Daño sin beneficio


MIRANDO de noche este volcán en que se ha convertido el monte gallego, uno piensa, a su pesar, que no todo el mundo es bueno. Entre la mayoría de gente sociable, cooperativa, hay un resto de individuos incívicos por los que no han pasado los siglos de cultura y de aprendizaje, incapaces de ver más allá -hacia delante o hacia atrás- del corto y estéril recorrido de sus propias vidas. Y aunque los estrategas de la lucha contra el fuego buscan tramas criminales, algunos creemos que no las encontrarán, porque estos seres dañinos no se asocian ni para hacer el mal. No tienen lo que desean y por eso destruyen lo que pueden. En su caso no vale el qui prodest : son casi una excepción criminal; producen daño sin obtener beneficio.Y luego están las condiciones del medio. El monte, en estos años secos, es como un polvorín. Quien quiera hacer daño a un vecino, a un propietario, a la humanidad entera, lo tiene muy fácil. ¿No habría más ladrones si tuviéramos la costumbre de dejar los billetes a secar en las ventanas? Con la pérdida de los aprovechamientos agrícolas, los propietarios de montes se han hecho absentistas: no aparecen por allí más que para plantar y cortar. Ellos, que ahora figuran entre los damnificados por el fuego, tienen también su responsabilidad. Aunque el monocultivo de eucalipto para celulosas no permita grandes inversiones, algún gasto habrán de hacer para eliminar la maleza y reducir el riesgo de que esta catástrofe colectiva se repita.

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