Mujeres que llevan el campo a la ciudad

Ultramarinos Carmiña, una tienda de barrio de A Coruña, homenajea a sus proveedoras, parte de esa gran tribu que son las «mulleres bravas» del medio rural que no han dejado de trabajar ni un único día durante la pandemia para que en las casas no falte de nada


redacción

Hay un lugar en A Coruña que podría compararse con aquella escalera por la que Antonio Buero Vallejo hizo desfilar a los vecinos de un humilde edificio madrileño en los años años veinte del siglo pasado. La diferencia es que, aunque está a los pies de una escalera, es un pequeño ultramarinos por el que pasan cada semana mujeres que traen el campo a la ciudad: Ivón y Ana, productoras de huerta ecológica en Cambre y Carral; Carmiña y su hija Vanesa, productoras de patatas y grelos de Carballo; Paz, que viene cargada de huevos desde Outeiro de Rei; Begoña, que hace queso en Sobrado, Halimah, que elabora dulces árabes en Arteixo, Celia, que hace pan en Brea... Y más que una tienda de barrio es un espacio que, como dice Celia, «é pura alegría porque ademáis de levarlle o pan contas as penas, as alegrías porque Vero —la dueña— é moito. Pérdese do boa que é». Es un lugar que hilvana la tradición con la modernidad defendiendo esos productos de cercanía y poniendo en valor el trabajo de unas mujeres que nos han estado sacando las castañas del fuego en los últimos meses. Las mismas que han sacado adelante a decenas de hogares de zonas rurales.

Son mujeres de campo que no han dejado de esforzarse ni un solo día desde que estalló la pandemia por sacar lo mejor de ellas mismas compartiéndolo con toda la sociedad. En homenaje a todas ellas, Verónica, la mujer, de Melide, que tomó el testigo de Carmiña, la fundadora en 1965 de este pequeño ultramarinos, pidió a la artista María Flores D´Rus, Lindamanera, que hiciese un homenaje. Y, como no, ella resumió en el escaparate lo que todas ellas son: Mulleres Bravas. ¿Cómo? «Dibujando con un ramo de grelos una de esas mujeres que han convertido el mandilón en un símbolo. En Galicia y también en el resto de España», explica María, quien trabaja en una propuesta artística basada en un ejército de señoras con mandilón.

Quienes llevan sus productos a este ultramarinos abierto a la sombra de una escalera son parte de esas mujeres «bravas», como el sabor de los grelos que aún están sin escaldar. Bravas, como dice Carmiña, la madre de Vanesa, porque son «mulleres con carácter que sabemos tirar para adiante, que plantamos e recollemos aínda que chova ou granice». Ellas, con el marido de Carmiña, Manuel, tienen huerta en la parroquia de Ardaña (Carballo), y allí cultivan patatas, grelos, nabizas , pero también «repolo, brócoli, berenjena, pemento morrón, leituga, a verdura esa vasca, cómo se chama?.. piparra...», dice Carmiña y no se olvida de contar que «mulleres traballadoras non só hai nesa zona, hainas por tódolos lados porque non queda outra».

Que se lo digan a Ivón y Ana, que cultivan productos ecológicos en sus invernaderos de Cambre y Carral. Estas dos autónomas del campo trabajan en sociedad, pero cada una en su parcela, y como son autónomas que trabajan en casa, aunque los 365 días del año, van encajando el trabajo en el campo con el que han de hacer dentro del hogar. «Echamos muchas veces mano de la tribu (el grupo de colegas) para conciliar», dice Ivón.

Ana se dedica más a los productos de huerta, a cuidarlos y a llevarlos a las tiendas. «Durante el confinamiento —cuenta Ivón— también llevábamos a domicilio, pero ahora que la gente ha vuelto a trabajar, no está en casa, es más complicado hacer coincidir los horarios». Lo que hacen ahora es llevar desde bimis a zanahorias, espinacas o brécol de tienda en tienda.

Pero además de huerta tienen un vivero forestal especializado en frondosas, sobre todo castaño. A eso es a lo que está dedicada Ivón: «Estamos especializadas en castaño y durante la pandemia hemos notado que la gente empieza a concienciarse sobre la importancia de la biodiversidad y quiere plantar más castaños».

A veces Halimah les ayuda a injertar. Ella tiene raíces palestinas —su padre es de Ramala_ y hace dulces árabes que comercializa bajo la marca A pequena Ramala. Halimah cuenta que ella, como todas las que llevan sus productos a este ultramarinos, «somos mulleres que nos buscamos a vida» porque cuando algo falla «hai que reiventarse. Cando tés tres fillos hai que buscar a vida onde sexa».

Y cocinar las cosas a fuego lento, como el pan que hace Celia desde hace más de treinta años en su horno de Brea, en Carballo. «Facemos pan artesanal en forno de leña. Un producto de masa nai que vai con tempo e depende do tempo, de que faga máis frío ou máis calor».

Es perfecto para darse un homenaje con el queso que hace Begoña, en Sobrado. Como Celia lleva más de treinta años al pie del cañón, haciendo queso del país con leche de las vacas de casa: «Son a que traballa na queixería», cuenta. De sus manos sale un queso al que quiere que traten con cuidado, como porque «é un produto moi delicado, hai que mimalo». Y los que no gusten del queso, pueden probar a mojar el pan en la yema de los huevos de las gallinas que trae Paz. «Teño pitas, pero tamén merco a granxas do entorno», dice. Y hace de todo. Cuida los animales, recoge los huevos, los escoge y reparte. Lleva huevo, pero también pollo vivo: «Hai que aproveitar cando hai oportunidade». Es lo que hace ella, pero también todas estas mujeres que llevan el campo a la ciudad. A ellas, «mulleres bravas», felicidades este 8 de marzo.

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