Muy pocos pueden presumir de tener un vino con la máxima puntuación o de ser los mejores en prestigiosos concursos y publicaciones especializadas; en Galicia hay nombres como Rafa Palacios, José Luis Mateo, Rodrigo Méndez, Pedro Rodríguez y Javier González que pueden hacerlo
15 dic 2025 . Actualizado a las 10:30 h.No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Elegir a los mejores vinos gallegos no es tarea sencilla. Porque hace ya tiempo que, desde esta pequeña esquina del mundo, se ha logrado conquistar a los jurados de los más prestigiosos concursos internacionales y a reconocidos periodistas especializados. Así que no es extraño encontrar una elaboración gallega entre los mejores vinos del mundo. Pero hay gestas que solo algunos han logrado, como los cien puntos Parker, que otorga la prestigiosa revista The Wine Advocate, que en su día puso en marcha el periodista Robert Parker, o conseguir otros cien en la Guía Peñín. En eso, y en unas trayectorias llenas de reconocimiento, se basa esta selección. Rafa Palacios, Rodrigo Méndez, José Luis Mateo, Pedro Rodríguez y Javier González tienen mucho en común. Pero, sobre todo, les une la pasión por su trabajo y por la tierra y las viñas de las que salen sus elaboraciones.
«Mucho trabajo y pasión». Esa es, según Rafa Palacios, la receta de su éxito. Llegó a Valdeorras hace más de veinte años y aquí se ha quedado desde entonces. Tenía claro que quería «hacer algo importante» y lo consiguió. Decidió buscar la forma de elaborar el mejor blanco y, en lugar de fijarse en las innovaciones tecnológicas, apostó por la viticultura. «Escapamos de la tecnología porque si queríamos llegar a la excelencia, la materia prima era la base», asegura. Una premisa que hoy mantiene. «Las buenas bodegas saben que la excelencia te la da ese trabajo en viticultura», cuenta.
Ese es, en su opinión, el secreto de sus cien puntos Parker, que ha logrado con el vino Sorte O Soro. «En Valdeorras descubrí el calor del verano en Ourense y decidí buscar las zonas más altas. Así encontré O Bolo y las zonas más altas de Santa Cruz», explica. Un día se fijó en una parcela «y tuve un presentimiento. Ahí se tenían que hacer grandes vinos sí o sí. Por su orientación, por su altitud, por la edad de los viñedos», cuenta. Tardó ocho años en recuperar ese viñedo y, en el 2011, salió la primera añada. «Desde entonces ha sido uno de los vinos más destacados de la bodega», apunta. Esos viñedos con mucha altura, pero bien orientados, permiten que la uva madure bien, manteniendo su frescura. «Es un vino de contrastes, como muy bien lo describió Peñín, ‘puño de acero en guante de terciopelo’», relata.
Palacios tiene claro que el secreto de su éxito está en el viñedo. «Cuando llegué a Galicia, el viñedo no se visitaba. Iba el enólogo a dar una vuelta para ver la maduración. Yo siempre evalúo parcela a parcela para conocerlas y ver su evolución. Eso me ha permitido hacer un seguimiento y destacar lo excelente», afirma. De su As Sortes elabora al año entre 15.000 y 20.000 botellas. De O Soro solo hay 2.000, que se cotizan entre los segmentos más elevados. No es fácil situar un blanco español entre los mejores del mundo, explica, «porque el mercado está demasiado jerarquizado por Francia y Alemania», indica. Por eso, muestra su orgullo por haber sido capaz de haber situado un blanco gallego ahí, entre los mejores. Y alega que Galicia tiene tres características fundamentales para elaborar grandes vinos: viñedos con historia, clima, y, sobre todo, diversidad de suelos. «Hoy en día se busca que el vino cuente algo en el final de la boca y eso solo te lo da un buen suelo», afirma.
O Raio da vella de rías baixas
Los mismos cien puntos que la Guía Peñín otorgó al Sorte O Soro de Palacios se los dio a O Raio da Vella, un albariño de Rías Baixas que elabora la bodega Forjas do Salnés. Y si de algo está orgulloso su propietario, Rodrigo Méndez, es del viñedo del que salió ese vino. «Plantamos esa viña no ano 2011. Fixémola da nada. Seleccionamos a parcela, o clon axeitado para ese tipo de chan..., e agora eses cen puntos son o recoñecemento a un traballo de moitos anos», cuenta. En su opinión, el mundo del vino «só se pode entender a longo prazo» y las guías y reconocimientos llegan a aquellos proyectos que perduran, a vinos que soportan perfectamente el paso del tiempo en botella. En esos proyectos, añade, es en los que los críticos ponen el ojo.
Méndez sostiene que con sus elaboraciones no trata de innovar, trata «de recuperar a tradición que había na zona». Su bodega está enclavada en pleno valle de O Salnés, de la denominación de origen Rías Baixas. Él prefiere trabajar con madera, sin control de temperatura y vinificando cada parcela por separado. «Temos 25 etiquetas diferentes e cada unha ten a súa parcela», añade. Quizás ese sea el secreto de que su proyecto, desde el principio, obtuviera muy buenas puntuaciones. «Finca Genoveva conseguiu 98 puntos Parker, foi o segundo viño mellor puntuado de Galicia, e James Suckling situouno entre os catro primeiros de España e os vinte mellores do mundo», explica. E insiste en que «esta xente cre en proxectos a longo prazo e en que un viño se abra dentro duns anos e estea igual de bo».
Llegar a lo más alto no es sencillo, explica Méndez, pero tampoco mantenerse. Supone presión, «pero nós sempre estamos cambiando, buscando cousas novas, probando novas fincas ou novos chans», asegura. Ahora, por ejemplo, está trabajando en un proyecto de recuperación de un viñedo viejo, en el que aran los suelos utilizando mulas, como se hacía antaño. También tiene todo un proyecto que incluye la cría de animales para lograr abonos orgánicos y completamente naturales. «Queremos pechar o ciclo», asegura.
Su Raio da Vella, el albariño que logró los cien puntos en la Guía Peñín, proviene de una «parcela espectacular a tres metros do mar situada nunha zona moi fría, pero que de día ten temperaturas altas», afirma. El resultado es que de ahí sale una uva con muy buena graduación, pero también con muy buena acidez. A mayores, el suelo es de arcilla blanca, lo que hace que el vino tenga un buen volumen en boca. De él solo se elaboran unas tres mil botellas al año. Y, según cuentan en la Guía Peñín, es un vino en el que «hay frescura, sí, pero también estructura, complejidad y una capacidad de envejecer. Por eso, O Raio da Vella no solo impresionó en su categoría inicial; peleó de tú a tú con vinos de más puntuación inicial y terminó brillando en la cata más exclusiva, donde solo los mejores blancos del país compiten por el podio».
Curiosamente, hace solo unas semanas, Méndez compartió estrado y protagonismo con otro de los grandes bodegueros gallegos: Pedro Rodríguez, responsable de Guímaro, en la Ribeira Sacra. Ambos fueron invitados a participar en un certamen sobre vinos de terruño que se celebró en la ciudad China de Shanghái a finales del mes de noviembre. Y ambos hablaron sobre la importancia de la recuperación del terruño en España. Porque Pedro es otro de los que piensan que en el viñedo y en el suelo está el secreto para elaborar grandes vinos. Guímaro es otra de esas bodegas gallegas que siempre están en los primeros puestos de las listas de los mejores vinos. James Suckling, por ejemplo, situó a su Finca Merixemán como el mejor entre los vinos españoles. Pero este es solo un ejemplo de una larga lista de reconocimientos.
«No sabemos por qué llegamos ahí», reconoce Pedro, que se hizo cargo de la bodega familiar allá por el año 2001. Desde entonces, los reconocimientos no han parado de llegar. «Tratamos de estar en la vanguardia, de salir de lo tradicional de buscar otras cosas», cuenta. La receta parece que ha funcionado porque sus vinos están ya actualmente presentes en más de 35 países diferentes, algo que no resulta sencillo cuando se habla de producciones no muy grandes y del rincón de Galicia desde donde se producen estas elaboraciones.
Al igual que el resto de bodegueros, Pedro sostiene que mantenerse entre los mejores es quizás lo más complicado. Pero es algo que, en su opinión, se logra «mientras haya ganas de hacer cosas y de ir superándose». Porque, en el momento en el que las cosas se hacen por rutina, esa magia puede desaparecer, sostiene. «Yo creo que lo más importante es tener inquietudes», explica. De hecho, muchas veces, «no solo depende de ti. Todos los años son diferentes», expresa. La labor del bodeguero consiste, precisamente, «en interpretar el año, conocer la finca y en equivocarse muchas veces», bromea. Porque tiene muy claro que «en el mundo del vino dos más dos no siempre son cuatro, no todo son matemáticas», sino que hay que dejar sitio a los imprevistos. La materia prima es importante, insiste, pero también la receta. Porque, a veces, «uno tiene un chuletón que puede ser muy bueno, pero si no sabe cocinarlo...», cuenta. Y lo mismo sucede con el vino, «que no por tener las mejores fincas del mundo puedes hacer el mejor del mundo».
Su Finca Meixemán, el que James Suckling eligió el mejor vino de España, es un tinto que se elabora «en una parcela muy vieja, que parece un anfiteatro romano». Allí, en una finca con orientación sur-suroeste y suelos de granito, crecen variedades gallegas, como la mencía o la sousón, que fermentan en conos de madera. «Es un vino que gusta mucho. Es un poco diferente por el tipo de suelo, la orientación y el clima», explica. Destaca, como Méndez, las propiedades de guarda de los vinos gallegos. Y la necesidad de seleccionar adecuadamente las parcelas. «Tenemos que fijarnos en lo que sabe la gente mayor y tratar de adaptarnos a lo que tenemos», asegura. Porque Galicia tiene mimbres para hacer grandes vinos. «Hay que poner en valor lo que tenemos para que se pueda pagar más por la uva y que la gente pueda seguir manteniendo esto», argumenta.
A unos cuantos kilómetros al sur están los viñedos de José Luis Mateo, que lleva 39 años trabajando en tierras de la denominación de origen Monterrei con su Quinta da Muradella. Este bodeguero y viticultor puede presumir de haber sido el primero en conseguir importantes reconocimientos para los tintos gallegos, como los 97 puntos que Robert Parker le dio a su A Trabe. Desde entonces ha llovido mucho, pero sus elaboraciones siguen ahí arriba, por encima de los 94 puntos en algunas de las guías más prestigiosas del mundo. «Lo más difícil es mantenerse, sin duda. Pero también tengo que decir que en los últimos treinta años todo ha cambiado mucho. Antes había una pequeña oferta de vinos diferentes. Ahora hay muchísimas referencias nuevas, muchas mejoras a nivel cualitativo, más zonas emergentes, más cultura del vino, y cada vez es más difícil competir», explica. Y aunque esa nueva situación «lo complica todo, también lo hace más interesante», sostiene. Porque «tenemos que estar actualizados y eso que los cambios en el mercado del vino son más lentos», expone.
A él no le gusta mucho hablar de premios, ni siquiera recuerda cuáles son los más importantes que ha logrado, y hay muchos. «Para mí, el mayor reconocimiento es dedicarme a lo que me gusta y que el mercado lo reconozca. Porque lo más importante de una bodega es trabajar con coherencia», sostiene. En sus vinos intenta reflejar honestidad. «Representan el carácter de una zona y busco ser sincero y honesto porque creo que cuando algo se hace con honestidad, la gente lo valora», sostiene. También tiene claro que el viñedo «es lo único que existe en el mundo del vino. El viñedo no se puede copiar, porque se ubica en un suelo determinado y no se puede disociar de este. La diferencia, lo que más marca, son los suelos donde está», añade. Gorvia, su blanco y su tinto estrella, son vinos de parcela, de una finca «que tiene un carácter muy definido». Mateo trabaja desde Monterrei, la denominación de origen más joven de Galicia. Curiosamente «es una zona con una historia enorme, aunque para el mercado sea más corta», explica. Allí la viticultura es una práctica con siglos de historia y tradición, pero también con mucho potencial. «Desde aquí se pueden hacer todo tipo de vinos», concluye. También, los que como los suyos conquistan a los más exigentes críticos.
Javier González, de la bodega Ramón do Casar, es el encargado de cerrar esta selección de los bodegueros gallegos más laureados. Porque sus vinos de O Ribeiro triunfaron nada más ver la luz. «Nobre ha sido elegido dos o tres veces el mejor barrica y, en diferentes añadas, hemos conseguido medallas de oro y de plata», cuenta. El proyecto lo puso en marcha su padre, con lo que consiguió ahorrar trabajando en Venezuela, adonde se vio obligado a emigrar. Poco a poco fue comprando viñedos en su tierra natal y dando forma a un proyecto que, posteriormente, sacaron adelante sus tres hijos: Ramón, Javier y Etelvino. Sus primeros vinos vieron la luz en el año 2014 y solo tres años después ya obtuvieron sus primeros reconocimientos. Además de diversas medallas en los más prestigiosos concursos internacionales y nacionales, en esta bodega pueden presumir de ser el mejor vino blanco de España en el 2022, un galardón que otorga el Ministerio de Agricultura.
«Los premios ayudan porque dan un poco de publicidad, pero rápido se difuminan», cuenta Javier. Está convencido del potencial de la treixadura, «que es una uva con mucho carácter que da vinos con mucha fruta», pero reconoce que esta no tiene, por ahora, la fama de godello o albariño. «Tienen volúmenes más importantes y eso les da capacidad para llegar a los mercados», explica. Ellos, por lo de pronto, han conseguido llegar a países como Dinamarca, Bélgica o Finlandia. «Poco a poco, la treixadura va sonando porque, aunque es una variedad ancestral, para muchos mercados es nueva», cuenta.
Javier también está de acuerdo en que lo difícil en el mundo del vino es mantenerse entre los mejores. «Dependemos mucho del viñedo y hay que ser versátil para poder adecuarse todos los años a la meteorología», cuenta. El objetivo es siempre obtener una uva de la mejor calidad posible, sana y limpia. Solo así «podemos obtener vinos con frescura y con fruta», explica. Porque tiene muy claro, al igual que los otros bodegueros, que gran parte del trabajo se hace en la viña.
Tierra, suelo, viñedo y clima, además de unas variedades de uva únicas, son los mimbres con los que estos bodegueros han conseguido, desde esta pequeña esquina, conquistar al mundo. Y lo seguirán haciendo, sin duda. Porque lo que les sobra es pasión y ganas de seguir disfrutando de una profesión que han convertido en su modo de vida.
