El mercado de flores de Aalsmeer deja una pequeña huella en A Coruña

Los precios de las flores que ofrece un estudio botánico de la plaza varían en función de la cotización de la lonja de Holanda


redacción / la voz

James Matthew Barrie, el autor de Peter Pan, escribió una vez que «Dios nos dio la memoria para que pudiéramos tener rosas en diciembre». Pero eso ocurría antes, en los primeros años del siglo XX, la época en la que vivió el escritor escocés. Ahora en el 2020 cuenta Pablo Serantes que en las floristerías hay rosas todo el año. Igual que ocurre con flores de invierno como los tulipanes. Hasta las peonías pueden encontrarse hasta el mes de agosto.

La prueba es que esta semana en su De Lirios, un pequeño estudio botánico en la coruñesa plaza de la Galera, tenía una Sarah Bernhardt, una especie de peonía doble y muy aromática de color rosa pastel con vetas más oscuras. Esta Sarah Bernhardt, la última de un lote llegado del mercado holandés de Aalsmeer esta semana, reposaba bajo una gran pizarra en la que cada semana Pablo reescribe hasta tres veces los precios de las flores. «Cambian cada vez que llega un pedido y recibimos unos dos o tres por semana», apunta.

Porque en esa pequeña floristería, cada especie cotiza para el público en función de cómo se van moviendo las subastas de la gran lonja holandesa, un lugar donde cada 24 horas llegan en torno a 30 millones de flores procedentes de todo el mundo tras un cuidadoso viaje en el que el control de la temperatura es clave para que no pierdan esplendor. La cooperativa Royal Flora Holanda la fundó a finales del XIX, cuando los agricultores holandeses comenzaron a comercializar sus plantas para completar ingresos. De Lirios, este estudio botánico que al que entra por primera vez pudiera evocarle a un minúsculo Aalsmeer, nació en el 10 de marzo 2018 después de que Pablo, biólogo de profesión, decidiera dar el paso para dedicarse a lo que más le gusta: la botánica.

Cuando habla de flores es un libro abierto, como el Jardín del Edén, el volumen que recopila ilustraciones botánicas de la Biblioteca Nacional de Viena.

Aunque la mayor parte del género con el que opera Pablo lo compra a intermediarios que acuden a la subasta holandesa, ensalza el trabajo del sector gallego de la flor y la planta ornamental: «En Galicia tenemos un sector de la planta ornamental muy potente. También hay viveros dedicados al cultivo de flor, pero a la hora de hablar de variedad y cantidad estamos limitados a unas cuantas especies. Los que hay en la comunidad cultivan, sobre todo, rosas, claveles, liliums... Hay algunos por Pontevedra que tienen más variedades, pero las cantidades son más pequeñas. De ahí que cuando quieres buscar variedades diferentes hay que mirar a Holanda», explica.

Y no es descabellado pensar que flores cultivadas en Pontevedra o Almería acaben cotizando en ese gran Wall Street de las flores, donde la subasta se realiza a la baja para acabar marcando el precio final para el público en la pizarra de ese estudio donde la cotización de las flores va en función de lo alcanzado tan solo unas horas antes de llegar el pedido en Aalsmeer.

«Prefiero esta fórmula a marcar un precio fijo para las flores. Porque su cotización es muy variable, tanto que incluso una misma especie puede variar hasta en un 20 % en función del color. Son muchos los factores que influyen». Desde el día de la semana a la época del año. «La mayor parte de las flores las marcamos por unidad porque nos gusta que el cliente haga ramos mezclando especies. No lo hacemos en el caso de los tulipanes. Nos gusta ofrecer un manojo porque con el verde que los acompaña ya hacen ramo», apunta.

Y aunque ahora puede encontrarse prácticamente cualquier especie durante todo el año, en esta época de mediados de verano, es tiempo de margaritas, primas de la manzanilla, tanacetum, aster o de las últimas exuberantes Sarah Bernhardt. Lo más complicado: hallar flores cultivadas con olor. «Ahora se busca más la belleza y la durabilidad que el aroma», explica. No es fácil encontrar rosas que huelan como los pequeños escaramujos que crecen libres en los muros o, para no ir muy lejos, como las rosas que florecen en la Rosaleda del Cantón.

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