El viento, ¿aliado o enemigo del campo?

El meteorólogo Lorenzo García de Pedraza explica en su manual «Los vientos en agricultura», publicado en los años 60, que es el «responsable directo o circunstancial de las características climatológicas de una comarca»

Imagen de archivo de un campo de maíz afectado en Deza por el viento durante un temporal
Imagen de archivo de un campo de maíz afectado en Deza por el viento durante un temporal

redacción

Hace unas semanas un vecino del interior del concello de Ribadeo contaba que «veu un aire e queimou a parra. E non quedou unha uva». El suceso coincidió con la entrada de un viento cálido del suroeste que, al parecer, acabó secando alguna que otra planta. Pero esa no es más que una pequeña anécdota que prueba que el viento es un factor fundamental para la agricultura porque, como ya explicaba el meteorólogo Lorenzo García de Pedraza en su manual Los vientos en agricultura, publicado en los años sesenta, «es el responsable directo o circunstancial de las características climatológicas de una comarca». Es más, añadía, a él están vinculados fenómenos meteorológicos favorables o adversos para estas prácticas e incluso influye en la formación del suelo debido a la erosión.

La cuestión es que el viento, dependiendo de dónde y cómo sople, puede ser un aliado del agricultor o el enemigo más brutal. Y no hay más que continuar con la lectura del manual de García de Pedraza para comprobar sus bondades, pero también su cara más oscura.

Las primeras son muchas. Quizá la más destacada por ser la que más contribuye a la biodiversidad, fundamental para garantizar la seguridad alimentaria, es su capacidad para transportar el polen de las flores, contribuyendo de ese modo a la fecundación de las plantas.

Aunque del mismo modo que ejerce del autobús para el polen, también puede hacerlo, a veces, para ir llevando de aquí para allá semillas de malas hierbas como pueden ser las amapolas que crecen en medio del trigo, algún insecto como las langostas o los pulgones o criptómagas como el oídio o el mildiu.

Pero en su defensa este meteorólogo apunta en el manual que la renovación del aire también «favorece la transpiración de las plantas y contribuye a aumentar la dureza del tronco y las ramas o hace más fuerte el enraizamiento». Explica además que los vientos suaves, los céfiros, someten a los tallos de los cereales «a una gimnasia rítmica que les viene muy bien para encañar». Es más, al remover las capas de aire frío que hay junto al suelo, evita heladas nocturnas de irradiación y ayuda a barrer las nieblas. Por no explicar que favorece el secado de alfalfas recién segadas o los suelos encharcados tras una lluvia intensa.

Al contrario, mucho más virulento puede resultar su efecto cuando sopla con fuerza y vuelca o encama los cereales a punto de cortarse. Puede deformar la copa de los árboles o incluso tirarlos cuando los azota con la fuerza de un temporal.

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