De las «casas con fume» a las varas, así se reparten los beneficios del monte de uso común

La superficie forestal gallega está repartida entre 450.000 propietarios particulares, 2.994 comunidades de montes en man común, 27 montes de varas y 132 de propiedad pública. Las fórmulas de reparto de rentas generadas son muy diferentes.

Imagen del monte comunal de Carballo, en Friol, donde los porcos celtas limpian el suelo
Imagen del monte comunal de Carballo, en Friol, donde los porcos celtas limpian el suelo

redacción

¿Conocen la vieja teoría de Kevin Bacon? Dice que todos podemos llegar a estar conectados con cualquier otra persona del planeta en seis pasos. También, por supuesto, con el actor norteamericano. Verdadera o no, podría usarse para explicar la relación de los gallegos con el monte. Hagan la prueba. Puede que descubran su conexión con una parte de nuestro pulmón verde mucho antes de agotar esa media docena de pasos de los que habla la teoría. Y probablemente buscando en el desván encuentren algún legajo o manuscrito que de fe de los derechos de alguno de sus antepasados sobre alguna finca. Porque buena parte del desorden que reina aún el monte gallego se debe a manuscritos perdidos o de herederos que no han acudido al notario para actualizar la titularidad de las fincas.

No debería de extrañarles hallar esa relación con el monte porque la superficie forestal de Galicia está dividida entre más de 450.000 propietarios particulares, 2.994 comunidades de montes vecinales en man común y unos 27 montes de varas registrados. Solo 132 montes son de propiedad pública. Pero igual de plural que es la propiedad de esta parte del territorio en Galicia, también lo es su gestión y, como consecuencia, el modo de repartir los beneficios que genera entre unos dueños que, en un 80 % de los casos según los datos de la Asociación Forestal de Galicia, no tienen relación profesional con las actividades agrícolas. Algunas de las normas de reparto actuales proceden de otras de hace años, cuando los gallegos que vivían en las áreas rurales gozaban de una auténtica simbiosis con esos espacios.

Por eso ahora no es lo mismo tener derechos sobre un monte vecinal en man común que sobre un monte de varas (llamados además abertales, de fabeo o de voces). Esta última, por ejemplo, es una figura que sobrevive fundamentalmente en la montaña lucense y que ahora Medio Rural pretende regular con un registro público que constate los que quedan realmente a lo largo de todo el territorio.

«Os montes veciñais en man común _explica el catedrático de la Universidade de Santiago Antonio Rigueiro_ teñen unha orixe xermánica. Eran propiedade da parroquia ou do lugar e os beneficios do seu aproveitamento repártense de xeito equitativo entre os veciños». La cuestión es que para tener derecho a esa proporción de beneficios, añade, «o comuneiro ten que ter unha casa con fume na devandita parroquia». Y recuerda, además, que estos montes son «indivisibles, inalienables, inembargables e imprescriptibles». De ahí que la despoblación del rural reduzca el círculo de propietarios con derechos. Porque no vale tener una casa en el pueblo, hay que vivir en ella. «Ten que ter fume», recalca. «Teño ido a algunha reunión dunha comunidad de montes en man común e había moitos máis comuneiros que xente que vivía alí. Claro estaban veciños que non podían porque vivían en Barcelona...», explica un agente forestal de la zona de la montaña lucense. Porque la cuestión es que el derecho sobre el monte vecinal en man común no se hereda, pero puede adquirirse cuando alguien se traslada a vivir al lugar.

Quien emigra pierde derechos, quien regresa los gana

De igual modo que quien se traslade a la zona de la que depende el monte tiene unos derechos, también ha de cumplir con las obligaciones que implica pertenecer a la comunidad. La principal: Reinvertir en él al menos el 40 % de los ingresos generados por la explotación de ese territorio. Aunque los estatutos de las comunidades vecinales de montes podrán fijar una cuota anual de reinversiones superior.

El problema en Galicia, como muestran los datos del Anuario de Estadística Forestal de Galicia 2018, es que un 59,79 % de las comunidades no cumplen con sus obligaciones administrativas. La razón fundamental es que no han comunicado la reinversión que tienen que realizar en base a lo que marca la ley.

Esta fórmula de reparto poco tiene que ver con los montes de varas (también conocidos como de voces, abertales o de fabeo) a los que quiere poner orden la Xunta. Porque estos son una propiedad privada de uso colectivo. «Esta é outro tipo de propiedade colectiva, pero o beneficio non se divide de igual xeito, depende de cantas varas ten cada propietario, que ao contrario do que pasa co monte veciñal en man común non ten por qué ter no lugar unha casa con fume».

Este modelo, explica el catedrático, procede de la época de la redención de los foros, cuando cada agricultor pagaba un canon en función de su propiedad. «Tiveron moita importancia no pasado. Eran onde se collía o esquilmo para o gando, un lugar de pastoreo, roturábase para botar o cereal e foron un banco cando se cortaba a madeira», explica Rigueiro. Los que tiene registrados la Xunta no llegan a la treintena, pero podrían quedar más. Normalmente con aquellos que tienen parcelas estrechas y largas. Hay muchos propietarios de varas que no saben ni que tienen derechos sobre ellos. Un consejo: rebusquen legajos en su desván.

La rentabilidad a corto plazo prima el cultivo de eucalipto frente a las frondosas

maria cedron

La alta demanda industrial anima a los productores a elegir esa especie a la hora de realizar plantaciones. Desde la Asociación Forestal de Galicia creen que la reorientación de las subvenciones forestales puede favorecer que los dueños de fincas den el paso para iniciar cultivos ordenados de castaño, cerezo o abedul que acaben atrayendo a la industria transformadora

«Cando o monte non da cartos, acaba abandonándose». La frase la pronunció hace tiempo el propietario de varias hectáreas de terreno plantadas con eucalipto desde hace años en A Mariña lucense. Aunque contundente, responde a una realidad que explica por qué en el año 2015, según los datos de la Asociación Forestal de Galicia (AFG), el 67 % de las árboles que se plantaron en Galicia fueron eucaliptos, un porcentaje que dista del 29 % de especies de coníferas o el tímido 4 % de frondosas. En base a esos datos, parece claro que la mayoría de los 453.204 propietarios que se reparten la superficie forestal en Galicia _450.000 son particulares, de los que 375.000 no tienen ningún vínculo con la actividad agraria_  parece que continúan prefiriendo plantar eucaliptos o pinos a las frondosas.

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