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«Los chillidos de las águilas en las almenas asustaban a cualquiera»

Xosé Ramón Penoucos Blanco
x. r. penoucos LUGO / AGENCIA

AGRICULTURA

carlos castro

Recuerda que desde mediados del siglo XX era casi imposible acceder a ninguna de las torres y que las instalaciones solo se utilizaban como casa de labranza

12 nov 2019 . Actualizado a las 18:36 h.

El valor histórico del Castillo de Pambre apenas fue considerado por sus últimos propietarios, que lo utilizaban únicamente como casa de labranza mientras que las torres y las almenas estaban cubiertas por la maleza. «A la torre grande solo se accedía por una pequeña ventana a unos 5 metros del suelo y a alguna de las otras por huecos que apenas tenían medio metro de diámetro. Dentro de ellas no se veía nada al estar repletas de maleza», recuerda Chelo Blanco, una de las últimas moradoras del lugar.

En las noches que dormía en casa de sus padrinos, Andrés Blanco Moreiras y Carmen, recuerda especialmente el ruido de las águilas. «Los chillidos de las águilas en las almenas asustaban a cualquiera. Eran unos laios tremendos que menos mal que conocía su procedencia para no aterrorizarme», dice Chelo Blanco.

El interior de la fortaleza estaba compuesto a mediados del siglo XX por la casa de los dueños, la de los caseros, una era central, un anexo en el que residían los caseros más mayores, la capilla que se utilizaba como cuadra para el toro, las cuadras y un hórreo de cinco patas.