De fabricar hoces para los trabajos del campo a diseñar navajas de autor

El ferreiro fonsagradino Avelino Fernández explica que los cambios de la vida rural han obligado a modificar la actividad de las forjas


A FONSAGRADA / LA VOZ

«O traballo do campo foi cambiando, e o do ferreiro, tamén». Palabra de ferreiro que es hijo y nieto de personas que conocieron y practicaron el oficio de dar forma al hierro para satisfacer necesidades de la vida agropecuaria. Avelino Fernández, residente en la parroquia fonsagradina de A Trapa, domina a fondo los saberes de los ferreiros e incluso elabora el carbón que utiliza en la forja, pero ha ido cambiando los utensilios que fabrica.

Son ya pasado los tiempos en los que un ferreiro de A Fonsagrada fabricaba hoces o hachas. Ahora, según explica Avelino Fernández, lo habitual es sacar del taller cuchillos y sobre todo navajas, cuyo mercado es variado. Tienen salida en Castilla y León y en Asturias, pero también las aprecian coleccionistas de toda España e incluso peregrinos del Camino Primitivo, que entra en Galicia por A Fonsagrada.

Aprendió gran parte del oficio con su abuelo, que, como él, también compaginaba esa labor con el cuidado del ganado. Su padre siguió una línea similar, aunque con menos cultivo del oficio de ferreiro. No niega que hay, pese a los avances de décadas pasadas, una parte de dureza —«Darlle forma á folla en quente dá traballo», dice—, aunque también comenta que hay una pequeña esperanza de continuidad: un sobrino suyo se acerca de vez en cuando para verlo trabajar.

El hierro que usa procede de Vizcaya; el acero, de Andalucía. La madera de los mangos es variada: usa la de brezo o la de boj, pero también otras, como la de ébano. El carbón que emplea es vegetal, elaborado con madera de brezo: por un lado, no hay problema en conseguir materia prima, puesto que abunda en la zona; por otro, el carbón obtenido cada vez que se pone manos a la obra le permite sacar una producción de unos 600 kilos, suficiente para más de un año con el ritmo de trabajo actual.

Pero ser ganadero además de ferreiro no es una frustración para Avelino Fernández, contento de su trabajo en la forja: «Gústame moito, porque ademais non o fago por obrigación», confiesa. Por otro lado, sus piezas son conocidas y apreciadas, algo que comenta con lógica y abierta satisfacción: «Moitos coleccionistas de España teñen navallas miñas. Alí onde vou sempre teño un coñecido», explica. Ese prestigio parece compensar la dedicación a un trabajo que, dice, «era duro e é duro aínda» pero que le permite ser valorado por fabricar navajas de autor.

Algunos pasaron por la forja pensando en aprender, pero pronto abandonaron. «A xente pensa que vai facer millóns, e non é así. É un complemento nada máis», explica Fernández, que además da una clave para el oficio: «Hai que ter unha pouca de maña», dice.

Taramundi, un modelo cercano y conocido

La actual presencia de ferreiros en el oriente gallego y en el occidente asturiano es la continuación de una tradición de siglos. En municipios como Taramundi, limítrofe con Galicia, el oficio no solo se conserva sino que hasta se ha promocionado como emblema turístico. Avelino Fernández conoce ese modelo, del que habla sin envidia. «Taramundi é máis coñecido», admite, aunque sin mostrar pesar por dedicarse también a la ganadería de carne.  

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