Monforte

La Festa da Malla más veterana de Galicia y la que probablemente es la más joven se celebraron ayer al mismo tiempo en Meira y en Tuiriz. La de Meira tiene ya veintiocho años y tanta solera que incluso está reconocida como fiesta de interés turístico. La de Tuiriz es el resultado del intenso trabajo de la comunidad de montes de esta parroquia del municipio de Pantón, que se ha tomado en serio los llamamientos a no caer en el monocultivo forestal y ha reservado una parcela para cultivar centeno.

La fiesta de Meira empezó en 1992 un poco por casualidad. Unos cazadores plantaron un terreno con trigo y cuando fueron a desgranarlo se toparon con un montó de vecinos que se ofrecieron a colaborar. Así nació la más veterana de las fiestas dedicadas a esta labor agrícola que cayó en desuso con el abandono de los pueblos y la mecanización del trabajo en el campo. Cientos de personas acudieron ayer a Meira para presenciar la exhibición, que incluye además de la recreación del trabajo de malla, una exposición de artesanía y aparejos agrícolas antiguos. Los organizadores, particulares y comerciantes de esta localidad, contrataron también diferentes grupos folklóricos para que actuasen en diferentes momentos de la jornada en el recinto de la fiesta.

En Tuiriz empezaron el año pasado con su Festa da Malla y no fue exactamente por casualidad, aunque sí de rebote. Como los cazadores de Meira en 1992, los comuneros del monte de Tuiriz tomaron primero la decisión de sembrar cereal, en su caso centeno. La idea de la malla vino después. Desde el año pasado, siembran de dos tipos de centeno veinte hectáreas y reservan una para la fiesta. Las otras diecinueve las venden, el grano de centeno del país sobre todo a panaderías, y el híbrido a la industria alimentaria para la fabricación de harinas y de piensos para animales.

La fiesta reproduce el proceso completo de la malla, porque a primera hora de la mañana los vecinos suben al monte de Saa y hacen ellos mismos la siega y lo bajan a Tuiriz en tres carros del país, restaurados con este fin por el panadero local. En el campo que hay tras la casa rectoral, que la comunidad de montes le compró al obispado hace tres años para usarlo como local social, lo tenían todo preparado para mallar a mano y con maquinaria de diferentes épocas. En la siega y el trabajo posterior participaron este año unos setenta vecinos.

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Meira y Tuiriz, la malla más antigua y la más joven