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Tarjetas bancarias, instrumentos y cremas salvan del fuego a la madera

María Cedrón REDACCIÓN

FORESTAL

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Empresas europeas dan nuevos usos a las frondosas de menor calidad

11 mar 2024 . Actualizado a las 09:52 h.

Cuando Hans Christian Andersen escribió el cuento del patito feo, bien podría haber pensado en un árbol en lugar de una cría de cisne como metáfora de la moraleja que encierra la historia: no se debe juzgar a nadie ni a nada por su apariencia. En concreto, podría haber puesto el ojo en una de tantas frondosas que crecen en los bosques gallegos y cuya madera acaba convertida en leña al no tener calidad suficiente para dedicarla a otros usos tradicionales. Porque al igual que el pequeño patito acabó convertido en cisne al crecer, con el tratamiento adecuado esa madera puede convertirse en una tarjeta de crédito, una espinillera para proteger a los jugadores de deportes de contacto, cepillos de dientes, un material natural con las características que requieren los instrumentos musicales de alta calidad e incluso aportar su granito de arena a la producción de cosméticos de alta gama. Los orientales se vuelven locos con el «nuevo retinol»: la savia de abedul.

Todo eso lo están haciendo ya en países como Suiza o Letonia empresas como Swiss Wood Solutions, una incubadora de empresas y tecnología para productos sostenibles a base de madera, o Latvijia Fitneries, líder mundial en soluciones de productos basadas en madera de abedul. Y lo contaron hace unos días en el Encuentro Internacional As frondosas autóctonas: A resiliencia do sector forestal?, organizado en Lugo por la Axencia Galega da Industria Forestal (XERA) y Resilient Forest for Society (Resonate).

Desde Swiss Wood, por ejemplo, ayudan a la preservación de poblaciones de árboles nativos buscando soluciones innovadoras como Sonowood. Este material es madera prensada de frondosas locales procedentes de silvicultura sostenible con unas propiedades físico-mecánicas iguales o mejores que las de la madera tropical que suele usarse para confeccionar instrumentos de cuerda como el violín o el chelo. En Galicia, el luthier José Catoira ya la utiliza: «Nos salva el trabajo porque el acceso a maderas tropicales como el ébano cada vez es más complicado. Pero es que además haces un pedido, llega y ya puedes empezar a hacer el instrumento. El ébano, lo compras, pero luego lo tienes que almacenar varios años para ver cómo se comporta porque es una madera impredecible. Puede salir rebelde y, a veces, después de cepillar un taco que ha costado unos 150 euros, no valer porque ha empezado a retorcerse. Pierdes el dinero, el tiempo de espera y también el trabajo».

¿Por qué entonces no buscar soluciones como esta para la madera de frondosas de menor calidad que sale de los bosques gallegos? «Tenemos la madera porque hay mucha de calidades B y C que no se sabe qué hacer con ella, pero faltan empresas que hagan desarrollos de este tipo a escala industrial», indica Catoira. Porque opciones hay muchas.

Esa materia prima podría usarse también, por ejemplo, para fabricar tarjetas de crédito que sustituyan a las de plástico como las desarrolladas por la compañía suiza a través de Copecto, que nació en mayo del año pasado en Alemania de la cooperación entre Swiss Wood Solutions AG y DG Nexolution eG. Unas 10.000 tarjetas Visa y Máster Card estaban probándose a finales del año pasado en una treintena de proyectos piloto.

No son pocas tampoco las alternativas que se abren para el abedul. En Latvijia Fitneries han exprimido al máximo las opciones de esta especie y de su betulina. Es el extracto que tiñe de blanco su corteza y que es fuente de múltiples propiedades antibacterianas y regeneradoras de células. De ahí su potencial en cosmética. Pero tiene muchos más.