Feáns esconde un bosque autóctono de alcornoques

Los primeros ejemplares fueron plantados hace dos siglos y aún quedan cientos


A CORUÑA / LA VOZ

La evolución urbanística de A Coruña siempre ha dejado de lado una zona con la que la ciudad tiene una relación de patio de atrás, de esos trasteros a los que no se lleva a las visitas. Feáns y el aire rural que aún conserva han sobrevivido casi un siglo sin variar su aire de paisanaje. Para muchos es ese lugar que queda al lado de Pocomaco, o el que se encuentran ahora los que viven en Novo Mesoiro de camino a casa. Hasta ahora, porque con la tercera ronda se puede evitar el contacto con ese núcleo que buena parte de los coruñeses identifican con las fúnebres comitivas. Pero Feáns está muy vivo, pese a que su existencia pasa año tras año desapercibida a los presupuestos municipales. El lugar ha sobrevivido a todo, incluso a la construcción de Novo Mesoiro, un nuevo barrio que bien podría haber revitalizado la localidad, pero que se diseñó, una vez más, al margen de ella.

En medio del paisaje de eucaliptos, de plantaciones más o menos descuidadas y del panorama urbanístico clásico del rural gallego, el del bloque de cemento y la uralita, se esconde un curioso secreto. Pequeños grupos de árboles de un verde oscuro exhiben sus hojas perennes a quien se quiera fijar en ellos y sepa hacerlo, algo que no está en manos de todos los urbanitas.

Sí está en manos de Lolo Andrade, un auténtico especialista en medio ambiente, apicultura y cultivos ecológicos que se crio en el barrio de Eirís y que ya de niño, acompañando a su padre, recorrió lo que de verde quedaba en la ciudad, incluido ese lugar en el que los árboles tienen la corteza blanda, esa con la que se hacen los corchos.

Repartidos por fincas

De camino a Novo Mesoiro va parando cada poco y mostrando ejemplares. Cuando se construyó ese barrio cayeron muchos ejemplares, pero alguien tuvo la sensibilidad suficiente para no acabar con todos. Algunos quedaron en fincas hoy privadas y otro salpican espacios públicos. Los hay en pequeños grupos y se pueden ver sin problema desde el aparcamiento del centro cívico. De allí, con toda probabilidad, proceden. En aquel lugar estuvo el llamado pazo Encantado, un pazo del siglo XVIII construido por Luis Martínez y Bernardo Álvarez Becerra. Su capilla sucumbió a las excavadoras durante las obras de Novo Mesoiro y los pocos restos que quedan están cubiertos por la maleza.

Cuenta Andrade que lo más probable es que en aquella casa grande plantaran los alcornoques para servirse de ellos por sus utilidades. El corcho de su corteza servía para hacer tapones para las botellas de vino y también flotadores de pesca, entre otras cosas. Además, sus bellotas servirían de alimento para los animales. Tal vez algo tuvo que ver con un establecimiento llamado La Primitiva, situado en la calle del Socorro -esa que acaba de recuperar su nombre- y que, abierto a finales del XIX, fue la primera y efímera fábrica de corchos de la ciudad.

Los años no perdonaron ni al pazo ni a la fábrica de corchos, pero fueron indulgentes, al menos en parte, con los alcornoques de Feáns. Se fueron reproduciendo y extendiéndose prácticamente desde un extremo de Pocomaco hasta el cementerio. La curiosidad botánica tiene también un mérito de ámbito, al menos, provincial: es el único alcornocal que existe en todo la provincia.

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