La eterna zona cero renace de sus cenizas

Desde la oleada de incendios del 2017, en Padróns se han plantado miles de árboles y creado dos ganaderías de vaca cachena y cabra autóctona. El movimiento comunal y social salió fortalecido


PADRÓNS / LA VOZ

Olga Rodríguez dejó la ciudad por el rural; la moda y sus trapitos por el abono y la azada; o su elegante coche urbano por un todoterreno añejo y polvoriento. Ella y su familia emprendieron una nueva vida al comprar una casa e instalarse en Padróns. «Era un sueño que, gracias a mi marido, se cumplió. Lo que vino después, presidir a los comuneros, nunca lo imaginé», confiesa tras 18 años en el cargo. Olga, en la distancia corta, evidencia las causas de un mandato tan largo a poco que se explique. En la Xunta, concretamente en la Consellería de Medio Rural, y más concretamente en el Distrito Forestal 17, lo saben bien. Ellos, mejor que nadie, para explicar por qué Olga y los suyos acaban sacando proyectos adelante. Sobre todo desde los grandes incendios de octubre del 2017.

«Aquella pesadilla, aquí, empezó la noche anterior que en Vigo, luego vieron siete u ocho focos más, fue imposible controlarlo», recuerda al volante del cuatro por cuatro subiendo el alto de O Galleiro. «Las llamas, en esta misma pista, subían 20 metros por cada lado, fue una pesadilla». El negro balance no dejó apenas verde en las 900 hectáreas de monte que gestionan los 218 comuneros de Padróns. «Fue muy duro, pero no más que otras veces. Hay que recordar que Padróns arde en su totalidad cada diez años, a mayores de otros incendios cada verano. Pero lo del 2017 hizo que nos planteásemos algo nuevo. Todo se traduce en trabajo por nuestra parte y en ser muy pesados con las Administraciones a para que apoyen nuestros proyectos».

El trabajo es perenne, se organizan grupos de trabajo vecinal con más de 200 personas que, al menos, se juntan los últimos domingos de cada mes para trabajar por grupos y zonas. Ya en verano, temporada de alertas, se organizan cuadrillas para vigilar los montes de noche y de día por los incendios. «Incluso tenemos una vieja torreta de vigía en lo alto del monte para controlarlo todo», explica Olga ya llegando al puesto de avistamiento. Se ubica a 800 metros de altura sobre el nivel de mar y a pocos metros de otro alto, el de O Marco, punto de encuentro de los ayuntamientos de Ponteareas, Mos y Pazos de Borbén. Allí arriba pasta la primera de las grandes iniciativas. Una explotación de baca cachena que, junto a otra de cabra autóctona, suponen las dos las joyas de la corona para recuperar la presencia animal y humana a pie de monte.

Los proyectos se financiaron con la ayuda de una importante entidad bancaria que, a mayores, desplazó a cerca de 200 empleados que, voluntariamente, también se remangaron para ayudar en una jornada de trabajo centrada en la retira de eucalipto. Pero la gran batalla, que nunca se logró ganar, se libra en la vaguada central de los montes de Padróns. «Es un gran cañón de fuego por el que nunca se sabe qué dirección cogerán las llamas», enfatiza Olga antes de revelar sus armas: «Se retiró toda la madera quemada y se plantaron 105.000 abedules. Son 83 hectáreas que nunca estuvieron así, esperemos a ver qué pasa cuando llegue el fuego». 

Cortafuegos

Frente al alto de O Galleiro se ubican las otras cabezas de ganado, cabra autóctona repartida en 11 hectáreas de terreno. Otra señal de vida perdida hace demasiados años en este balcón a la ría de Vigo. Los cortafuegos son otra pieza estratégica para minimizar al enemigo. «Robles, castaños, todo autóctono, para crear esa masa forestal que frene las llamas y que crezca sobre todo lo desbrozado». A mayores, plantaciones de eucalipto para vender su madera. Eso sí, no a cualquier precio: «Solo en zonas muy concretas para sacar ese dinero necesario y nada más. Bueno, esa es la idea... el gran problema es que el eucalipto está naciendo de forma descontrolada desde los incendios del 2017. La Xunta nos ayuda a retirar algo si presentamos proyectos de zonas concretas, pero es insuficiente», añade Olga antes de confesar que, en este caso concreto, las únicas herramientas de las que disponen son sus manos.

Pero si algo subraya esta urbanita, reciclada a comunera, es que lo mejor en estos tres años, sin duda, ha sido el compromiso de muchos vecinos y vecinas jóvenes en los que confía para que Padróns siga presumiendo de monte cuando el equipo de Olga y ella misma cedan el testigo.

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