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El primer bonsay de Alberto, de Val do Dubra, fue un limonero en una caja de Ferrero Rocher y hoy sus árboles recorren toda Europa

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

AGRICULTURA

Alberto Baleato, de Kingii Bonsai, posa con el ejemplar con el que obtuvo el último premio nacional de evolución. «Es decir, al que cogió la planta más fea y la hizo más bonita», dice el dubrés, quien logró que su padre Manolo descubra una afición que lo mantiene ocupado en su jubilación y los une más que nunca.
Alberto Baleato, de Kingii Bonsai, posa con el ejemplar con el que obtuvo el último premio nacional de evolución. «Es decir, al que cogió la planta más fea y la hizo más bonita», dice el dubrés, quien logró que su padre Manolo descubra una afición que lo mantiene ocupado en su jubilación y los une más que nunca. PACO RODRÍGUEZ

A su escuela, Kingii Bonsai, acuden alumnos de distintos países y él acaba de ganar un nuevo premio en un certamen nacional con un ejemplar al que lleva mimando desde hace 15 años

15 nov 2022 . Actualizado a las 10:51 h.

¿Cómo acaba un veinteañero metido en el mundo del bonsay? Alberto Baleato dice que, en su caso, fue porque «siempre fui muy friki». A este dubrés no le gustaban de joven los coches ni el fútbol, sino «todo menos lo típico», desde la cetrería a la taxidermia. Cuenta que a un vecino suyo de Bembibre le regalaron un libro sobre bonsayismo y quiso ver qué tal se le daba. Su abuelo Isolino fue quien le regaló su primer bonsay, «un limonero que plantamos en una caja de Ferrero Rocher». Tenía entonces 22 años y, dos décadas más tarde, tiene su propio vivero especializado en este tipo de cultivo y sus árboles en miniatura recorren media Europa. La semana pasada, por ejemplo, mandó dos a Eslovaquia y reconoce que a veces viajan a países que ni siquiera es capaz de ubicar en el mapa.

«Estoy en un pueblo de Val do Dubra de mil habitantes, en una esquina de España. Vivir del bonsay aquí es bastante complicado y consigues mantenerte, en gran parte, gracias a las redes sociales. Yo hago vídeos todos los días para YouTube, Instagram y Facebook, y me siguen muchos profesionales y aficionados», comenta Alberto, quien también se ha ganado un nombre como bonsaísta tras ganar muchos concursos dentro y fuera de España. El último de ellos, este mismo mes, cuando se proclamó vencedor en Madrid del Congreso abeAEB 2022 (es la tercera vez que se presenta y siempre regresa con premio) en la categoría de mejor evolución con una sabina rastrera (juniperus sabina) «que lleva conmigo ya 15 años». Apunta que las sabinas «tienen la peculiaridad, como ya indica su nombre, de crecer rastreras y se enroscan mucho. Dan muchas vueltas, se secan venas vivas y son de los árboles más artísticos que hay y que más posibilidades ofrecen a un bosaísta, porque cada uno es único, no hay dos iguales».

Aunque este dubrés de 42 años vive actualmente en Santiago, mantiene su escuela y vivero en su municipio natal por una cuestión económica y práctica. Gestiona una superficie de más de 2.000 metros cuadrados donde planta «desde la semilla», además de ofrecer en la tienda Kingii Bonsai macetas, herramientas, abono y todo lo necesario para el cuidado de los bonsáis. Explica que «lo más complicado es encontrar a alguien que tenga los conocimientos y te guíe. Casi todo el mundo cosechó muchas decepciones y sigue habiendo gente empeñada en tener el bonsay dentro de casa, cuando lo normal es que un árbol malviva en interiores».

¿Y de qué maestros aprendió Alberto? Recuerda que trabajaba como enfermero en el Clínico, normalmente en la uci, y empezó a tener contacto con otros bonsaístas a través de la asociación provincial de A Coruña. Estuvo en un vivero italiano tres meses; luego, se formó en Alcobendas de la mano de David Benavente; y acabó en Japón, en Taisho-en, en uno de los dos únicos viveros que por el 2010 acogía a alumnos extranjeros como él. Cuando regresó, montó su propio negocio y empezó a irle tan bien que aparcó la enfermería definitivamente. Ahora es él quien enseña los misterios de los bonsáis a alumnos de todas las procedencias, incluso de otros continentes.

Explica Alberto que trabaja en coordinación con «varios sitios satélite, en A Coruña, Carballo, Oleiros... Hacemos sociedades, yo les proporciono material y ellos producen. En total, tendremos una producción de bonsáis de más de 8.000 árboles en toda Galicia». Su padre, Manolo, se ha convertido en su colaborador más estrecho desde que se jubiló, dice el hijo lleno de orgullo. «Fuimos por primera vez a un concurso juntos a Francia y gané dos premios. Desde entonces es él el que me anima a presentarme. Viene conmigo a Japón, Madrid... a todas partes. Además, todas las semanas hacemos en la escuela talleres y cursos de bonsáis, y él hace la merienda. Conoce a todo el mundo y la gente aquí ya le llama gerente», añade. El empresario destaca que no solo tiene la fortuna de compartir afición, tiempo, inquietudes y viajes con su padre (exdirector del instituto local), sino que además «me saca un montón de curro: hace de todo, menos meterle mano a un bonsay. Yo siempre le digo que escoja uno y que, entre los dos, lo vamos trabajando; pero se limita a quitar malas hierbas y cogió un plantón de dos años que valía 3,5 euros», comenta entre risas. 

El precio de un bonsay, destaca, viene determinado -sobre todo- por el tiempo invertido en él. «Hay árboles datados en maceta que viven durante siglos y un pino podría sobrevivirnos a todos nosotros», indica el experto. Él ha descubierto, además, la parte terapéutica de trabajar con este tipo de árboles en miniatura: «Se crea un ambiente súper raro, muy mágico, y la gente de repente se abre a hablar y contarte sus cosas». 

¿Y de dónde viene el nombre de Kingii? En contra de lo que la mayoría piensa, revela, no tiene nada que ver con su profesión: «Con 11 años empecé a coleccionar fósiles y me gustaban los trilobites. Son bastante caros y, dentro de ellos, lo único que podía comprar eran los elrathia kingii, los más baratos. Los colegas empezaron a vacilarme con que solo tenía kingii; el Kingii, me decían. Fue el primer mote que me pusieron como tal y cuando abrí un blog fue el nombre que me puse, luego lo seguí utilizando en los foros... y hasta hoy».

Mirando hacia atrás, no echa de menos de menos una carrera en la sanidad, marcada por la inestabilidad laboral. «Poder estar al aire libre con unas tijeras, respirando aire puro con mis padres e hijos es impagable. Aquí la gente viene a disfrutar, a aprender, a pasárselo bien y relajarse; mientras que en el hospital el ambiente es totalmente distinto, más en una uci, en donde convives con situaciones muy duras. Aquí, como mucho, se muere un arbolito o se le seca la rama, y no sufre nadie», subraya. 

Dice Alberto que, aparte de terapéutico, el bonsay engancha y hasta su mujer -psicóloga- se aficionó a desalambrar los árboles, un proceso que hay que realizar cuando la rama engorda y se queda pequeña la guía de alambre que determina la forma que se le quiere dar al ejemplar. El bonsaísta admite que, aunque no hay una edad mínima para iniciarse, lo más habitual es que acudan a su centro personas de 30 o más años y, principalmente, hombres. «Es curioso, pero en general, hay muy poquitas mujeres en esto. Habrá una proporción 10 por cada 90», aclara.