José María Fonseca: «En el mundo de la empresa o apuntalas el edificio o te desbancan»

El presidente de Terras Gauda es un hombre polífacético, canta, actúa y toca desde la bandurria hasta el saxo


redacción / la voz

Con él es imposible no lanzar una carcajada desde el primer momento. José María Fonseca Moretón (Ourense, 9 de marzo de 1950), funcionario, empresario y gran conversador. Polifacético, amante del vino, de la música y de las pajaritas.

-¿De dónde viene Moretón?

-¡Cómo me gusta la pregunta! Es un apellido castellano que tiene origen inglés. Todos los moretones de España venimos de un pueblo de Valladolid que se llama Tiedra, donde se asentó un mariscal inglés que vino en la Guerra de la Independencia. Los moretones de mi familia vinieron hace cuatro generaciones de Tiedra a Ourense vendiendo aceite y más cosas. Vinieron con los Tavareses que también eran de Piedra, y eran primos entre ellos. Los moretones están principalmente en Ourense, Coruña y Valladolid [y continúa explicando más detenidamente]. Me lo dijo un notario y lo confirmé por el INE.

-¿Qué le dijo su madre cuando dejó su puesto de funcionario para meterse a vinicultor?

-No fue así exactamente. Hubo un momento en el que conviví con tres empleos: mi puesto de funcionario, una asesoría financiera que había montado con un amigo, y el nacimiento de la bodega. Mi plaza en propiedad no la quería dejar porque me daba seguridad para emprender la aventura empresarial. Con la asesoría se quedó un empleado que teníamos, y conviví con los otros dos puestos hasta que ya no pude más. Tuve la suerte de que mis padres durante unos años bebieron vino de O Rosal, estaban contentos y no me dijeron nada. Al contrario. La sociedad que dio origen a la bodega es del año 89, en el año 90 sacamos las primera cosecha y la excedencia la pedí en el 92 o 93.

-¡Es usted un amarrón!

-Sí, sí, y usted muy guapa (risas durante un rato). [Recuerda a sus compañeros de equipo] Estaban todos muy formados y conocían la importancia del sector del vino para la transformación económica de la zona. Fueron momentos complicados pero ilusionantes. Un proyecto como este, si no crees en el él, es muy difícil que salga.

-¿Cómo pasó la pandemia?

-Mi hijo se vino a vivir al piso de abajo, y no sé si me llevarán preso, pero se me hizo más llevadero porque comíamos todos juntos. Como nunca tengo tiempo, durante la pandemia conseguí poner en orden... Por ejemplo, tengo muchísima música grabada, y la que tenía almacenada en el ordenador la pasé a MP3 (parece que sé mucho de informática y no sé nada) , y recuperé alguna. Y mi despacho. Ahora mi mesa se ve y en las estanterías los libros están clasificados. Un éxito.

-Usted toca el saxo.

-Sí... Creo que lo asesino un poco.

-«Con la venia» [Así se llama su grupo].

-Sí. Somos, fijos, 7. Normalmente tenemos conciertos. Llevamos más de 30 años juntándonos todos los jueves en algún pub a tocar. El último fue el Sinatra, que está en el casco vello de Vigo; y ahora estamos pensando en El gato de Schroeder. La música ha sido mi gran pasión durante toda mi vida. En mi casa tengo colgadas gaitas, trombones, saxofones...

-¿Cuántos instrumentos toca?

-Bastantes, pero todos mal. Tengo buen oído musical (porque por otro lado soy un poco sordo) y tengo buenas condiciones... Lo que llegué a tocar un poco bien fue la bandurria, con la tuna de Santiago. De cuerda, toco un poco todos los instrumentos, o al menos les saco sonido. La guitarra, por ejemplo. De viento empecé con la gaita, que toqué en el grupo La Charanga do Cuco de Velle, que anda por ahí todavía. Canté en A Roda y tocaba la pandereta, también. La flauta...

-Es usted una caja de sorpresas. Nunca me imaginé que el presidente de Terras Gauda tuviese todas esas aficiones...

-Es lo normal. Fíjate siempre en el número de bandas de música que hay por metro cuadrado en un lugar, el índice de tolerancia, la longevidad, la alegría de vivir de la gente. Comprobarás que es mayor en las zonas productoras de vino que en el resto [risas de nuevo].

-Abordemos: el negocio y la pandemia.

-[Explica que la facturación del grupo estará entre 16 y 18 millones, oscilación motivada por la pandemia] Tenemos que estar ilusionados e impulsar las previsiones que teníamos. Pero siempre con los pies en la tierra. Hay que trabajar con todos los escenarios posibles, y además las cuestiones inesperadas tienen que formar parte de las previsiones. Estoy contentísimo de haber podido salir de todo esto sin un ERTE. El equipo humano es nuestro mayor patrimonio.

-Usted se fue a La Rioja. El grupo incluye una conservera. Es un emprendedor nato.

-Nunca me consideré un emprendedor, aunque con 70 años a bordo, tampoco soy tan parvo como para no saber que lo he sido. La definición de empresa es la unión de voluntades encaminadas a un fin. Yo quería hacer un vino y, a poder ser, el mejor. Se fue desarrollando el proyecto, involucras a gente, y alguien te dice que eres empresario. Nunca antes lo habías pensado. Yo sabía que en esta Galicia nuestra era necesario tener una dimensión mínima para poder hacer una viticultura como Dios manda. Empezamos con 30 hectáreas, y al año siguiente, de la parroquia de al lado ya querían participar. Con hermanos, cuñados, amigos... conseguí meterlos en el proyecto. Luego llegaron inquietudes nuevas. Te das cuenta de que o vas asentando el edificio o te quedas atrás y te adelantan, y cuando te quedas medio dormido... te das cuenta de que te quedas atrás y te desbancan. Todas las decisiones que hemos ido tomado tienen un porqué y un para qué. Si no contestan a estas preguntas, hay que quedarse quietos.

-¿Se quedarán quietos en el 2020?

-¡No! Exportando a 70 países, apoyándonos en las economías de escala.... [detalla proyectos de consolidación] Haremos país y daremos a conocer los vinos españoles en el mercado internacional. Tenemos que sacar adelante el proyecto de La Rioja e intentar ocupar un lugar en este segmento de mercado. Hay que dedicarle trabajo y esfuerzo.

«En la última etapa de mi vida tengo una gran alegría: mis hijos seguirán con este proyecto»

José María Fonseca está en el día a día de la compañía e insiste en varios momentos de la entrevista en que la plantilla es fundamental.

—¿Tiene problemas para captar trabajadores?

—Nunca hemos tenido graves problemas para la época de vendimia... Pero en estas últimas cosechas sí hemos recurrido a empresas de trabajo temporal. Para encontrar vendimiadores. Para el resto de los puestos siempre encontramos gente muy capaz e interesada en Terras Gauda, a la que ven con simpatía.

—¿Pagan bien?

—Sí... Es un tema delicado. Estamos en una zona rural y todo el mundo sabe lo que vale un peine, por lo tanto sabe lo que son los esfuerzos. Nos conocen. Estoy orgulloso de no haber prescindido de nadie durante la pandemia, de no haber tenido que recurrir a un ERTE. Le cuento, al principio, cuando nos empezaron a ir bien las cosas, pensaba «esto hay que revertirlo en todos». Y entonces me alertaron: «cuidado José, hay que buscar una fórmula. Hoy podemos, pero quizá el año que viene no, y la legislación laboral nos impide volver atrás». El proteccionismo. Hay armas de doble filo. Tenemos un equipo fiel y queremos que la gente esté contenta y que tenga su vida arreglada de la mejor manera posible. Eso lo llevamos a rajatabla y va en los genes de Terras Gauda.

—Le digo dos nombres: Antón y Carmen.

—[Silencio y emoción]. Son dos hijos maravillosos, que solo me han dado alegrías y que ahora están incorporados a la bodega enamoradísimos del mundo del vino. Ellos han elegido en qué puestos están y han acertado. Son sensatos, buena gente, analizan la realidad y su entorno. En esta última etapa de mi vida tengo una enorme felicidad que no soy capaz de transmitir: la obra empezada por mí la continuarán ellos. Carmen adjunta al director financiero de la bodega; y Antón, que ha estado trabajando en cada estancia de la bodega, tiene doble papel. Es adjunto al director general y en estos momentos está muy vinculado a temas comerciales y de representación. Los dos son consejeros de la sociedad, Antón es vicepresidente.

—Curiosidad: ¿cuántas pajaritas tiene usted?

—No lo sé, pero todavía no llegué a las 365. Más de 250, seguro que tengo. Pero todas [se ríe] son de hacer el nudo.

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