina. Las primeras pasaron mucho mejor el invierno. De las que dejó, «la mayoría al final acabaron muriéndome». Este año no quiso repetir el experimento: se las llevó todas. No fue una decisión tomada de un día para otro. Hace tres años empezó a mover parte de las colmenas cuando comprobó que, al llegar la época del castaño, la presión de la avispa asiática podía bloquearlas por completo. Hasta entonces nunca había practicado trashumancia. «Yo antes no movía las colmenas. Las tenía siempre aquí fijas». La velutina cambió también eso.
Este año, además, se adelantó. En abril ya veía reinas en los colmenares, algo que asegura que nunca había observado tan pronto, y en mayo sufría una presión que habitualmente llegaba en junio. «Si yo ahora mismo pongo cinco colmenas en cualquiera de mis colmenares de aquí, de la zona de Salceda, no me queda ninguna», afirma.
La diferencia con el interior está sobre todo en el calendario. Aramburu explica que allí el frío retrasa la actividad de la velutina y reduce el período durante el que ejerce presión sobre las colmenas. La avispa también llega a la zona de Chantada, pero más tarde y con mucha menos intensidad. Eso da a las abejas unas semanas decisivas para desarrollarse y llegar más fuertes al invierno.
Mover cien colmenas tampoco es sencillo. En el remolque caben entre 30 y 45, dependiendo de su peso. Hay que cargarlas, llevarlas al interior y regresar después cada semana para revisar su estado, aplicar los tratamientos necesarios y controlar también allí la presencia de velutina. Aramburu no ha querido calcular la factura completa. Dos viajes de ida y vuelta consumen aproximadamente un depósito de combustible y, cuando circula con el remolque cargado, prácticamente gasta uno en un solo desplazamiento.
A ese coste se suma el tiempo. Antes podía acercarse a las colmenas en pocos minutos. Ahora necesita recorrer entre 120 y 150 kilómetros para llegar hasta ellas. Y si consigue cumplir su objetivo de duplicar las que conserva y alcanzar al menos las 200 el próximo año, tendrá que afrontar el mismo problema con el doble de cajas. Dentro de unos meses hará el camino contrario. Su intención es traerlas de vuelta en enero. Explica que el clima más suave de esta zona permite que las colonias comiencen antes su actividad y lleguen mejor preparadas a las floraciones. Además, volverá a tenerlas junto a casa. Pero, si la situación no cambia, en mayo o junio tendrá que cargarlas de nuevo y regresar con ellas al interior. Es el tercer año que recurre a estos traslados, pero el primero en que ha tenido que llevárselas todas.
Mientras sus colmenares permanecen vacíos, Aramburu sigue buscando nidos de velutina. Solo este verano localizó más de treinta en dos meses y en un radio aproximado de un kilómetro alrededor de su casa. Se le ha hecho el ojo: camina o conduce mirando las copas de los árboles hasta que algo extraño entre las ramas le obliga a detenerse. Después comunica su localización para que puedan ser retirados.
Encontrarlos no siempre es fácil. Algunos quedan ocultos entre la vegetación o solo se distinguen desde lejos. Cuando habló con este periódico todavía tenía dos pendientes de retirada porque era capaz de divisarlos a distancia, pero no de precisar su posición al acercarse hasta el punto desde el que tenían que actuar los operarios. «El tiempo que nos pasamos los apicultores por culpa de la velutina es muchísimo».
El daño tampoco acaba cuando muere una colonia. Hay que limpiar los cuadros, retirar la cera y preparar de nuevo las cajas. Los enjambres que podría vender tiene que utilizarlos para reponer sus propias bajas. A ello añade trampas, combustible y horas de trabajo que antes no necesitaba dedicar a proteger las abejas de una especie invasora.
También habrá menos miel. Aramburu calcula que necesitaría producir unos 3.000 kilos y este año espera obtener entre 1.000 y 2.000. Estima una caída de alrededor del 50 %, aunque advierte de que la velutina no es la única causa: tampoco fueron buenas sus floraciones de eucalipto y castaño. «Ahora mismo yo por lo menos no tengo viabilidad de poder vivir de las abejas». Pese a ello, pretende duplicar las que conserva y alcanzar al menos las 200 el próximo año. «Con 100 colmenas no te da para vivir».
La paradoja es que sus mieles siguen acumulando reconocimientos. Este año obtuvo un oro en los Paris Honey Awards por su milflores, después de haber sido premiado también en los London Honey Awards y en el certamen Mieladictos por la miel de castaño.
Aramburu fue jugador profesional de baloncesto y hoy está al frente de Abella Leda, proyecto que comparte con Elena, su mujer. Las abejas aparecieron en su vida casi por casualidad, con motivo de su boda en el 2010. La familia de Elena, vinculada a Salceda, tenía fincas y un tío conservaba allí unas pocas colmenas. Decidieron regalar aquella miel a los invitados y Joseba ayudó a recogerla. «Me gustó, me empezaron a enseñar un poco y desde aquellas me empezó a picar un poco la curiosidad».
Su carrera deportiva todavía lo llevó durante años de una ciudad a otra y durante seis temporadas vivieron en Francia. Cuando regresaron y terminó su etapa como jugador, Elena le propuso tener unas colmenas para producir miel en casa. Joseba empezó a conocer a otros apicultores, entró en el sector y aquella afición terminó convirtiéndose en su profesión. De unas pocas cajas llegó a rozar las 300 colmenas. Ahora conserva alrededor de cien y ninguna está donde empezó el proyecto. Después de años cambiando de ciudad por el baloncesto, Joseba Aramburu terminó estableciéndose en Salceda. Allí convirtió unas pocas colmenas en su oficio y llegó a tener las abejas a solo dos kilómetros de casa. Ahora él se queda. Las que tienen que viajar para sobrevivir son ellas.
